La libertaria “Nabucco” vuelve al teatro Avenida

Espectáculos

La ópera que significó el primer gran triunfo de Giuseppe Verdi, "Nabucco", subirá a escena desde esta noche en el Teatro Avenida, en una producción de Buenos Aires Lírica. El elenco está encabezado por Lisandro Guinis, Mónica Ferracani, Santiago Bürgi, María Luisa Merino y Hernán Iturralde, la puesta en escena corresponde a Marcelo Perusso y la dirección musical a Javier Logioia Orbe. Dialogamos con Ferracani, intérprete de Abigaille:

Periodista: ¿Cómo es su aproximación a este personaje?
Mónica Ferracani:
Yo lo había cantado por primera vez hace cuatro años en el Teatro Solís de Montevideo, también con Javier Logioia. Fue una experiencia muy positiva.

P.: Es un papel que inspira miedo a las sopranos.
M.F.:
Hay mitos respecto de algunas óperas. Me pasó también con Aida: la primera vez que me hablaron de hacerlo pensé "Bueno, son palabras mayores", pero me quedó muy cómodo. Yo canté "Nabucco" después de haber cantado "Attila", y en comparación con aquel papel o el de Lady Macbeth esto es mucho menos exigente. Tiene su costado que hay que trabajar, pero a cuatro años de haberlo abordado por primera vez siento el papel mucho más maduro.

P.: ¿Cuáles son entonces las dificultades puntuales de Abigaille?
M.F.
: Mucho paso al grave, muchos extremos, coloratura de bravura. Por suerte está la línea de Verdi que va llevando al cantante, y ése es el bálsamo. Verdi es uno de mis autores preferidos, y me ha dado muchas satisfacciones. Los papeles de sus primeras óperas son los más tremendos, en cambio una "Traviata" se puede cantar a los 20 años. Aquí hay que cuidar muy bien los propios medios para no desbocarse, no dejarse llevar por esa sonoridad enorme que viene del foso porque se corre el riesgo de dañar la voz.

P.: ¿Y de qué manera encara los conflictos internos del papel?
M.F.:
Como ya había cantado Lady Macbeth tuve que recordar mi proceso para interpretar a esa otra "mala". La diferencia con Abigaille es que Lady se enferma de poder y queda loca, en cambio Abigaille tiene el conflicto de la hija no querida, y a partir de eso tiene la dualidad de tener que asumir el poder sin desearlo. Ella quisiera que Nabucco la aceptara como hija y por otro lado está Ismaele, que es su amor. Las circunstancias hicieron que ella tuviera que encargarse de manejar el poder en ausencia de Nabucco, no por voluntad sino por obligación. Es un conflicto parecido al de Norma: el de una mujer guerrera que tiene que ocultar su amor.

P.: ¿De qué manera se desarrolla el trabajo en esta producción?
M.F.
: Fantásticamente. Me encanta trabajar con Marcelo Perusso, ya hemos hecho varias producciones y se trabaja muy bien con él porque va de lo general a lo particular, planteando primero el lugar, la situación y después delineando el personaje. Tanto con él como con Javier Logioia uno trabaja muy tranquilo, no hay histerias de último momento, todo está pensado, todo llega a uno desarrollado por ellos, y le facilitan un papel que es difícil. El equipo en general es maravilloso.

P.: En una mirada retrospectiva, ¿cómo evalúa el desarrollo de su voz?
M.F.
: Cuando era joven me decían "Con los años vas a cantar este o aquel papel" y me parecía un mito, pensaba como Alfredo Kraus que hay óperas que se cantan toda la vida. No sé si es una cuestión inherente a la mujer por cambios hormonales, pero hay papeles que canto hoy en día que cuando tenía veinte o treinta sabía que no tenía que cantar, por ejemplo "Madame Butterfly". Una soprano lírica recién puede empezar a probar ciertos papeles después de los cuarenta. Mi voz siempre fue muy extensa, y de jovencita no sabía muy bien dónde pararme, pero, como decía mi padre, se han arruinado voces por cantar papeles muy pesados sin la madurez vocal adecuada. Y lo he visto en otros, con el correr de los años. Dije que no a muchos papeles y hoy no me arrepiento, porque si hoy los puedo cantar fue gracias a haber dicho que no en su momento. Los años de estudio llevan a una madurez en que la musculatura está más preparada para asumir determinadas tesituras, sostenes del centro a los que si uno les da caudal cuando es joven le pueden traer problemas. Hay casos excepcionales, pero también en esos hay que tener cuidado. Con la experiencia uno aprende hasta dónde puede comprometerse y dónde no puede ir más allá.

P.: Corresponde entonces al artista la difícil decisión de saber qué cantar y qué no cantar.
M.F.
: Cuando uno comienza a tener un nombre en el medio artístico le empiezan a proponer trabajo, y a veces es muy difícil decir que no. Uno siente la tentación de aceptar porque es una oportunidad de mostrarse en un papel que no canta nadie. Pero cantarlo implica no sólo las funciones: es la preparación, los ensayos, en que se la canta dos o tres veces por día, y ahí está lo peligroso. Si uno llega cansado muchas veces después no se repone fácilmente. La clave está en saber si uno podría hacer el papel completo de nuevo apenas lo terminó de cantar. El compromiso necesario para la ópera lleva con frecuencia a dar más de lo que se debe, y la mente tiene que estar por encima de las emociones.

Entrevista de Margarita Pollini

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