E n el Lowe Art Museum (Coral Gables), perteneciente a la Universidad de Miami, se exhibe hasta el 6 de abril «¿Paraíso Perdido?. Aspectos del Paisaje en el Arte Latinoamericano». El atractivo título alude a ese «Nuevo Mundo» asociado a lo exótico, lo fantástico, al descubrimiento de estas tierras por los artistas viajeros que llegaron en el siglo XIX motivados por la publicación de «Los Viajes» de Von Humboldt, verdaderos documentadores de costumbres como Rugendas (Alemania), Egerton (Inglaterra) o Debret (Francia), este último invitado a «europeizar» el arte brasileño.
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Más tarde se sumaron misiones científicas y artísticas que constituyeron la semilla para la creación de instituciones, escuelas y museos de Bellas Artes, de gran gravitación en el desarrollo cultural del continente. En este panorama que no pretende ser exhaustivo, están además aquellos artistas que trabajaron en la modalidad romántica o postromántica como Gerardo Murillo (México), más conocido como el Dr. Atl, con sus exuberantes vistas del Valle del Centro de México en estridentes colores y técnicas que guardó en secreto toda su vida.
Aunque no hay obra expuesta de Fernando Fader, Edward Sullivan, autor de uno de los ensayos del excelente catálogo bilingüe, lo considera como «la personificación del Impresionismo Argentino. Aquellos artistas que tuvieron la oportunidad de estudiar en Europa durante las décadas del 20 y del 30 volvieron a sus países y adoptaron el Cubismo, Futurismo o Expresionismo a sus circunstancias estéticas y sociales. El paisaje idílico, utópico, había quedado atrás».
De Diego Rivera se exhibe «Paisaje Zapatista» (1915), obra de neto corte picassiano, donde la figura de Emiliano Zapata aparece en medio de un paisaje fragmentado. La visión sintética y apasionada del paisaje montañoso de Mina Gerais se revela en «A Lua» (1928) de Tarsila do Amaral. En la Bienal de San Pablo de 1998 cuyo lema era la «Antropofagia», pudimos ver la obra del venezolano Armando Reverón, gran investigador de la forma, la luz y el color, una reducción monocroma que en esta exposición se traduce en «Dunas de Catia Lo Mar» (1925), perteneciente a la Colección Patricia Phelps de Cisneros.
Del argentino Xul Solar hay una acuarela sobre papel, «País duro en noche clara», de su serie de paisajes oníricos realizados entre los '30 y '40. Wifredo Lam (Cuba), figura insoslayable, amigo de Picasso y Breton, está presente con un estudio de 1942 realizado en témpera, papel y tela del famoso cuadro «La Jungla» que se encuentra en el MoMA de Nueva York. También se incluyen obras de otros artistas clave como Clemente Orozco, Rufino Tamayo, Roberto Matta, Gunther Gerzso. Muchos artistas nacidos después de 1920 se acercaron al paisaje desde la abstracción o desde un estilo en el que prevalece lo simbólico, lo imaginario o lo surrealista. Entre ellos, el colombiano Alejandro Obregón (1920-1992) cuyas obras aludían, según él, a «drama, catástrofe, registro de vida, un poco de todo». Los paisajes abstractos de Fernando de Szyslo (Perú, 1925) remiten a lo precolombino por sus formas y colores. Un artista que se destaca por sus majestuosas selvas pobladas de malezas es Armando Morales (Nicaragua, 1927). «Man Reading a Book» (2001) de Fernando Botero (Colombia, 1932), muestra a uno de sus rotundos personajes en primer plano con un paisaje de techos como telón de fondo. Aquí revela, una vez más, su adhesión a los maestros de la pintura del pasado.
El cubano-norteamericano Julio Larraz (1944) también demuestra su admiración por los clásicos con sus «vedutas» (ventana pictórica), pero por éstas penetran la luz y el mar caribeños. Hay artistas como Guillermo Trujillo (Panamá), José Bedia (Cuba), Rodolfo Abularach (Guatemala), Pancho Quilici (Venezuela), cuyos paisajes están cargados de significado político-social y la visión crítica e irónica en «República Bananera» de Moisés Barrios (Guatemala), imagen ¿invadida?, ¿vigilada? ¿salvada? por aviones militares. El argentino Sebastián Spreng, de fuerte presencia en el ambiente artístico de Miami, donde está radicado desde hace casi 20 años, condensa en un pequeño espacio la transfiguración de un paisaje que proviene de su interioridad intensificada por un cromatismo intenso pero contenido de rojos y ocres. «¿Paraíso Perdido?» alude a lo que queda de la imagen idílica que el hombre se encarga de destruir, al «nuevo paisaje urbano» con su caos y miseria, al que conservamos en nuestra memoria o al que imaginamos. Completa la exposición un conjunto de fotografías de destacados artistas que cubre la evolución del género desde 1900 hasta el presente.
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