18 de abril 2006 - 00:00

La memoria, clave en la obra de Daniel Libeskind

Vista del Museo Judío, obra de Daniel Libeskind, enmarcadopor el Museo de Berlín.
Vista del Museo Judío, obra de Daniel Libeskind, enmarcado por el Museo de Berlín.
"La arquitectura es una forma de comunicar algo más allá de la realidad física con la que está construida. Es una traducción de la vida, del pulso de un tiempo. Necesita crear un espacio conectado a esto y que también proporcione un escenario para la actividad y la imaginación", señaló Daniel Libeskind, un arquitecto que reivindica la arquitectura como arte.

Hijo de dos supervivientes del Holocausto, Libeskind nació en Lodz (Polonia), en 1946. Su familia se trasladó a los Estados Unidos en 1965. Estudió música en Israel en la «American Israel Cultural Foundation». Aunque llegó a ser un intérprete reconocido, abandonó la música por la arquitectura. Se graduó en la Cooper Union de Nueva York, en 1970.

Dos años más tarde, obtuvo un postgrado en Historia y Teoría de la Arquitectura en la Escuela de Estudios comparados de la Universidad de Essex. Fue uno de los participantes de la muestra Deconstrucción que el gran maestro y curador de arquitectura del MoMA, Philip Johnson, presentó en ese Museo, en 1988. En 1989 ganó el concurso internacional para el Museo Judío de Berlín y al año siguiente estableció su estudio en esa ciudad alemana.

Para su primer proyecto importante, abierto al público en el 2001, basó el trazado de la planta en los puntos donde se encontraban los hogares judíos en Berlín, antes de la guerra. El edificio, recubierto con zinc, está ubicado en la intersección de Markgrafenstrasse y Lindenstrasse, un área que durante la Segunda Guerra Mundial había sido destruida por bombardeos aéreos y sólo habían sobrevivido unos pocos edificios históricos.

Es un lugar con mucha riquezaarquitectónica en el que confluyen distintos momentos de la ciudad: un edificio barroco del siglo XVIII, los fragmentos del siglo XIX, el mercado de flores y el edificio de Erich Mendelsohn de los años veinte; nuevos edificios de los años sesenta y los proyectos de la exposición internacional de arquitectura (IBA) de los años setenta, organizados por el arquitecto Joseph Kleihues, a quien los argentinos conocimos muy bien ya que nos visitó en tres Bienales.

«Para mí Berlín es más interesante que cualquier otra ciudad. Llegué aquí por una razón especial: quería construir el Museo. Precisamente porque Berlín fue el centro por antonomasia de la destrucción, y también por eso el centro de la transformación de nuestro mundo actual. El mundo moderno está hoy unido de manera inseparable al nombre de Berlín», señaló Libeskind.

No sólo se preocupó por crear espacios adaptando el edificio a su entorno. Buscó materializar en su obra conexiones que existían entre berlineses y judíos que vivían en los alrededores de la Lindenstrasse, líneas que hoy no son fácilmente reconocibles, porque la ciudad cambió.

Caracterizó su diseño entre líneas (between the lines) porque plantea las tensiones de la historia judeo-alemana en el cruce de dos ejes: uno recto pero fragmentado y otro articulado con un final abierto. Entre ambos, espacios vacíos atraviesan todo el museo.

Libeskind materializó la obra inconclusa del reconocido Arnold Schoenberg, «Moisés y Aarón», compuesta en los tiempos cuando el gran músico tuvo que exiliarse. La interrupción del sonido en esta pieza es la ruptura del diálogo entre ambos. Hay sólo una voz, la orquesta toca una sola nota, con sesenta instrumentos que luego permanecen en silencio.

Libeskind trasladó al Museo esa idea porque consideró que tenía una dimensión arquitectónica: «Die Leere» (el vacío). «Void es un espacio al que uno entra pero que no forma parte realmente del museo. No tiene calefacción ni aire acondicionado. No es realmente una sala; es algo que sí tiene mucho que ver con las exposiciones y al mismo tiempo con el espacio de Berlín porque, en el fondo, void se refiere a lo que nunca podrá ser expuesto, tratándose de la parte de Berlín de la que no queda ya nada más que cenizas», escribió en uno de sus corredores.

En otras obras ha corporizado la memoria de hechos traumáticos de la historia reciente, las guerras, el Holocausto y el 11-S: la remodelación de la Potsdamer Platz en Berlín (1991); el Museo Felix Nussbaum en Osnabrück, Alemania (1998); el Imperial War Museum en Manchester, UK (2002); la Torre de la Libertad en Nueva Cork; Memoria e Luce en Padua (2003), y el Museo de Copenhague (2004).

Actualmente se encuentra trabajando en el Museo Judío de San Francisco. «Los sentimientos que inspiraron estos proyectos surgen de la catástrofe. Pero no obstante, estos edificios hablan sobre la vida. Los espacios del Museo de Berlín manifiestan lo provocado por la exterminación. La torre de la Libertad y la Zona Cero representan un memorial de la catástrofe desatado por ataques terroristas.

Sin embargo ése es un proyecto que también habla sobre la ciudad y es una re-afirmación de la libertad del cielo neoyorquino. Concibo estos edificios como una conexión del recuerdo con el futuro», explicó hace poco en una entrevista. En 2003 Libeskind ganó el concurso para diseñar en Nueva York el plan de reconstrucción de la Zona 0, donde se hallaban las dos Torres Gemelas del World Trade Center, destruidas el 11 de septiembre de 2001.

Proyectó torres de 600 metros de altura para recuperar simbólicamente un icono de la victoria de la vida y la fortaleza frente a la tragedia. Sin embargo, su proyecto fue sometido a sugerencias de David Childs, arquitecto del grupo SOM, vinculado al mundo de los grandes constructores norteamericanos, sin cuyo acuerdo no se pueden desarrollar las obras grandes en esa ciudad.

La decisión fue de Larry Silverstein, arrendatario (por cien años) del World Trade Center para adecuarlo a sus intereses inmobiliarios.

Libeskind contestó con mucho cuidado y astucia frente a su posible cliente: «La Zona Cero es un proyecto para mirar adelante: para estimular el desarrollo de ese lugar, para crear un espacio inspirador, cultural, con un nuevo espíritu».

También diseñó excepcionales piezas urbanas, como la extensión del Museo Real de Ontario, Toronto; la ampliación del Museo de Arte de Denver, y la fachada para la sede de la compañía Hyundai en Seúl (2005).

«Afortunadamente, no sólo he sido requerido para trabajar en proyectos que deben expresar los aspectos oscuros de nuestra época. Me agrada resolver encargos para crear edificios que celebren la vida, que expresen la alegría, el hecho de vivir. Considero esencial que la arquitectura esté enraizada en la historia, en la memoria y en la tradición de un lugar. Existe una conexión simple entre lo memorable y lo eterno. Quiero hacer edificios que permitan a las personas disfrutar su relación con el espacio y de la conexión del edificio con la ciudad», señaló.

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