30 de junio 2003 - 00:00

Maldonado, maestro del diseño, habló en el país

Maldonado, maestro del diseño, habló en el país
Desafiando la sudestada y dispuesto a hablar de sí mismo, de su obra, sus ideas y su vida, el pintor, diseñador y pensador argentino Tomás Maldonado llegó el jueves a la Fundación Proa de la Boca.

Radicado en Europa desde 1948, cuando invitado por Max Bill inició su notable carrera en la Escuela Superior de Diseño de Ulm -una segunda Bauhaus-, su conferencia, en el marco de la muestra «Arte abstracto argentino» que exhibe sus obras, implicó un verdadero reencuentro con el ambiente artístico del que se había alejado. Maldonado formó parte del grupo Arte Concreto Invención hasta que en 1950 abandonó la pintura, práctica que «secretamente» ha retomado en los últimos años.

Dispuesto a revisar el pasado y a cuestionar hasta sus propios dichos, aclaró que fue exagerado manifestar que su período artístico no se relacionaba con el de los 50 años posteriores, más bien orientado hacia áreas filosóficas y sociológicas. Ahora, a los 81 años y convertido casi en una leyenda, confesó que el Maldonado de 22 años le resultaría «un personaje insoportable con un dogmatismo espantoso», pero dedicó toda la tarde a atar los hilos del presente con los del pasado.

Con este afán relacionó el interés que le suscitaron en la década del 60 las nuevas constelaciones de productos y el impacto de las nuevas tecnologías, con la preocupación que durante «el período heroico del arte concreto argentino, que va de 1940 hasta 1948», compartía con Alfredo Hlito y Lidy Prati, cuando aspiraban a oficiar de mediadores entre el arte y otros mundos, para no aislar la experiencia artística del mundo productivo, el de la industria, el diseño y la arquitectura.

Maldonado
llegó a Ulm con estas inquietudes, su título de la Escuela Nacional de Bellas Artes y su trayectoria artística bajo el brazo, se quedó 15 años y ocupó el cargo de rector. Mérito que atribuye a que durante el difícil período de la reconstrucción, «los alemanes estaban distraídos, pues de otro modo no se explica que aceptaran un personaje tan exótico».

•Humor

Flirteando con el humor, contó que en esos años su actividad se orientaba hacia los problemas de la percepción y cuestiones abstrusas de lógica matemática y semiótica referidas a la educación, pero que en los años '60 retomó su preocupación por la representación.

Recordó así que mientras
«los señores que pintaban las Galerías Pacífico creían que a través de la representación de la realidad de la clase obrera todo sería posible» (se refiere a Castagnino, Berni, Spilimbergo y Urruchúa), los manifiestos del arte concreto auguraban que el mundo de la representación desaparecería. «Nosotros éramos utopistas, creíamos que a través del arte concreto se podía cambiar el mundo -explicó-. Es decir, creíamos que a través de ciertas líneas muy sutiles sobre una superficie y un color homogéneos podíamos meter en dificultades al capitalismo. Fue un error, se ha demostrado que las dos hipótesis, la nuestra y la de los señores de las Galerías Pacífico estaban erradas. Pero nosotros estábamos convencidos, aunque había gente que creía un poco menos, como Hlito, que con su sarcasmo volteriano siempre preguntaba si eso sería factible».

Resumiendo su complejo pensamiento filosófico, observó que su interés por saber cuál es el impacto de las nuevas tecnologías de la información, y en qué medida la modernidad se confirma, o no, a través de ellas, lo llevó a publicar una serie de libros «muy pedantes y académicos», según su criterio.

En
«Vanguardia y racionalidad» figura, entre otros tópicos, su polémica con Umberto Eco sobre la iconicidad o los aspectos representativos del arte. «El futuro de la modernidad» parte de la idea Habermas de que es un proyecto inconcluso y defiende algunos aspectos de la modernidad, «sólo algunos».

En
«Real y virtual», reflexiona sobre qué nuevos horizontes pueden abrir las nuevas tecnologías al proyecto de la modernidad. Y en «Crítica de la razón informática» considera el fracaso de Internet, «pues se creyó que podría ser el gran sistema de democratización universal, cuando está demostrado sólo 2 o 3% de la población tiene acceso».

«Mi esperanza
-agrega-, es que este modelo imperial entre en dificultad, aunque ahora soy mucho más cauto en mis previsiones que cuando tenía 20 años».

En ese lúcido deambular por su propio pasado, encadenó su trabajo de las últimas décadas con las utopías de los años 40 y 50, pues pese a admitir que formó parte de una élite estetizante, su interés se mantiene anclado en una fuerte preocupación por el tema social. Dedicado en las últimas décadas a estudiar los problemas ambientales, Maldonado, que se autocalifica como un «pesimista constructivo», dijo que cuando llegó a Buenos Aires esperaba encontrar la ciudad sumergida en el infierno de los «cartoneros», y que descubrió en cambio «unos señores casi elegantes y muy ordenados, que crearon el modo argentino de la recolección diferenciada».

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