1 de marzo 2001 - 00:00

"Me fascinan los crímenes pero más la idea del mal"

P.D. James.
P.D. James.
Madrid - (28/02/2001) En medio del estruendo visual y sonoro que suele provocar la presencia de gente especial, apareció una señora de aire ausente y mirada difuminada. Recibió los primeros disparos de los fotógrafos con pulcra educación británica; los siguientes, con discretos síntomas de impaciencia; cuando sonaban los últimos, dio la sensación de que aquella dama londinense con pinta de venir de merendar té y scoons en Fortnum & Mason podía -en un cruel arrebato-lanzarse a la yugular de la incómoda prensa.

Recordaba un poco a aquellas dos fascinantes abuelitas paridas por Frank Capra en la película «Arsénico y encaje antiguo»: tan banales, tan encantadoras, tan inquietantes... porque, como ellas, P.D. James tiene no uno, sino muchos cadáveres enterrados en el jardín de atrás.

Hay que decir que a la baronesa Phyllis Dorothy James de Holland Park (su sangre es roja, pero la reina Isabel II decidió utilizar su gracia y convertirla en azul) no sólo le fascina contar historias de criminales y demostrar que el crimen puede ser -como dijo De Quincey-una de las bellas artes, sino que le fascinan los criminales en sí mismos, y la idea de la muerte, y la del mal, y... en fin, todos esos «tigres dormidos» del subconsciente que ella misma reconoce: «Es mejor no despertarlos».


Razones de una biografía

Y no los ha despertado en «La hora de la verdad» (autobiografía recién publicada en España por Ediciones B, y que llegará en un mes a la Argentina), un libro con el que la escritora nacida hace 80 años en Oxford ha decidido contarse a sí misma por dos razones esenciales: «Porque quería evitar las inexactitudes que muchas veces se escriben sobre mí, y porque no paraba de recibir cartas de gente que pretendía escribir mi biografía; pero a mí, los biógrafos me dan igual, porque para cuando ellos publiquen algo sobre mí, hará mucho tiempo que me habrán incinerado (risas); y segundo, porque mis hijas me preguntaban a menudo si me acordaba de aquellas vacaciones, o de aquel fin de semana, o... y me di cuenta de que había olvidado muchas cosas».

La autora bestseller de truculencias literarias como «Sabor a muerte», «Sangre inocente», «Muerte de un forense» o «Una cierta justicia» no pasó esta vez por España para promocionar tal o cual historia de ahorcados, envenenados o apuñalados, sino para rendir cuenta de lo rápido que pasa una vida y de lo transitorio de nuestras nimias existencias.

También para intentar explicar el sentido exacto de una cuestión tan inextricable como es el destino: «Es muy difícil saber si la vida nos lleva por donde quiere o si somos nosotros los que conducimos nuestras vidas, y es muy complicado conocer qué grado de control tenemos sobre nuestros destinos», comentó desde sus ojos de gata octogenaria (y qué increíbles 80 años de lucidez, humor y velocidad de respuesta). Y añadió: «La cuestión es si hay que dejarse llevar por el río de la vida o nadar contracorriente. Yo, personalmente, creo que la vida es una mezcla de estas dos tendencias opuestas, aunque he controlado bastante la mía».


Terreno amargo

Como admitió, «La hora de la verdad» es una autobiografía totalmente incompleta, entre otras cosas, porque decidió no entrar en ciertas parcelas de terreno pantanoso o simplemente amargo pues, como es sabido, «la memoria es una estratagema para olvidar tanto como para recordar».

«Por ejemplo -contó
P.D. Jame s-, rechacé la posibilidad de hacer daño a personas que estén vivas, y no me extendí sobre los problemas de salud de mi marido, porque eso podría haber hecho mucho daño a mis hijas»; su esposo, Connor, era esquizofrénico, y su madre también tuvo problemas de salud mental.

La intención de
P.D. James fue, partiendo de la técnica del diario personal, relatar mediante flashbacks y retazos de recuerdos la historia de toda una vida, aunque resumida en un año, el que va del 3 de agosto de 1997 al 2 de agosto de 1998. La anécdota de partida sirve de percha para el posterior relato biográfico: por ejemplo, la autora arranca un 14 de setiembre contando un banal trayecto en taxi hasta Liverpool Street en compañía de su amiga la escritora Ann Pilling, y lo cierra con los efluvios de la infancia, «y aquella sensación de ser dos personas: la que experimentaba el trauma, el dolor y la felicidad, y la otra, que se mantenía al margen y lo observaba todo con distancia e ironía».

Declarar su optimismo a tumba abierta ante la vida -y su fe en la capacidad de cada uno para alcanzar la felicidad al margen de factores externos-no le impide hacer un inventario en tinieblas del siglo que se va: «Hemos vivido un siglo de contrastes, porque por un lado la ciencia ha avanzado y ha permitido vivir mejor, pero por otro lado ha habido dos guerras, y el Holocausto, y los ricos son cada vez más ricos, y los pobres, cada vez más pobres; además, ésta es una época en la que corremos el riesgo de destruir nuestro planeta».

Y cuando afronta el primer tramo de un nuevo siglo, y el último tramo de su vida, llega el momento de las constataciones, las preguntas y las respuestas.

Constataciones: «A los 80 años, se trata de aceptar las indignidades de la vejez con valentía; siento que se me acorta la memoria, me duelen las rodillas y los codos, me noto más lenta y con menos energías, cada vez van quedando menos amigos».

Periodista: ¿De dónde viene esa fascinación por el crimen, por los criminales y sus mecanismos psicológicos, por el convencimiento de que el mal puede surgir en cada momento, lugar y persona?


P. D. James:
Más que fascinada por el crimen, lo estoy por las estructuras y las convenciones de las historias de criminales y detectives, por la posibilidad de examinar al ser humano que se encuentra bajo el estrés de una investigación policial. Esa es la teoría. En la práctica, P.D. James sabe que hay otras razones. Tigres dormidos que es mejor no despertar.


Terapia contra el miedo

Con «Death in the holy orders», la nueva novela que llegará a las librerías británicas en los primeros días de marzo (y que transcurre en una Facultad de Teología), P. D. James prosigue la terapia que practica desde hace 45 años, porque escribir relatos no es para ella otra cosa que una terapia literaria: «Siempre supe, desde jovencita, que necesitaba ser escritora, al margen de cuestiones de dinero y de fama. Tengo claro que, a nivel psicológico, habría sido mucho menos feliz si no hubiera sido novelista».

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