11 de junio 2003 - 00:00

Malraux, el escritor que llegó a ser su personaje

Malraux, el escritor que llegó a ser su personaje
André Malraux fue durante el siglo XX el fetiche por excelencia del «escritor comprometido», el Hemingway de los progresistas, el aventurero que buscó intervenir en sucesos históricos (la revolución china, la guerra civil española, el partisano contra los nazis que se auto-proclamó coronel de la «brigada Alsacia Lorena» dos meses antes del desembarco de Normandía) y el escritor que introdujo con estilo épico a los militantes de izquierda en la novela y que se convirtió en el intelectual más influyente de Francia.

Ahora la colosal biografía «André Malraux, una vida» (Tusquets, 2003) de Olivier Todd -que se consagrara con « Albert Camus, una vida»- muestra al autor de «La condición humana» (premio Goncourt, 1933) como un impenitente mentiroso, un desesperado buscador de fama y un esforzado narrador, ensayista y cineasta que se dedicó, fundamentalmente, a construir su propio mito. Detalla las contradicciones ideológicas, por no decir las piruetas o «los virajes» que gustaba denunciar Jean-Paul Sartre, que jalonaron la vida del novelista de «La esperanza». «A lo largo del siglo XX, que no tiene buen aspecto, -ironiza Todd-la vida tumultuosa de Malraux se asemejó a una prestigiosa historieta. ¿Que nos ha legado con sus verdades y sus falsas heridas? Un personaje y una obra».

Malraux
fue según Todd «un genio de la seducción, auténtico y dudoso combatiente, camarada y compañero de viaje o de desastres, y sobre todo actor y director teatral de sí mismo. De hecho, su vida era lo único que le interesaba».

El comunista André Malraux comenzó siendo seguidor y apologista de Charles Maurras, mentor de la violencia de ultraderecha, para terminar como ministro del conservador General Charles De Gaulle. Llegó a ministro de Cultura a pesar de haber abandonado sus estudios a los 17 años, sin terminar el bachillerato. El embelesado epígono del escritor nacionalista Maurice Barrés, autor de «El culto del yo», se inventó como novelista de epopeyas revolucionarias marxistas. Falsificador, traficante y ladrón de obras de arte, concluyó siendo quien dispusiera la protección del patrimonio cultural y artístico de Francia. Editor de libros eróticos en sus juventud, como funcionario estuvo a punto de censurar el film «Las relaciones peligrosas» de Roger Vadim; se lo impidió Francois Miterrand. El pequeño burgués Malraux buscó borrar su dramática infancia con un personal maquillaje que mezclaba al artista bohemio de mechón sobre la frente con el aristócrata que se codeaba con estadistas.

El ensayista liberal Jean Francois Revel, en su «Diario de fin de siglo», destaca la importancia de «André Malraux, una vida» de Olivier Todd, su antiguo compañero en la redacción de «L'Express». Luego de haber leído las primeras 400 páginas, Revel señala «la precocidad de Malraux, si no en el orden literario, se da en la cristalización de su personalidad, a los 20 años muestra los rasgos esenciales del hombre (desde sus tics físicos a los morales), el poder del torrente verbal con que avasalla a sus interlocutores, su mitomanía. Todd analiza su militancia comunista, fue un auténtico compañero de ruta y, en el momento en que dejó de serlo, le valió naturalmente desaparecer en las enciclopedias soviéticas». Ya el sociólogo Raymon Aron, en 1978, había advertido que en Malraux había «un tercio de genialidad, un tercio de falsedad y un tercio incomprensible».

Todd
escribe esta apasionante biografía cuando ha desaparecido el malabarismo ideológico que ofrecía al mejor postor el esquema «comunistas= anti-fascistas = demócratas = el Bien». Ecuación que se imponía a los «dispuestos a aceptarlas» con contagiosa ingenuidad, memora el investigador (que buscó durante cinco años testimonios de su emblemático personaje en París, Moscú, Barcelona, Hanoi, Londres, Pekin y Washington), y advierte que «la ascensión de Malraux coincidió con el auge de los totalitarismos inventados por Europa». Y más adelante amplia, «los intelectuales de izquierda habían luchado contra el nazismo, el fascismo, el franquismo, sin rechazar otro totalitarismo: el comunismo. Si el término contradicción tiene un sentido, la contradicción política esencial de Malraux, representante ejemplar pero no edificante de su siglo, está ahí. Pero debemos de reconocer que él no esperó al decenio de 1950 para romper con la tentación comunista. Tambien hay que señalar, sin embargo, que se aferró a Mao. El periodista estalinista André Wurmser tejió su corona necrológica, el 23 de noviembre de 1976, en «L'Humanité» declamando que Malraux hizo más comunistas de los que deshizo».

Tood
se disculpa de tener que difundir «un miserable montón de secretos» porque todavía puede haber quienes desconozcan al hombre que hay detrás de la leyenda. Esta justificación le permite contar como Malraux perdonó que su primera mujer lo engañara (al escritor suelen contársele cuatro esposas) porque esa rica heredera era quien solventaba sus viaje de ocioso aventurero y sus delirios de especulador bursátil. Pobre conocedor de la historia del arte, el autor de «El museo imaginario» suplía su ignorancia con desafiantes interpretaciones, muchas veces geniales. Como periodista fue capaz de recordar de sus entrevistas con Mao y Nehru frases que los estadistas nunca le habían dicho, según demuestra Tood comparando transcripciones de esos diálogos. A pesar de todo esto -acaso porque «en todo biógrafo hay un policía enamorado, a veces celoso, a veces feliz, maravillado, estupefacto, una y otra vez seguro de sí mismo o asaltado de la incertidumbre»propone volver al Malraux de esos relatos que puede ser leídos como grandes novelas aventuras, como «La esperanza», y a esa gran novela que fue «su vida, asombrosa, encabritada».

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