La exposición antológica de Rodolfo Azaro (1938-1987), que en estos días exhibe el Museo de Arte Moderno, no sólo revela a un artista talentoso cuya obra es prácticamente desconocida sino también las singularidad de su estilo: un pop art a la argentina, mestizo y autorreferencial, que fluctúa entre el humor exultante y la melancolía, entre la ilusión y la tragedia. Azaro era un joven de San Fernando que se recibió de odontólogo y se convirtió en artista a fuerza de vocación.
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Aunque siempre se movió en el margen, participó de la movida sesentista con una muestra en la galería Lirolay que no pasó inadvertida; frecuentó el Di Tella, y en 1968 conquistó el Premio Ver y Estimar con «Trayectoria de una pelota», obra cuyas formas oscilan entre el rigor minimalista y las curvas juguetonas del pop.
Ese mismo año ganó una beca que lo llevó a Gran Bretaña.
Instalado en el escenario londinense descubrió un pop que, si bien era sexy, desenfadado y tenía como destino la cultura de masas, difería mucho del que se produjo durante el auge de la prosperidad estadounidense, del que él había conocido en los tiempos del Di Tella, cuando cruzaba la calle Florida para devorar las revistas de arte de la Biblioteca Lincoln. Sucede que la sobreabundancia de EE.UU. impulsó un movimiento artístico que incorporó las imágenes y mensajes de los medios de comunicación y los productos que los almacenes vendían masivamente y por toneladas, como los atractivos anuncios publicitarios, los comics, las célebres latas de las sopas Campbell o los autos con carrocerías cromadas y relucientes. Pero, entretanto, esos mismos elementos llevados a la estrechez económica de Londres se convertían en objetos de deseo, en fetiches de un mundo envidiablemente venturoso e idealizado.
Con ese espíritu, nostálgico e irónico a la vez, Azaro diseñó sus «broches»: auténticas joyas de resina poliéster que representan estereotipos de Hollywood como, por ejemplo, un King Kong desesperado por su chica, la actriz-nadadora Esther Williams, el Gene Kelly de «Cantando bajo la lluvia» o el Johnny Strabler de Marlon Brando en «El salvaje», el mismo que le compró Elton John para lucirlo en la portada de «Greatest Hits». Realizadas en series de 50 piezas, las alhajas de Azaro se vendían por 30 y 80 libras, se agotaron durante la muestra de la Electrum Gallery y entre la clientela no faltaban celebridades como el «Stone» Charlie Watts.
Sin embargo, la década del '70 fue casi tan sombría en Londres, donde imperaba la desgarrada estética punk, como en Buenos Aires. Azaro comenzó a trabajar en estudios de animación y dicen que solía recordar que en algunos «todo el personal era punk, desde el director hasta el último empleado». Integrado a los equipos de animación de, entre otras, «Heavy Metal» de Gerald Potterton o «The Wall» de Alan Parker con música de Pink Floyd, podría decirse que tenía una brillante carrera por delante cuando en 1981, por razones sentimentales, decidió regresar a Buenos Aires.
En la vida de Azaro siempre se mezclaron el éxito y la adversidad. La exposición del MAMBA cuenta su historia, de engaños y desengaños. Y aunque predominan los desengaños (el artista murió en 1987 sumido en la depresión), el relato está lleno de fantasía, gracia y los colores de una paleta iridiscente.
• Autorretrato
Expansivo en sus pinturas y dibujos, Azaro se imagina a sí mismo y se autorretrata niño, adolescente, deportista, enfermo, suicidándose, y plantea su teoría del «farcaso», porque como dice su amigo Alfredo Prior en el video testimonial que acompaña la muestra, «como ya ni siquiera podría hablar de fracaso, decía el Capitán Farcaso».
En su iconografía particular se conjugan las mujeres sadomasoquistas con tacos aguja, la sordidez de los prostíbulos o los monstruos que engendran sus «Pesadillas», con la inocencia de unos dibujos que evocan las publicidades de la década del '40, o la candidez de los que realizaba especialmente para los hijos de sus amigos. En este sentido, vale la pena destacar un fenómeno poco frecuente y casi inusual: gran parte de los trabajos que se exhiben pertenecen a los amigos de Azaro, a los artistas Juan Lecuona, Facundo de Zuviría, Meco Castilla, Eduardo Costa, Prior, Luis Wells, Rogelio Polesello, Hernán Dompé, Osvaldo Monzo, entre otros, que junto con la curadoras Clelia Tarico y Cristina Rossi trabajaron para presentar la muestra.
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