En el marco
de una
cuidada
puesta teatral
y acompañada
por nueve
excelentes
músicos,
Marisa Monte
cautivó a un
Gran Rex
colmado con
su música y su
exquisita voz.
«Universo Particular». Marisa Monte (guitarra acústica y eléctrica, cavaquinho, armónica, voz). Músicos: D. Carvalho (bajo, guitarra acústica y eléctrica), M. Diniz (cavaquinho. guitarra acústica), M. Costa (batería, percusión), C. Trilha (teclados, programación), P. Gomes (guitarra acústica y eléctrica), M. Lopes (trompeta, flugel horn), P. Mibielli (violín), M. Ribeiro (cello) y J.Barbosa (fagot). ( Teatro Gran Rex, 30 y 31/3 y 1/4).
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El sofisticado espectáculo de Marisa Monte empezó con «Infinito particular», cantado en la más completa oscuridad (lamentablemente interrumpida por los flashes de las cámaras digitales y los celulares de los fans, acaso ansiosos por la excesiva demora en el inicio del show), como para dejar bien en claro que las canciones iban a ser la estrella.
Luego, ya con el escenario inundado de luz blanca, y rasgando un cavaquinho en lugar de su guitarra, hizo «Universo au meu redor», ambos títulos de los últimos discos de esta exquisita cantante, capaz de darle a todos los géneros que aborda (el samba, el pop, el soul, la balada) un estilo íntimamente personal.
El tema de la luz -o la ausencia de ella-no es casual en este espectáculo con puesta teatral, donde ella y nueve músicos de distintas escuelas y generaciones forman parte de una instalación plástica, rodeados por unos enormes paneles rectangulares que se deslizan por la escena cambiando de color u oficiando de pantalla de proyección de imágenes cuasi pictóricas. A ella misma la suben y bajan sentada sobre una explanada, que sólo abandona para cantar parada frente a un micrófono o moverse, delicadamente, por el borde del escenario, seguida por unos robots lumínicos cuyos manipuladores tampoco desentonan con el todo visual.
Por lo demás, Marisa Monte sabe cómo transmitir calidez a un público absolutamente cautivado (que dicho sea de paso pagó desde 190 pesos por las plateas más caras a 60 en el pullman de un Gran Rex colmado), sin frases demagógicas ni concesiones a los pedidos de temas hechos a grito pelado.
Como cada movimiento de paneles y robots, el repertorio de 24 canciones, bises incluidos, se cumplió a rajatabla. A algunos temas, más pops, de los dos discos nombrados («Vilarejo», «Aconteceu», etc.), le siguieron bellísimos títulos de sus inolvidables tiempos Tribalistas junto a Carlinhos Brown y Arnaldo Antunes, como «Satisfeito», «Passe en casa», «Carnalismo», «Velha infancia», «Ja sei namorar» o «Nao va embora». y otras joyas ajenas como «Danca da solidao» (Paulinho Da Viola) o «Meu Canario» (Jayme Silva).
Tras un par de bises, Monte volvió a salir al escenario sola, empezó una canción a capella, indicando a la gente que cante con ella, las luces se apagaron y cuando en los paneles, ahora definitivas pantallas, pasaban los créditos del espectáculo como en el cine, ella ya no estaba allí.
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