12 de mayo 2004 - 00:00

"Mejoraría la literatura si se publicara anónimamente"

Hay quienes sostienen que José Saramago, gracias al lobby de sus editores, consiguió el Premio Nobel que le correspondía a su compatriota Antonio Lobo Antunes, que no ha dejado de estar nominado al premio de la Academia Sueca desde hace una década. Antonio Lobo Antunes (Lisboa, 1942) es médico y psiquiatra, pero decidió consagrar su vida a la literatura. Es autor de «La muerte de Gardel», «Tratado de las pasiones del alma», «El orden natural de las cosas», entre otras novelas corales, donde une a un constante virtuosismo un estilo innovador. Lobo Antunes, cuyas obras están traducidas a 40 lenguas y se le otorgan premios constantemente, visitó por primera vez Buenos Aires para presentar su novela «Buenas tardes a las cosas de aquí abajo». Dialogamos con él.

Periodista
: ¿Por qué hay tantas referencias a la Argentina en su obra: Gardel, el tango, un grupo guerrillero que se llama Movimiento Popular 17 de Octubre...

Antonio Lobo Antunes: Eso es una casualidad...


P.:
... y un personaje que se llama Borges...

A.L.A.: Borges es un apellido portugués muy común. Argentina es un lugar mítico para nosotros, por el fútbol, la música y, también, por sus escritores, muy leídos en mi país. No sólo Borges, también Cortázar.Y Bioy, muy estimado en los años '50-'60. Y las hermanas Ocampo que eran muy conocidas. Está, dentro de esa configuración mítica, la inmigración a la Argentina. Mi abuelo, que era brasileño (su padre participó en la Guerra del Paraguay) hablaba mucho de este país. Decía que las argentinas eran guapísimas.Además, se decía que aquí era donde los nazis se habían refugiado, que Hitler estaba vivo en la Patagonia.


P.:
Entre los escritores argentinos, ¿elige a Cortázar?

A.L.A.: En la adolescencia. Cuando leí «Rayuela», hace muchos años, me encantó. Mejor no releerla. Pero sus cuentos me siguen gustando, y han sido muy importantes para mí. Pero, el escritor que más me gusta es Macedonio Fernández, quizá por su ironía. Tiene una sabiduría formal mayor de la que se piensa. Sabia mucho de literatura, más de lo que aparenta en sus escritos.


P.:
¿Y Borges?

A.L.A.: Tengo una relación ambigua con él. Algunas de sus actitudes para con la literatura me agradan, con restricciones. No me gustan ingleses que a él sí, por ejemplo: Chesterton. Me gusta Stevenson, pero no lo veo como la cumbre de la escritura.


P.:
¿Cómo construye esos estilos, distintos en cada obra, donde, por ejemplo, en una frase hace una panorámica cinematográfica que muestra al personaje y todo lo que lo rodea?

A.L.A.: La gran panorámica inicial de «La muerte de Virgilio», de Herman Broch, no parece que fue escrita sino filmada por Cecil B. De Mille. El estilo es una cuestión de trabajo. Lo que se quiere es cambiar el arte de la novela, poner la vida dentro del libro. Es muy difícil escribir porque se trabaja con un material anterior a las palabras, las emociones que son, por definición, intraducibles en palabras. Cuando Pushkin usa la palabra carne, el lector siente el sabor de la carne en la boca. La palabra carne es siempre la misma, la sensación tiene que ver con las palabras que hay antes y después. Eso es técnica, y es trabajo. Uno busca cambiar el arte de la novela, pero hay miles de manera de hacerlo. Chejov cambió el arte del teatro, pero Ibsen también. Y O'Neill, y Tennessee Williams.


P.
: ¿Busca capturar emociones en sus libros?

A.L.A.: Nosotros somos latinos y nos gustan los escritores que se hacen harakiri, que ponen a la vista las tripas y la sangre. La literatura muy cerebral-no nos va. Cuando se lee a Borges se siente que es un hombre inteligente, y son los libros lo que tienen que ser inteligentes, no el escritor. Si los libros fueran publicados anónimamente quizá serían mejores porque, si está su nombre, el autor buscará mostrar al lector cómo es capaz de una bella metáfora, de una bella frase, y eso es perjudicial para la eficacia del relato. Tabucchi dijo que con el paso del tiempo hay dos problemas para el escritor: la hipertrofia del yo y la hipertrofia de la próstata, la del yo es mucho más mortífera. Hay que ser implacablemente eficaz cuando se escribe, y para eso hay que torcerle el pescuezo a las tentaciones, sacrificar lo que es bello pero no sirve.


P.:
¿Su escritura busca lo poético?

A.L.A.: Empecé escribiendo poesía, en la adolescencia, pero no tenía talento. Hubiera preferido escribir poesía porque la novela es sólo una cuestión de trabajo. En la poesía se tiene la fantasía de la iluminación, de que los dioses nos habitan; en la prosa no, es método, correcciones, reescrituras, calibrar la obra de modo que el lector pueda reposar en ella. En la poesía se puede estar todo el tiempo en el orgasmo, pero no se puede tener un orgasmo de 400 páginas.


P.
: ¿Cómo escribe sus libros?

A.L.A.: En mis primeros libros hacia planes muy definidos. Ahora no, comienzo con muy poca cosa porque comprendí que el libro es un organismo independiente del autor, con vida propia. Hay que vaciarse de todo y sólo estar en él.


P.:
¿Podemos hablar de Saramago?

A.L.A.: ¿Por qué Saramago? ¿Por qué no Shakespeare o cualquier otro? ¿Tiene que ver la literatura con los premios? ¿En que mejoran la obra de un escritor? Si fuera jurado me sería difícil elegir un escritor. Hay muy pocos muy buenos. Estamos muy lejos del siglo XIX donde 30 genios escribían al mismo tiempo. A comienzos del siglo XX hubo menos pero, así y todo, estuvieron Proust, Celine, Faulkner, Thomas Mann...


Entrevista de Máximo Soto

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