12 de junio 2001 - 00:00

La nueva Bienal de Venecia se superó en cifras y en ingenio

Obras de Chris Cunningham y Tatsumi Orimoto.
Obras de Chris Cunningham y Tatsumi Orimoto.
(11/06/2001) Venecia - La llaman la Bienal de los récords. Ocurre que con los 150 artistas de 64 países que se presentan en un espacio de 27.000 metros cuadrados, la edición número 49 de la Bienal de Venecia, que se inauguró la semana pasada, superó en números y extensión las versiones anteriores. Su dimensión casi inabarcable, dado que las obras se encuentran diseminadas por toda la ciudad, la pluralidad y complejidad de las propuestas, y el tiempo que demanda contemplar las numerosas proyecciones de cine y video imponen al espectador una marcha forzada de cuatro o cinco días, como mínimo, para recorrerla.

La espectacularidad de gran parte de las obras, como «Waterfire», la corriente de agua y fuego luminoso que instaló Fabrizio Plessi en las ventanas del Museo Correr en la Plaza San Marco, el denso caracol de hierro de Richard Serra, ganador del León de Oro, que pesa 250 toneladas, o el impacto que causa «Boy», una escultura monumental del artista Ron Mueck que representa un niño en cuclillas dominando con su mirada inquietante el ingreso al arsenal, son algunas de las características más notables de esta edición.

Por decisión del curador, el suizo Harald Szeemann que trabajó alrededor del tema «La platea de la humanidad», el protagonismo se le ha otorgado al hombre, elección que ha determinado un retorno a la figuración. El hombre, insinuado, llamativamente ausente u obviamente representado, clonado o, por el contrario, deformado casi hasta perder sus condiciones esenciales, ocupa el papel principal en este desmesurado escenario que es la Bienal.

Así, el tema le otorga al conjunto de las obras reunidas un intenso tono político, «revolucionario» en suma, para decirlo en palabras del propio Szeemann. Curador que durante la edición de 1980 ganó su merecida gloria con el «Aperto», o «abierto por todas partes», es decir, a todas las tendencias y a un mundo sin fronteras. Su ambición no es poca: Szeemann cree que el arte tiene mucho para dar en este nuevo siglo y que la creatividad puede llegar a alterar el rumbo de la historia.

De acuerdo con este criterio, coexisten múltiples disciplinas, dado que si bien se advierte la presencia de la pintura, sobre todo utilizada para el retrato, han caído las barreras entre los géneros, como la instalación, la performance, video, cine, escultura y dibujo, del mismo modo que las del soporte, donde se experimenta, más que nada, con las nuevas tecnologías cibernéticas y audiovisuales.

Pero la mayoría de los artistas seleccionados muestra, de una u otra forma, su preocupación por el destino del hombre, centro de atención indiscutible de esta extensa megamuestra. En este sentido, se busca establecer una comunicación interactiva con el espectador, aun a costa de someterlo a experiencias inesperadas y, en ocasiones, no precisamente gratas.

Como la que exige el alemán
Gregor Schneider, ganador del premio que se otorga a las naciones, quien en el pabellón de su país construyó un búnker, un sitio para la supervivencia en condiciones tan extremas que hasta es necesario reptar y padecerlas para recorrerlo. Y en realidad, con esta obra inusitadamente cruel que trae a la memoria los tormentos del Holocausto demostrando que en Alemania no resulta fácil olvidar el pasado, Schneider se revela como uno de los artistas más significativos de la Bienal.

Con un tema semejante, cuando parece imposible decir algo nuevo y existe el riesgo de caer en la obviedad, el espectador se topa con la verídica e inteligente ferocidad del montaje, y aunque debe sufrir una situación tan atroz como angustiosa, la obra logra remontar la anécdota e invita a la reflexión.

En esa misma vertiente, la de un arte cuestionador, trabaja el artista inglés
Mark Wallinger, el talentoso fotógrafo guatemalteco Luis González Palma, el estadounidense Robert Gober, los canadienses Georges Bores Miller y Janet Cardiff, y también los argentinos Graciela Sacco y Leandro Erlich. De un modo directo en el caso de Sacco y subrepticio en el de Erlich, ambos participan del discurso político que ha vuelto al arte con renovada fuerza.

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