23 de abril 2003 - 00:00

Magris, el orillero que llegó al centro

Claudio Magris
Claudio Magris
L a historia del triestino Claudio Magris es la del orillero que llegó al centro. A los 63 años, el narrador y ensayista cuyo nombre suele mencionarse con frecuencia cada octubre, desde hace un tiempo, en los pasillos de la Academia del Nobel, perdió un tanto la galanura melancólica con la que aparece en las solapas de sus libros, y los años lo están acercando más al porte amable y rústico de Alberto Sordi.

Germanista, autor de obras traducidas a las más diversas lenguas, como «Danubio», «Microcosmos», «Utopía y desencanto», «Otro mar» y «El anillo de Clarissa», Magris es uno de los pensadores fundamentales de la llamada cultura de la «Mitteleuropa», la tradición centroeuropea, aquella con epicentro en la Viena de principios de siglo XX y ramificaciones intelectuales sin fronteras: Ludwig Wittgenstein, Robert Musil y su «Hombre sin atributos», Italo Svevo, Elias Canetti y Hermann Broch son sus autores-faro.

También Borges, desde luego, por lo que la denominación del comienzo, «orillero», sería la más exacta definición de Magris en el diccionario borgeano: por antonomasia, es el escritor de las periferias, las espirituales y las geográficas. El de las zonas de nadie que, como tales, son más libres para pensar y hasta elegir sus influencias.

En tal sentido, parece resignado a que en casi todas las entrevistas periodísticas que da en el mundo se le pregunte fatalmente por periferias y fronteras, como a García Márquez por Macondo o a Sabato por los ciegos o el sufrimiento. Visitante ilustre de la Feria del Libro, donde vino a presentar su última obra, «La exposición», y la novela «Verde agua» de su mujer Marisa Madieri (fallecida hace cinco años), Magris compartió un té con este diario horas antes de cumplir con sus compromisos en la Feria y de cenar en la noche porteña.

Periodista:
En «Danubio» usted sostiene que la Historia contradice el principio de Hegel de que lo real tiende a identificarse con lo racional. Estos pocos años del siglo XXI han de haberlo asegurado más en esa afirmación.

Claudio Magris: Bueno, en realidad «Danubio» no es un ensayo. Todo está relativizado en perspectiva irónica y no debe ser interpretado literalmente. Uno puede decir, a partir de ciertas ideas del libro, que la vida es una porquería, pero esto también sería falso. Tan falso como decir que la vida es un canto.


P.:
Sí, desde luego. Se lo decimos desde esa misma perspectiva.

C.M.: Por supuesto. Lo que sí creo es que el esfuerzo mayor del hombre actual debe ser tratar de comprender la racionalidad de las cosas, aun las que parezcan más alocadas o irracionales. Nunca me atrajo la idea del absurdo. En la Historia no lo hay, aun cuando existan cosas que parezcan tales. Por eso, y contradiciéndome con lo que escribí en «Danubio», creo que el mundo moderno le debe mucho a Hegel, en el sentido de que hace falta interpretar desde un punto de vista estrictamente racional la realidad circundante. No hay que abandonarse al «pathos» del absurdo, o de lo inevitable, que para muchos puede ser un consuelo y que ha dado lugar a mucha mala literatura. El progreso de la conciencia logra que hoy se interprete de una manera más racional elementos históricos del pasado.Ahora bien, lo más inquietante de este siglo XXI no es su presunta irracionalidad sino que no se tenga aún la certeza de cuál será la fuerza cultural que le dará unidad, como en otro momento fue el cristianismo o el socialismo más tarde.Así, estamos en una situación similar a la planteada por Musil: hay realidades parciales pero falta un centro que les dé sentido. Pero insisto: no hay que negarse a la realidad, a decir «el mundo cambia pero no yo». La imagen más justa es la relación entre Don Quijote y Sancho Panza.


•Vitalismo

P.: Eso entronca con uno de sus escritos sobre Borges, donde dijo que la literatura no salva a la vida.

C.M.: Exacto. La literatura es insuficiente con respecto a la vida. Cuando presenté por primera vez «Danubio» en Francia, Maurice Nadeau, el gran viejo, me preguntó: ¿Para ti la literatura es un medio para acceder a la vida verdadera, o es un obstáculo? Yo le respondí en términos estadísticos, 1% es un medio, 99% un obstáculo. Decía Svevo que la vida es original y más imprevisible que nuestra imaginación.Algo parecido a lo de Melville, que sostenía que era más extraña que la ficción.


P.:
¿Se autoimpone o le sale su tipo de escritura mixta, sin un género definido?

C.M.: Lo impone el relato. Cada experiencia que va a ser contada requiere su propia forma, y por lo general no hay formas puras. Si yo tuviera que ponerme a escribir ahora un texto, de regreso en casa en Trieste, no podría dejar de lado la experiencia de este viaje a la Argentina, las pequeñas historias, el ambiente preelectoral. La vida está hecha de formas impuras. Me viene muy natural esta forma de relato mixto, impuro, porque la vida es impura.


P.:
¿Existe hoy la «gran literatura»?

C.M.: Es difícil afirmarlo. La literatura latinoamericana fue una de las últimas, los tiempos del «boom». Grandes obras que tuvieron el sentido de la grandeza. Hoy, cómo decirlo, existe la tentación de pensar como Borges, imaginar la existencia de grandes obras falsas a partir de la falta de ellas. Racionalmente, yo puedo sostener que la vida es tan rica que nunca puede dejar de sorprender; en consecuencia, que también se producen obras que tampoco dejan de sorprender. Pero, muy en el fondo, siento que esa gran literatura hoy no existe.


P.:
A eso queríamos llegar. ¿Qué ocurre? ¿Falta de talento? ¿Efectos de la revalorización de la marginalia por culpa de los hijos de las disciplinas semióticas de los '70?

C.M.: No lo sé. En principio, yo jamás participé de esas corrientes. Nunca me interesaron. Pueden haber tenido su valor, no lo niego, pero también consagraron muchas cosas malas. Aunque, desde luego, el mismo pecado cometió la tradición romántica.


Entrevista de M.S. y M.Z.

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