18 de julio 2002 - 00:00

Leer libros importados ya es otro lujo en extinción

La importación de libros cayó 85% en el país en lo que va de 2002, según la Federación Española de Cámaras del Libro. Sin embargo, en opinión de editores y distribuidores argentinos o establecidos en el país, ese porcentaje es aun mayor y se ubica entre 90% y 95%.

Desde diciembre no entran, salvo muy contadas excepciones, libros en nuestro país. Una excepción es algún bestseller (por caso, la serie «Harry Potter» editada por Salamandra, que Planeta trae de España) aunque en la mayoría de los libros de ese tipo las editoriales prefirieron hacer reimpresiones locales. La otra excepción es la de ciertas obras de calidad o para profesionales que se consiguen en librerías especializadas a precios multiplicados por la última cotización del dólar, más un porcentaje de ganancia y otro «por las dudas».

El mercado del libro está cada día más desabastecido por temor a lo que ocurra, por encarecimiento de los costos industriales (fundamentalmente del papel) y, por lo tanto, se importa poco y nada; aparecen pocas novedades y los lectores argentinos están cada día más desactualizados. Los precios de lo que se consigue, por supuesto, son exorbitantes: por caso, la novela «El rinoceronte del Papa», de Lawrence Norfolk (Anagrama) cuesta 105 pesos; «El día de la independencia» de Richard Ford, 63 pesos; y cualquiera de los clásicos textos de filosofía de la editorial Gredos supera los 100 pesos.

Desaparición

Desde hace 6 meses desaparecieron de las librerías las pequeñas remesas de «obras para lectores selectivos» y los que en el país de origen eran ya «libros de saldo» y aquí se convertían en novedades.

El fenómeno es más contundente porque el mercado local del libro está dominado en gran parte por obras provenientes de España. Esto hizo decir al secretario de Cultura de España, Luis Alberto de Cuenca, que «la Argentina, por muchas crisis económicas que tenga, depende del libro español de la misma manera que España dependía del libro argentino y mexicano en los años '60". Gran parte de esas publicaciones eran traídas por los grandes grupos editoriales con centro en Barcelona o Madrid, como Planeta, Alfaguara o Ediciones B, o con uno de sus brazos fundamentales allí, caso Random House-Mondadori, con sus sello Plaza & Janés. Otra parte la importaban distribuidoras y eran novedades de los llamados «sellos de calidad».

Riverside logró que Anagrama, la editorial de
Jorge Herralde, le permitiera un acuerdo comercial para hacer una edición argentina de «Creí que mi padre era Dios» de Paul Auster. Ese modelo ahora esta siendo considerado por otros editores. Por su parte, Tusquets, otro sello de prestigio, ya venía produciendo reimpresiones junto a títulos locales.

Los grandes grupos extranjeros tuvieron diversas estrategias, aunque en todos los casos la poda de importaciones fue drástica. Planeta, de los
Lara, primer grupo editorial de España, fue reduciendo desde 2000 los títulos importados de sus sellos Critica, Seix Barral, Destino, del Bronce, Temas de hoy y Deusto. Últimamente Planeta de Argentina comenzó a reimprimir obras de Destino, Critica y Seix-Barral. «Dejamos de traer libros. Vendemos lo que tenemos en stock. Lo único que importamos es 'Harry Potter'», comentó Ricardo Sabanes, del Grupo Editorial Planeta.

Bertelsmann, el gigante mediático alemán presidido por
Thomas Middelhoff, que en su sector Random House-Mondadori es dirigido desde Nueva York por Ricardo Caballero, cortó las remesas a comienzos de este año. Luego de dominar las librerías con los productos de sus diversas líneas, decidió la reestructuración local tanto de personal como de sus sellos, dejando a Sudamericana la producción de obras de y para el Cono Sur.

Adecuación

Santillana, el sector editorial del Grupo Prisa, de Jesús de Polanco, ha proclamado reiteradamente «no nos iremos de la Argentina» pero se han «adecuado a la circunstancias» y según señala Fernando Esteves, director editorial de Alfaguara, «hay cero de importación desde fines de 2001, pedimos los discos de libros que justifican la tirada, se bajan a películas y se imprime aquí para toda América Latina. Un ejemplo es la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte, imprimimos 50 mil ejemplares, de los que 30 mil fueron a México, esto nos ha permitido atenuar la dureza de la crisis».

Ediciones B, del
Grupo Zeta, que realizó en octubre de 2001 una reducción al mínimo de su sucursal criolla, decidiendo sólo distribuir sus publicaciones españolas, cambió en diciembre sus planes. «No importamos nada, pero estamos publicando entre novedades y reimpresiones 10 libros por mes. Es un programa ambicioso, en el que, entre otras cosas, figura relanzar el fondo descatalogado de Vergara», explica Fernando Peralta.

Esa nueva actitud fue estimulada por el éxito de
«Argentinos» de Jorge Lanata, que lleva vendidos 60 mil ejemplares e impresos 100 mil, y por el que Ediciones B habría adelantado 100 mil pesos, luego de que el manuscrito fue ofrecido previamente por el periodista a Planeta y Sudamericana.

Para España
«la exportación de libros a la Argentina cayó 85 por ciento» en lo que va de 2002, indicó Emiliano Martínez, presidente de la Federación Española de Cámaras del Libro al presentar el informe «El Comercio exterior del libro 2001» y agregó que «ya en 2001 la exportación de libros a la Argentina había descendido 18% respecto a 2000, como una premonición de lo que ocurriría en los 5 últimos meses».

Caída

La caída del envío de libros no ocurre sólo con las editoriales españolas. Cuando se produce un «mini boom» internacional de la «nueva literatura colombiana» (como detalló extensamente «Cambio», el semanario de García Márquez), ni aún la editorial cuya central está en Colombia, y con una sede en la Argentina, distribuye algunas de esas obras.
«No traemos ya libros de Colombia por los costos», explica Leonora Diament de «Norma», «los reemplazamos por la edición nacional, pero todo es tan inestable que modifica cualquier plan y hay que partir del hecho de que nuestro mercado está enormemente deprimido».

También la mayoría de los editores argentinos declara que frenaron toda importación.
«Importamos hasta diciembre y después dejamos de hacerlo por costos», dice Silvia Portorrico, de Atlántida. Leandro de Sagastizabal, gerente general de Eudeba, si bien no pude hablar de esa editorial porque no importa (pero que en el futuro podría hacerlo dado que acaba de cerrar un acuerdo con la mexicana Fondo de Cultura Económica), considera que, en general, «el mercado del libro importado a caído en 95 por ciento».

«El problema es el pago de las deudas que se contraen al traer libros del exterior. Nosotros importábamos de México los libros de Porrúa y de España los de Pretextos. Hasta diciembre aquí de cada 10 libros 8 eran importados. Eso se frenó drásticamente y aún no hay, como pasaba antes en la Argentina, publicaciones de reemplazo»
, señala Aurelio Narvaja, de Colihue.

«A partir de ahora vamos a importar 5% de lo que nos era habitual, por ejemplo 'Los caminos del pensar de Heidegger' de Hans Georg Gadamer, que tiene su público. Nosotros bajamos la rentabilidad a cero para que no desaparezcan los sellos. No desaparecen los sellos, pero desaparece el negocio. Hoy un libro que nos cuesta unos 30 euros tenemos que venderlo a 100 pesos, entonces ¿cuántos podemos traer? Donde antes traíamos 100 ejemplares, hoy tenemos que importar 10. Hoy lo importado es prohibitivo»
, declara Javier Riera, de Biblos.

Dejá tu comentario

Te puede interesar