«Operita María de Buenos Aires» de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer. Con José Angel Trelles (canto), Patricia Barone (canto), Juan Vitali ( relatos), Quinteto de la Fundación Astor Piazzolla, coro y músicos invitados dirigidos por Julián Vat. (Centro Cultural Borges, 3 al 6 de setiembre).
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La «Operita María de Buenos Aires» no es una ópera, ni tampoco una ópera pequeña como haría suponer ese comienzo en el nombre con que la bautizaron Astor Piazzolla y Horacio Ferrer. En todo caso, la asociación formal más lógica es con el oratorio, inclusive en su fuerte referencia religiosa. Pero más allá de este detalle, de lo que no caben dudas es de que se trata de una de las obras de largo aliento más importantes que ha dado la música popular argentina.
En los textos de Ferrer, María puede ser a la vez todas las mujeres o un poco de cada una de ellas, o la misma ciudad de Buenos Aires, que muere y renace para volver a morir. La historia está contada por un «Duende/Relator», un cantante masculino, un coro mixto parlato y la propia María. Pero la música que escribió Piazzolla para esta obra es tan potente, tan novedosa para su época, tan imponente para este tipo de repertorio que no son pocos los momentos en que la historia pasa a segundo plano, eclipsada por los sonidos.
Cuando se estrenó en 1968, con Amelita Baltar, Ferrer y Héctor De Rosas en los papeles protagónicos, y el propio Piazzolla dirigiendo una orquesta de cámara, fue un fracaso comercial. El paso del tiempo, sin embargo, les dio la razón a sus creadores y, después de 35 años, se ha transformado en una pieza mítica, fundamental, referente indiscutible de la música del siglo XX.
Si bien la obra ya había vuelto a tener otras puestas en el exterior -aún con artistas argentinos-, en nuestro país nunca se había reestrenado. Por eso, era grande la expectativa por verla nuevamente en vivo, porque inclusive había algo más de una generación que sólo la conocía a través del viejo LP original.
En ese sentido hay que decir que la expectativa se cumplió sólo a medias. Sobre todo porque a la dirección orquestal de Julián Vat le faltó la fuerza que requiere esta obra densa y pasional. Desde la batuta, la falta de sangre se transmitió también a muchos de los músicos. Pablo Mainetti --en el difícil papel del bandoneonista-, un buen músico, se mostró contenido. Fue correcta la participación del coro. Y sólo el violinista Sebastián Prusak logró destacarse del resto. José Angel Trelles cumplió con solvencia su papel de cantante masculino. Juan Vitali, como el «Duende/Relator», mostró emoción aunque por momentos sobreactuada. Y Patricia Barone -en principio, una buena elección para el jugado papel de María-encontró sólo a ratos su personaje, más allá de su corrección técnica. Con todo, pensando que finalmente los argentinospudimos volver a ver en vivo esta obra, puede sintetizarse que el resultado final fue digno. Quizá, también, porque la grandeza de la obra se recortará siempre está por encima de cualquier interpretación.
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