Álvarez Tuñón: recuperar el noble género del cuento

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Hechos reales, como una magnífica anécdota de los abuelos de Daniel Barenboim, o sus juergas con un "paciente" español, son la base argumental.

Tal vez haber sido juez nacional y fiscal general, a Eduardo Álvarez Tuñón lo habituó escuchar casos, historias sorprendentes, a veces cautivantes por lo inverosímiles, y le dio el modelo narrativo que utiliza en algunos de sus libros y ahora en los relatos de “El tropiezo del tiempo” (Edhasa-Libros del Zorzal). Álvarez Tuñón publicó las novelas “El diablo en los ojos”, “El desencuentro”, “Las envidas del final”, “La mujer y el espejo”, los cuentos de “Reyes y mendigos” y “Armas blancas”. Dialogamos con él.

Periodista: Si es cierto lo que usted cuenta de los abuelos de Daniel Barenboim, cómo para que él no se deje llevar por el destino y sea argentino, español, israelí, palestino…

Eduardo Álvarez Tuñón: Esa historia fascinante la contó Barenboim, en un aparte, cuando estrenó “Tristán e Isolda” en el Metropolitan de Nueva York, donde yo había sido invitado. Centré el relato en Klausenn, un viejo capitán alemán en el último de sus viajes. Ante la disposición que sólo permite ingresar al país a matrimonios decide casar varias parejas al azar, entre ellos a Elías y Ana, para que no deban regresar a la tierra de los pogromos de donde huían. Al bajar a tierra Elías y Ana se separan y nada saben ya uno del otro. Hasta que el destino vuelve a unirlos, se enamoran, y descubren que hace 5 años que están casados. Fueron matrimonio antes de conocerse. A veces el tiempo tropieza y hace que el desorden temporal imponga un orden insospechado. Elías Barenboim fue fundamental en la formación de su nieto. Me gustan las historias que unen la real con la inverosímil. Todos los cuentos de “El tropiezo del tiempo”, salvo el del fantasma de mi padre, están basados en historias reales.

P.: En algunos usted es protagonista, como en la historia del anciano ludópata.

E.A.T.: De joven, cuando buscaba trabajo en Barcelona en alguna editorial, conseguí el de cuidador nocturno de un anciano enfermo. Pero no estaba tan enfermo: a la noche quería ir a jugar póquer en los más variados garitos. Esas salidas son el secreto que une al viejo con el muchacho. Hay algo cinematográfico cuando el viejo muere y la familia en el cementerio ve llegar a desconocidos que le dan el pésame al cuidador nocturno. Es la gente de los casinos, y antes de que digan algo, el muchacho se escurre.

P.: Es protagonista también en el encuentro con el fantasma de su padre, cuento que le dedica a Sergio Renán.

E.A.T.: Mi padre, Mirko Álvarez, fue un conocido actor de teatro independiente, de La Máscara, de Nuevo Teatro. Estrenó con Renán, de quien era muy amigo, “El centroforward murió al amanecer” de Agustín Cuzzani. Murió a los 31, cuando yo tenía 3 años. Me di cuenta de que si hoy me encontrara con él, a quien doblo en edad, tendría que ser quien le explique la vida. ¿Qué es envejecer? ¿Qué es ver crecer a los hijos? ¿Qué es todo esto que hoy es comprendido y aceptado? Me llenaría de preguntas. O acaso, como en el cuento, sólo querría poner en escena “La gaviota”. Ese juego de Chejov con “Hamlet”, y mío con el tema del fantasma del padre. Ahí surgió la idea de “ser joven es ser vulnerable”, idea que quiero seguir trabajando.

P.: ¿De dónde sacó a los disfrazados que fusilaron en la Guerra Civil Española?

E.A.T.: Eso lo informó Antony Beevor en unas crónicas sobre la Guerra Civil Española. Cuenta que cuando la gente rica abandonaba sus casas y otros las ocupaban, usaban sus cosas, se ponían sus ropas. Tejí a partir de ahí. Los jóvenes encontraban en esos atuendos, en imitar a sus dueños, una cierta epifanía de la libertad. Pero los disfraces se encarnan. Y no les creen que no son los que parecen. La tragedia está servida.

P.: ¿Conoció un violinista que creía que tocando mal había sacado a los nazis de París?

E.A.T.: Se llamaba Arthur Vallet. Lo vi en La Asociación Francesa de Antiguos Combatientes. Uno de los jerarcas nazis, muy melómano, buscó en medio de la ocupación al mejor intérprete de Brahms para sus veladas. Así llega a Vallet, que vivía con mucha angustia que lo tildaran de colaboracionista. Descubrió, como venganza, desafinar en momentos claves. Dañarles el oído. Hacerlos escapar. Se creyó el héroe anónimo que liberó a París, y te lo explicaba muy seriamente. Dice: soy como los artistas que crearon los vitrales de la Sainte Chapelle, nadie sabe de ellos pero hicieron que París sea París.

P.: ¿El Príncipe de Gales en Buenos Aires eligió irse de joda con el peor alumno del Colegio Militar?

E.A.T.: Fue un tío mío. Cuando Eduardo de Windsor visitó la Argentina, entre otras celebraciones se le organizó un almuerzo de las Fuerzas Armadas con el mejor alumno del Colegio Militar. Con esa singularidad que lo llevaría a abdicar, dijo: acepto almorzar con el mejor siempre que pueda cenar con el peor. Para lo segundo fue elegido mi tío. Las órdenes son contundentes: ojo con lo que hace. Salieron a pasear por el Paseo de Julio, fueron a piringundines con orquestas de señoritas y terminaron en un burdel. Escaparon de la custodia. Les daba libertad saber que después de esa noche no se iban a ver nunca más. Cuando se despidieron, el príncipe le dijo: yo voy a hacer algo por vos. Al otro día cuando mi tío llegó al Colegio Militar, lo echaron.

P.: ¿En qué está ahora?

E.A.T.: En otro libro de cuentos. Afortunadamente este año han aparecido muchos libros de cuentos. Un género que tiene nombres tan extraordinarios en el Río de la Plata estaba muy retraído en el mundo editorial. Borges, Arlt, Bioy, Silvina Ocampo, Cortázar, Castillo, Saer, Quiroga, Felisberto Hernández, Onetti, por mencionar a los clásicos. A mí me gusta el cuento tradicional, el cuento que puede ser contado. Lo mejor de lo nuestro se ha construido lejos de la experimentación vana.

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