15 de junio 2005 - 00:00

"Me atraen los que renuncian a la voluntad de deslumbrar"

Enrique de Hériz considera que los cineastas, para hacer unbuen film, deben perderles el respeto al libro de donde parten.
Enrique de Hériz considera que los cineastas, para hacer un buen film, deben perderles el respeto al libro de donde parten.
Enrique de Hériz con «Mentira», su tercera novela, ha pasado a figurar entre los miembros destacados de la «Escuela barcelonesa», donde están Eduardo Mendoza, Javier Cercas y Ruiz Zafón, cuyas obras son bestsellers internacionales. «Mentira», luego del Premio Libreter está siendo traducida en diez países. De Hériz estudió Filología Hispánica, fue gerente editorial de Ediciones B. En «Mentira» mezcla aventuras, dramas y humor en una emotiva reflexión sobre el arte de contar. Dialogamos con él en su visita a Buenos Aires.

P.:
¿Qué cuenta en su novela «Mentira»?

Enrique de Hériz: La historia de una familia. La familia es donde se genera la identidad de los individuos por los cuentos que van pasando de una generación a otra, y en esa transmisión de leyendas, mi novela contiene una suma de historias, hay siempre una zona oscura, algo que no se cuenta. En países donde ha habido inmigración o un suceso traumático reciente, la Argentina tendría estas dos cosas, eso refuerza la necesidad imperiosa de seguir repitiendo la mitología familiar.


P.:
¿No ofrece un historia principal?

E.deH.: Dos, y muchas más. Una mujer de 70 años, antropóloga, hace un último viaje, luego de haber viajado por todo el mundo, va a Guatemala y se pierde en la jungla. Hay un accidente y, por un equívoco, la familia cree que la madre ha muerto. Ella, que sabe esto, decide esperar para ver como reaccionan sus hijos. Mientras está perdida en la selva comienza a recontar la saga familiar desde los abuelos. Y en la familia, reunida con lo que cree que son las cenizas de la madre, la hija mientras espera que haya buen tiempo para tirarlas al mar, empieza a recordar la historia familiar desde los abuelos. Obviamente no son las misma historias, se van contradiciendo en capítulos alternos.


P.:
Hay mas historias.

E.deH.: El padre tenía como su función contar historias, y las mujeres van recordando sus relatos. Al final es un novela de historias sumadas. Hay una guerra medieval que dura cien años, aventuras marinas que han hecho que me relacionaran con Conrad, historias de amor. Tras todo eso, quiero suponer, está el gran reto de todo novelista: poner a sus personajes ante el desafío de elegir, para hablar de la condición humana.


P.:
¿Por qué la llamó «Mentira»?

E.deH.: Ese título se me impuso. El gran poder de las historias que se cuentan es que son mentira, una invención que forja una identidad a los personajes. Mentiras como imaginación, no como deshonestidad, como engaño interesado. Desde el titulo busco compartir con el lector un territorio de fantasía, legendario. Me sorprendió, al buscar en propiedad intelectual, que no hubiera una novelacon ese nombre, todas podrían llamarse así porque buscan construir una mentira que revele alguna verdad. La ciencia, que lleva décadas obsesionada en determinar que diferencia al ser humano, señala que somos el único animal sobre la tierra que usa sus capacidades mentales, afectivas, para contar historias, y no puede vivir sin hacerlo
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P.:
Su novela fue avalada por una premio literario que ha crecido en prestigio, el de los Libreros de Cataluña.

E.deH.: Es un premio al que un escritor no se presenta, en el que las editoriales no intervienen para nada. En sus ediciones anteriores lo ganaron Coetzee, Sandor Marai, Charles Baxter y Javier Cercas. Coetzee lo recibió mucho antes que el Nobel, Marai cuando era sólo un húngaro, muerto ya, y no el espléndido narrador reconocido mundialmente, Cercas antes de haber sido traducido en todo el mundo. Cuando me supe finalista flotaba en el aire, en la lista estaban Philip Roth y Vilas-Mata, con los que perdería a lo lujo. Me tocó una lotería.


P.:
¿Le pidieron llevar «Mentira» al cine?

E.deH.:Si, pero es imposible, tendría una producción muy costosa. Si llegara a suceder: cobraría los derechos e iría a verla al cine el día que se estrene, no intervendría para nada. Sólo se puede hacer una buena película si quien la dirige le pierde el respeto al libro y se atreve a hacer una versión lo más libre posible. El autor no debe intervenir ni en el guión, que lo haga un profesional que decida que no pone de mi obra sin haberme conocido ni tenerme la menor simpatía. Yo, en todo caso, espero escribiralgo directamente para el cine.


P.:
El cine, por su modo de narrar, está presente en su novela.

E.de H.: Hace una década, incluso grandes novelistas, estaban dando este género como periclitado. Ha aparecido una generación que creyó que seguía siendo una herramienta importante para conocer las cosas del mundo, y la uso con todos sus recursos. La novela resucitó robando otras formas de contar. Tomó del cine, del ensayo, de la biografía, de las guías de viajes. Y no fue robando sino recuperando, porque todos esos modos de contar provenían de las novelas. Recuperó lo que fue suyo desde siempre, porque la novela es el género más libre que exista, donde vale cualquier cosa. Probablemente, no vamos a inventar nada que no esté en «El Quijote».


P.:
¿Qué está escribiendo ahora?

E.deH.: Tomo apuntes para «Manual de la oscuridad», un historia que me tiene obsesionado, que cuenta de un mago que se queda ciego. Y no puedo decir más porque en el proceso de escribir voy sabiendo lo que va pasando en la novela.


P.:
¿Qué escritores admira?

E.deH.: El escritor que más me interesa es Philip Roth, también Don DeLillo y muchos de esa generación americana. Pero, lo que uno más admira de un escritor es lo que no se puede copiar, su manera de mirar el mundo, la voz personal que ha logrado, su modo de contar y, a la vez, su cierta modestia. Eso se nota en Coetzee, alguien incapaz de escribir algo menor, así sea la nota para la lavanderia. Para llegar a la humildad de Coetzee o Roth hay que tener la seguridad de tener una visión del mundo que es única y que pueden explicarla como quien abre una venta y dice: «vengan, miren conmigo lo que hay». Ellos han renunciado a la voluntad de deslumbrar al lector. Finalmente lo deslumbran, y más, porque el lector no ve la intención de deslumbrar. Buscar que esas influencias no se impongan, no es que no se busque conseguir la propia voz y tratar de que tenga el mismo poderío. A mis alumnos le digo: sean muy ambiciosos a la hora de escribir y nada ambiciosos a la hora de publicar.


Entrevista de Máximo Soto

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