13 de julio 2001 - 00:00

Más un thriller que un film político

El último contrato.
"El último contrato".
«El último contrato» («Siste Kontrakten», 1998, Suecia, habl. en sueco e inglés). Dir.: M. Pers-brandt. Int.: B. Floberg, M. Kitchen, P. August.

El asesinato en 1986 del primer ministro socialdemócrata sueco Olof Palme -alguien le disparó a la salida de un cine, al que había ido sin custodia y sólo en compañía de su esposa- marcó un antes y un después en la cultura política de ese país escandinavo.

A lo largo de estos 15 años, el crimen de Palme (Premio Nobel de la Paz y famoso en Latinoamérica por haber acogido a todos los exiliados políticos de la región en los convulsos años '70) nunca fue esclarecido, pero dio pie a diversas teorías de agencias gubernamentales como la CIA o la KGB e infinidad de investigaciones periodísticas que van desde una trama latinoamericana hasta la que afirma que la orden habría salido de Sudáfrica, ya que Palme fue uno de los más fervientes detractores del apartheid.

Aunque pocos se lo creen, hubo también quien especuló sobre la acción de un hombre solo, en el estilo del Oswald del caso Kennedy. Por si fuera poco, recientemente, desde una cárcel alemana, el líder kurdo Abdulah Ocalan acusó a su ex mujer de haber contratado al asesino. Como sea, jamás se encontró ni al criminal ni el arma, por lo que cualquier especulación puede ser buena y resultar en películas como «El último contrato».

Basado en una novela de John W. Grow, más que como una teoría definitiva sobre el caso (más bien las toma casi todas, menos la del asesino solitario), el film debe ser visto como un thriller de suspenso que, aunque desparejo y, por momentos, caprichoso, mantiene el interés del espectador hasta el final.

En él, un modesto oficial de policía que eligió la división Defraudaciones para no seguir poniendo su vida en peligro en las calles empieza por un caso de rutina (averiguar quién es ese periodista inglés que entró en el país con el pasaporte de un muerto) y termina descubriendo la trama que conducirá inexorablemente al asesinato del primer ministro.

Aunque su obsesión profesional lo lleva a reunir pruebas suficientes, nadie parece creerle, ni siquiera su mejor amigo y colega. Entretanto, su vida familiar entra en crisis, y su equilibrio psíquico se reciente seriamente al ver que la institución a la que pertenece se hace cómplice del inminente crimen, por omisión, aunque más no sea.

El presunto periodista es, en realidad, un gélido asesino a sueldo (interpretado por el más que convincente actor británico
Michael Kitchen), cuyas complejas actividades en Estocolmo, los días previos al crimen, la cámara sigue paso a paso, al mejor estilo de los thrillers políticos à la page en los '70/'80, justamente, sin poder evitar cierta dosis de confusión por la sobrecarga de subtramas, algunas de ellas innecesarias, y otras, inverosí-miles.

En pocas palabras, si bien no aporta mucho sobre un hecho que conmovió al mundo ni sobre un hombre clave en la política mundial del siglo XX,
«El último contrato» entretiene.


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