Glenn Close, Nicole Kidman, Bette Midler y Lisa Masters: confesiones sobre bordados a la hora del té en «Las mujeres perfectas».
«Las mujeres perfectas» («The Stepford Wives», EE.UU., 2004; habl. en inglés). Dir.: F. Oz. Int.: N. Kidman, M. Broderick, G. Close, B. Midler, C. Walken y otros.
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Las mujeres de Stepford (exclusivo y casi secreto country en Connecticut) son el ensueño de todo machista: excelentes cocineras, irreprochables amas de casa, cuerpos esculturales, pulcras, sumisas, elegantes al estilo años '50, sonrientes, modosas y completamente tontas. Comparten el té, las clases de danza, se cruzan alegres en el supermercado, celebran el 4 de julio con danzas folklóricas y competencias de repostería.
No se trata, desde luego, de una coincidencia ni de un efecto de contagio por vecindad: en Stepford hay un secreto que desconcierta a las recién llegadas, como la neurótica escritora neoyorkina Bobbie (BetteMidler), que no tarda en advertir que sus chistes sobre vibradores no caen demasiado bien entre tales damas, o la animadora top de TV al borde de un ataque de nervios Joanna ( Nicole Kidman), quien se pone a investigar por las noches el origen de este enigma. Por supuesto, el tiempo corre en contra de ambas, porque no faltará mucho para que Stepford también las encuentre bordando e intercambiando opiniones sobre cosméticos y lustradoras de piso.
La película de Frank Oz es entretenida, mordaz y mucho más liviana que la versión original que dirigió Bryan Forbes, con Katharine Ross y Paula Prentiss. Sobre un relato de Ira Levin (autor de «El bebé de Rosemary»), aquel film de 1975 era decididamente tenso y casi terrorífico, y estaba apoyado sobre un claro mensaje feminista donde no había lugar para el humor: cinco años después del «boom» de Esther Vilar con «El varón domado», Levin le replicaba desde la ciencia ficción con una historia en la que los hombres eran los únicos victimarios en la guerra de los sexos, y la película de Forbes se hacía cargo de ese alegato. Aunque ese film tenga ya más de un cuarto de siglo, se omite deliberadamente en esta crónica revelar cuál es el «secreto» de Stepford, ligeramente distinto entre aquel caso y el actual: ahora hay un mero «update».
Pero, más allá de lo tecnológico, poco de ese espíritu combativo sobrevive en esta farsa «posmoderna» y comercial, aun cuando su argumento sea el mismo; acaso, la frase pronunciada por el capitán del club de los esposos de Stepford, Christopher Walken («¿Lasmujeres quisieron ser hombres?... pues bien, ahora los hombres queremos ser dioses»). Sin embargo, aquí todo es paródico, ligero y complaciente. No sólo han cambiado el final para suavizar la dureza del desenlace original, sino que el guión hasta cumple con el cupo de la minoría gay: una de las «esposas» de Stepford es ahora un hombre.
Del elenco, sobresale el remolino Bette Midler, verdaderamente desopilante; Glenn Close, como la jefa de las hacendosas, está a la altura del papel aunque el libro no fue muy generoso con ella; Walken, impecable como siempre, y Matthew Broderick, como el marido de Joanna, parece que nunca llegará a la categoría de estrella. Nicole Kidman, en el protagónico, tuvo la mala fortuna de estrenar rostro poscirugía justo en esta película. Podría llegar a creerse que también fue el efecto Stepford.
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