Centenares de personajes de Molina Campos parecían haber escapado de sus cuadros el miércoles pasado. La Avenida Libertador, a la altura de San Martín de Tours, se convirtió en escenario del vernissage de pinturas originales que el artista realizó para la fábrica Alpargatas y que la galería Maman presentó con un espectacular despliegue de actores, gauchos, bailarines, jinetes y hasta con una inmensa carreta del siglo XVIII instalada en la vereda y tirada por seis bueyes.
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La muestra exhibe algunas de las 180 obras pintadas por Molina Campos en las décadas del '30 y el '40. Se trata de las difundidas imágenes de los almanaques, que en 1989, cuando la empresa decidió venderlas y luego de exhibirse en el Museo de Bellas Artes, pasaron a integrar tres colecciones privadas, de Claudia y Octavio Caraballo y Raúl Moneta.
Tanto en Argentina como en Uruguay se hicieron tiradas tan extensas de los almanaques, que casi no quedaba una casa sin un ejemplar. Fenómeno de difusión masiva sin antecedentes que nunca fue superado, y que convirtió a Molina Campos en un auténtico artista popular. «El artista de los pobres», al menos, en esos años, dado que su cotización escaló posiciones, aunque la colección expuesta en Maman no se ofrece a la venta.
Los personajes grotescos de Molina Campos, ostentan lo que Gregorio Marechal llamaba «humor angélico», es decir, no estaban caricaturizados con intención satírica o de burla, sino más bien para exaltar la gracia criolla, los gestos y ese extenso friso de ritos y costumbres del campo argentino.
Su estética, de profunda raíz local, influyó en muchos seguidores y sobre todo, en la obra del sesentista Luis Benedit, quien señala: «Algunos creen que era una especie de intuitivo simpático, o simplemente un caricaturista. De hecho, nunca lo aceptaron en un salón de pintura». Sin embargo, Molina Campos conocía los museos de Europa, vivió varios años en Los Angeles, donde tenía una casa y era un colaborador asiduo de las revistas «Life» o «Look». Llegó a realizar un afiche para celebrar los 50 años del Madison Square Garden, y una campaña de ordenamiento del tránsito para Nueva York, donde pintó un paisano a caballo en Times Square. «Esto demuestra que estaba muy integrado al circuito de EE.UU. y mucha de su obra está allá porque lo protegía un coleccionista. Pero lo que me llama la atención es que cuando hizo una serie de almanaques para una fábrica de maquinarias agrícolas de Mineapolis, pintó temas argentinos y gauchos, no cowboys. Lo curioso es que los gringos aceptaran este gesto de autonomía», agrega Benedit.
En este ambiente folklórico estaban la presidenta de la Academia de Bellas Artes, Rosa María Ravera, y de la Asociación de Críticos de Arte, Mercedes Casanegra, Tommy Hess y Ricardo Pardo, vestido de gaucho y con espuelas.
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