«La maldición del escorpión de jade» («The Curse Of The Jade Scorpion», EE.UU., 2001; habl. en inglés). Dir.: W. Allen. Int.: W. Allen, H. Hunt, C. Theron, D. Aykroyd y otros.
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"La maldición del escorpión de jade" es una pequeña y regocijante obra de estilo de Woody Allen en la que confluyen dos recuerdos: el de la candorosa inocencia de los seriales de aventuras de los años 40, y el del cinismo del cine policial de la misma época. La habitan rubias fatales, falsos encantadores, detectives «ratas» y oficinistas grises, y la anima la nostalgia por esa cultura desaparecida. Que, si bien hace tiempo se ha convertido en moda «homenajearla», hay muy pocos artistas tan autorizados para hacerlo como Woody Allen.
La comedia, a diferencia de otros de sus tributos genéricos (como «Broadway Danny Rose» o «Sombras y niebla», rodadas en blanco y negro), está más cerca de la melancolía que de la parodia: el estupendo trabajo del fotógrafo chino Zhao Fei («Esposas y concubinas») le imprime a todas sus escenas, nocturnas y en interiores en su mayor parte, unos colores que de tan intensos parecen casi fantasmales. Así, desde los primeros minutos, se tiene la sensación de estar espiando en los sueños de su autor, en la película que es la suma de todas las películas baratas que vio, gozó y amó en su juventud.
El «escorpión de jade» es el amuleto espurio, igual a los miles que otros tantos magos-delincuentes empleaban en aquellos films, del que se vale el ladrón Voltan Polgar para hipnotizar al detective Briggs (Allen) y a su archienemiga en la agencia de seguros, la señorita Fitzgerald ( Helen Hunt), quienes no dejan de intercambiar un desopilante catálogo de insultos recíprocos durante toda la película. Mediante el empleo de dos palabras mágicas, Polgar los tendrá bajo su influjo cuando quiera y los enviará a desvalijar cajas fuertes. De paso, el escorpión también logra lo aparentemente imposible: que Briggs y Fitzgerald caigan, durante el trance, en estados de enamoramiento mutuo. La galería de personajes no termina allí y se completa con la espectacular participación de Charlize Theron como la femme fatal, la rubia heredera de una de las familias asaltadas, que juega con Briggs una de las escenas más divertidas de la película (Allen no pierde el tiempo: ahora, en lugar de contratar a una sola actriz para que lo seduzca, lo hace de a dos). Dan Aykroyd, director de la empresa aseguradora, asume con absoluta convicción el papel del amante clandestino y cobarde, y recuerda, trajeado impecablemente a la moda de los 40, a Fred McMurray en un papel que le tocó más de una vez.
Desde luego, «La maldición del escorpión de jade» no es «Manhattan» ni «Annie Hall», ni mucho menos aquella obra maestra de los '80, «Crímenes y pecados». Sin embargo, sería erróneo considerarla una película menor: dentro ese ritmo anual que se ha impuesto Woody Allen, no sólo es sensiblemente superior al título precedente, «Ladrones de medio pelo» y mucho más placentera y sentida que la deshilachada «Celebrity», sino que suma a su inagotable chispa de dialoguista (menos frenética aquí) avances formales muy interesantes, sustentados sobre todo en el trabajo del citado Zhao Fei (en «Hollywood Ending», su película posterior que también será estrenada este año, se toma el pelo a sí mismo al describir lo que ocurre cuando un director norteamericano contrata a un fotógrafo chino).
Para terminar, uno de los chistes que más celebrarán los espectadores de características ligeramente similares a las del director. Dan Aykroyd le dice en un momento: «¿Sabes cómo se llama a las personas como tú, que siempre se sienten perseguidas, vigiladas, y creen ser el centro de un complot permanente?». «Sí», responde Allen. «Perceptivas».
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