13 de octubre 2005 - 00:00
La inmigración sigue atrayendo al teatro
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Inés Saavedra:
«Me propuse
evitar cualquier
golpe bajo, pero
es inevitable
que la gente se
sensibilice ante
un tema como
el desarraigo
que genera
tanta tristeza».
Periodista: En la obra sólo aparecen inmigrantes gallegos o de origen judío ¿A qué obedece esta elección?
Inés Saavedra: Mis abuelos eran de Lugo y la obra, en sí, está basada en leyendas familiares mías. Después, cada actor fue haciendo su aporte y eso fue un excelente disparador que enriqueció el material. El costado judío apareció cuando convoqué a Damián Dreizik para codirigir. Yo estaba embarazada de mi hija Fiona y no sabía si iba poder estar en todos los ensayos. Lo primero que sugirió Damián fue incorporar la tradición judía a la que también pertenece Merkin. Su padre fue actor e integró la primera camada del teatro IFT, así que además habla muy bien el yddish y eso me resultó seductor porque, en otro momento de la obra, Susana recita en gallego un poema de Rosalía de Castro.
P.: ¿Habrá que ir preparando los pañuelos?
I.S.: No fue nuestra intención ahondar en lo emotivo, de hecho la obra tiene mucho humor, pero tampoco queríamos darle a esta travesía la solemnidad de una epopeya. La idea era tomar el tema de la inmigración y el desarraigo desde nuestra perspectiva, en el aquí y ahora, y dejar abierto este interrogante: ¿qué sentido tenía para esa gente mantener sus tradiciones y su historia?
P.: ¿En quiénes se inspiró para los personajes de Amparo, Alfonso y Cándido que durante toda la obra se preparan para salir a escena?
I.S.: Era gente que tocaba conmigo. Uno era camionero, otro almacenero, otro tenía una parrilla. Era gente muy sencilla, pero cuando se ponían los trajes típicos y salían a tocar sufrían una transformación, como la del gusano que se convierte en mariposa. Por más que la gente del salón no los escuchara y siguiera comiendo, la música los redimía, eran artistas.
I.S.: Así como en «Divagaciones» y «Cortamos ondulamos» podía ver mi trabajo con una distancia más intelectual, acá perdí toda distancia. Sólo pienso en qué le va a pasar a mi padre cuando vea el espectáculo. Me propuse evitar cualquier golpe bajo, pero es inevitable que la gente se sensibilice ante un tema como el desarraigo que genera tanta tristeza. Los hijos de los hijos quedamos ligados a ese sentimiento de pérdida. Es algo que me pasaba a mí, cuando era gaitera y tocaba en clubes gallegos todos los domingos, siempre me preguntaba lo mismo: «¿por qué hago esto? ¿para qué lo hago».
P.: ¿Sus padres no compartían esa inclinación?
I.S.: Mis padres son argentinos y no pertenecían a ese ambiente de club. Yo me metí sola a estudiar gaita, siendo adolescente, no tenía una justificación clara, y ése es precisamente el tema de este espectáculo: ¿qué reconoce uno en la cultura de sus ancestros? ¿Por qué unos la ignoran y otros se entusiasman por ella? Hay gente que detesta la gaita porque es un instrumento muy agudo, pero yo la escucho y me emociona muchísimo porque me conecta con la historia de mi familia, la de aquellos que vinieron. Al incorporar los recuerdos del resto del equipo estas historias se transformaron en leyendas. Ahora ya no sabemos que fue verdad y que no, la realidad se empezó abrir y lo que percibimos ahora son resonancias y colores con los que cualquiera puede sentirse identificado.
Entrevista de Patricia Espinosa




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