"LA SECRETARIA"

Espectáculos

«La secretaria» («Secretary», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: S. Shainberg. Int.: M. Gyllenhaal, J. Spader, L. A. Warren y otros.

E n el bufete del doctor A. Edward Grey (James Spader) sólo hay una vieja máquina de escribir eléctrica y ningún procesador de texto; sin embargo, nadie podría tildarlo de anticuado. Su secretaria Lee ( Maggie Gyllenhaal) recibe nalgadas cada vez más enérgicas por cada error tipográfico que comete, castigo que no le disgusta en absoluto. Tampoco otros, que continuarán sucediéndose en diversidad e intensidad. Por el contrario, también ella acuerda en que cualquier programa Word de PC, con sus abominables correctores automáticos, no le permitirían equivocarse a propósito y anularían toda forma de placer.

A su manera, «La secretaria», es una película de amor-pasión. Y qué pasión. En ese sentido también es demodée: hacía tiempo que no se veía en el cine americano, ni siquiera en el off Hollywood, una relación amorosa tan intensa y creíble, tan despojada de superficialidades, tan al nervio vivo. Desde luego, con detalles algo escabrosos que podrían llegar a incomodar a aquellos espectadores, quizá confundidos por el mensaje del afiche, que vayan al cine a la busca de una picaresca por completo ajena a esta película, una de las pocas que pone en escena un tabú rara vez tratado por el cine comercial, el sadomasoquismo.

Si bien a
«La secretaria» no le falta humor, se trata de un humor sutil, incisivo (en todo sentido), y tan desesperado como sus protagonistas, unidos en un vínculo enfermo, como muchos de los grandes amores, que los arroja a una «locura a dos» sin retorno aparente. Pero, pese a los abundantes goces de manual de psicopatología, generosamente filmados, el film de Steven Shainberg rechaza de plano la óptica del «caso clínico»: Lee y Grey no están del «lado de allá» para ser observados, compadecidos o, lo que sería más patético, ridiculizados. Simplemente, están enamorados.

En todo caso, quienes provocan más piedad son los del «lado de acá», la ruinosa familia de Lee, el padre borracho, la madre incontinente, el noviecito incapaz de ver más allá de sus narices, sin que por ello la película «poetice» la locura mediante el habitual rechazo de lo «gris cotidiano», receta tan fácil como abusada.
Shainberg, como algunas veces Hitchcock, tiende en cambio a poner al espectador en ese lugar de inconfesa identificación con lo más oscuro de la mente, a encontrar lo macabro en un rayo de sol.

•Compatibilidad

Lee, que acababa de obtener el alta en un neuropsiquiátrico cuando sale a buscar trabajo como secretaria, solía autoinfligirse heridas cortantes como respuesta a su agobiante entorno familiar; Grey, un hombre tímido, produce mucho más que un diagnóstico cuando, como al pasar, desliza cierto comentario sobre el significado de la cicatrización: se convierte, nada menos, en el primer hombre que le toca el alma y que establece, muy a su pesar, una unión indestructible.

«¿Quién dijo que el amor debía ser suave y amable?»
dice la secretaria Lee, con una lógica rigurosa que seguramente no compartiría Melanie Griffith en «Secretaria ejecutiva». Cuando Lee, por mandato del abogado, apoya sus manos sobre el escritorio y no las mueve hasta que él, moderno Ulises, decida regresar, la película ya ha entrado en un espacio que es el de la tragedia y la comedia clásicas a la vez: por allí desfilan, para disuadirla, los caricaturescos rostros del psiquiatra, de los familiares y (estupenda pincelada de humor) una militante del Movimiento de Liberación Femenina. Naturalmente, para la Penélope de hoy, todos hablan un lenguaje incomprensible.

Pero también esa escena hace cierto, en función del ingenioso desenlace, aquel principio de que en una relación entre dominante y sometido, entre rey y esclavo, quien lleva las de ganar, quien a la larga puede terminar devorando al otro, no es el que presuntamente detenta el poder.

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