Colin Farrell y Salma Hayek, la inverosímil pareja acechada por prejuicios raciales en «Pregúntale al viento», fallido film escrito y dirigido por el guionista de «Chinatown» de Roman Polanski.
«Pregúntale al viento» (Ask the dust, EE.UU., 2006, habl. en inglés). Dir.: R. Towne. Guión: R. Towne y J. Fante sobre novela de J. Fante. Int.: S. Hayek, C. Farrell, I. Menzel, D. Sutherland, E. Atkins.
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Saber que Robert Towne, el director de esta película, fue el guionista de «Chinatown» de Roman Polanski es tan esperanzador como las primeras, logradas, imágenes de la árida Los Angeles de los '30 y '40 y la presentación del protagonista: un aspirante a escritor llamado Arturo Bandini (Colin Farrell), que rumia su quiebra artística, económica y amorosa en un cuarto de hotel marginal, desde cuya única ventana se ve el polvoriento tronco de una palmera (el título original es traducible como «Pregúntale al polvo»).
Con estos elementos es legítimo esperar un film noir de esos que ya no se hacen, un buen drama de iniciación, o al menos una buena historia. Por eso hasta se acepta de buen talante que, subrayando su base literaria (una novela de John Fante, quien se autoadaptó secundado por Towne), la voz en off del protagonista explique que está ahí para escribir un libro que lo haga famoso y conquistar mujeres bellas, asunto este último en el que él mismo confiesa no tener gran experiencia. Pero, cuando al fin decide salir del cuarto (donde se lo vio escupir sangre por cepillarse los dientes en seco, fumar los puchos del cenicero, masticar cáscaras de naranja y reclamarle unos pocos centavos a otro perdedor más viejo, encarnado por Donald Sutherland), al espectador ya se le estaba haciendo difícil soportar sus soliloquios.
El desinterés aumenta cuando, no bien conocerla, este hombre se obstina en intercambiar humillaciones con la camarera mexicana Camila López (Salma Hayek), pese a que evidentemente se gustan. Y, sobre todo, cuando los diálogos hacen obvio que se comportan así porque ellos mismos vienen siendo víctimas de xenofobia, por no decir racismo. Es que por más que haya nacido norteamericano, y se sienta como tal, en esa época y ese lugar al escritor tampoco se le perdona su apellido italiano. Al respecto, baste una frase de Camila: «No vine a Estados Unidos para que me llamen señora Bandini».
Lo único que pone freno al torrente de lugares comunes que siguen es la aparición de Vera, otro tipo de extranjera y de víctima (Idina Menzel), quien con una formidable demostración de la falta de decoro de alguien condenado a la monstruosidad, devuelve también por un momento la ilusión de hondura que faltó en todo el resto. Pero esa presencia y esa ilusión duran poco, lamentablemente.
Un terremoto que estremece Los Angeles parece también hundir al film en el melodrama barato de un modo tan rotundo que sorprende. Pero si es por sorpresas, espérese al desenlace de la historia. Ahí, perfectamente se pueden escuchar risas incrédulas en la platea mientras en la pantalla alguien llora sin consuelo.
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