17 de noviembre 2000 - 00:00
"Los films que no se entienden no sirven"
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Periodista: ¿Cuánto tiene de autobiográfico este film?
Robert Guédiguian: Por primera vez hago esto de mostrarle al público las herramientas que usamos para elaborar cualquiera de mis obras, como «A todo corazón» o «La ville est tranquille», y, es cierto, cualquiera puede reconocerme en el personaje de cineasta canoso, o reconocer a mi coguionista habitual, ya irreemplazable, Jean-Louis Milesi. Y, puedo confesarlo, la casa donde ambos personajes trabajan es mi propia casa en París.
P.: ¿Cómo? Si usted es el poeta de Marsella.
R.G.: Filmo en Marsella, pero la posproducción debo hacerla en París donde, además, tengo con otros asociados una pequeña productora bastante activa: desde 1990 ya hicimos unas 200 películas, entre ficcionales y documentales. Aprovecho a recomendar esto: todo director debe implicarse en la producción, al menos en la producción ejecutiva, se trate de una cinta de bajo presupuesto, o una superproducción. Así lo hicieron Charles Chaplin, John Ford, Raoul Walsh... Volviendo a su pregunta, casi todos vivimos en París, salvo uno que actúa en todas mis películas, pero, la verdad, trabaja como enfermero en un hospital de Marsella. El resto es una mezcla de conocidos y alumnos del Conservatorio (ahí conocí a mi esposa), una unión entre el barrio de la infancia y el Conservatorio.
P.: ¿Cómo entró usted al cine?
R.G.: Tenía 22 años, estaba haciendo mi tesis de Ciencias Sociales, sobre el movimiento obrero francés hasta 1914, y al mismo tiempo estaba dejando el Partido Comunista Francés, donde había militado desde pequeño. En una comida alguien me invitó a participar en un guión. ¿Por qué no?, me dije. Pero pronto advertí ciertos problemas para volcar mi experiencia personal. Eso es algo que me pertenece. Necesitaba -necesito-expresarme yo personalmente sobre lo que me rodea, para confrontar mi visión con la de los demás. Así empecé, en 1980. Y siempre con el mismo criterio: hacer películas claras. Quiero que mi padre entienda mis películas. Mi padre es un inmigrante armenio que trabajó como electromecánico en los muelles de Marsella. Mi padre tuvo treinta accidentes de trabajo. Esas son cosas que quedan. Por eso mi cine es el cine de los hijos de obreros, de inmigrantes, de marselleses.
P.: En «¡Al ataque!» alguien dice que los dos temas más importantes son la lucha de clases y el sexo. ¿Es su opinión?
R.G.: La sexualidad, no el sexo. Es decir, los dos temas más importantes son la relación afectiva con otra persona y la relación intergrupal: obreros y patrones, pequeños empresarios y sucursales bancarias, viejos y jóvenes... Lo que cuenta es la relación.
P.: ¿Puedo pedirle su opinión sobre algunos autores? No digo que lo hayan influenciado, pero hay coincidencias. Por ejemplo, Marcel Pagnol.
R.G.: Por supuesto. Amamos la Provenza, la gente común, el cine de la palabra. En «Marius...» hice una escena de ocho minutos, donde la acción avanza sólo a través del diálogo, es decir, una escena «a la manera de Pagnol».
P.: Jean Giono.
R.G.: Formidable, y agrego que Pagnol me gusta más cuando toma el espíritu de Giono, como en «La mujer del panadero». Casi todos mis films tienen alguna influencia suya, y de sus temas: amor, separación, reproducción, reconciliación...
P.: Jean Renoir.
R.G.: El mejor, más formidable que los otros dos juntos. Amo su cine y, en general, todo el cine francés de entreguerras. Porque también René Clair, Julien Duvivier, Jean Grémillon, Jean Becker son verdaderos maestros.
P.: ¿Y sus contemporáneos?
R.G.: Me gusta mucha gente de la genera-ción posterior a la mía, gente que mira a su alrededor. Cuando empecé, el cine francés no miraba la realidad, sólo se miraba a sí mismo. Yo quería hacer «Dernier eté», sobre la gente típica de Marsella, y no podía encontrar un productor, hasta que un amigo se entusiasmó, y no sólo la produjo y distribuyó, sino que desde entonces, por formación o deformación, seguimos trabajando juntos. Cuando la estrenamos, el público nos dio su apoyo. Me lo quitó cuando hice «Dios vomita a los tibios», repunté con «El dinero hace la felicidad», y al fin me amó con «Marius y Jeannette».
P.: ¿Es su obra más poética?
R.G.: No necesariamente. Pero seguro que es la más alentadora, la más optimista. Y es como una locomotora, porque gracias a ella ahora me conocen y conocen mi obra en casi todas partes.




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