Valeria Bertuccelli y Sergio Boris, parte del buen elenco de un film coral sobre lo que hace o deja de hacer un grupo de gente diversa mientras evalúa el giro que quiere o tiene que darle a su vida.
«Mientras tanto» ( Argentina, 2006, habl. en español). Dir. y guión: D. Lerman. Int.: V. Bertuccelli, M. Merlino, C. Quinteros, S. Boris, O. Núñez, M. Marini y otros.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Lo primero que hace pensar el segundo largometraje de Diego Lerman es que «Tan de repente», el primero, era más redondo y, sobre todo, más original. Hay razones, más allá del mérito del director de no querer repetir una fórmula exitosa. La estructura coral que le dio a «Mientras tanto» activa el prejuicio que lleva a pensar eso. A primera vista es algo así como una «Vidas cruzadas» criolla (para citar sólo el film más famoso de los últimos tiempos construido de esta manera), donde se entrecruzan historias de vida que al final se van a «resolver» para mal o para bien.
Esta historia cruza a unos cuantos desesperados: una pareja que decide una separación, otra que decide tener un hijo, una chica de provincia que se muda a Buenos Aires y se emplea por horas mientras decide qué otra cosa hacer, etc.. Pero, nadie «resuelve» nada, o sí, según quién mire. Como sea, acá lo central es el Mientras Tanto del título, que nombra exactamente lo que intenta transmitir la película, y en buena medida logra: qué pasa mientras se piensa el próximo paso -o mientras uno sabe que tendría que pensarlo pero no es tan fácil-, ya sea en situaciones «límite» como las de los personajes principales o en las aparentes nimiedades.
Aclaremos que no es que en esta película no pase nada. Al contrario. Lerman muestra que es infinito lo que hay que hacer en los mientras tanto, desde ocuparse de unas extrañas ronchas que le salieron a una criatura hasta reponerse de que a uno le destrocen la ya ruinosa pyme y lo llamen «cerdo capitalista».
Muestra también la soledad absoluta del que sufre o espera o ama o quiere que lo amen a lo mejor de otra manera, y así sucesivamente, y también cómo contribuye el otro (cualquier otro), a la magnitud de ese abismo. Cada cual en su estilo, digamos. En estado de perplejidad (María Merlino) o de parálisis (Sergio Boris), con violencia desatada (Claudio Quinteros) o contenida ( Valeria Bertuccelli). Y así cada personaje, a cargo de un actor como es debido hasta el último secundario. Casi todos del llamado teatro off, una cruza necesaria, dicho sea de paso, ya que son gente que habla el mismo lenguaje.
Y mientras tanto, Lerman pinta un mundo verosímil (y argentino) donde, sin embargo, alguien podría estar soñando el sueño ajeno y el azar obra milagros con mayor o menor naturalidad. En cuanto a la naturalidad del entramado, justamente, el guión no es tan riguroso como el de su notable ópera prima. Entre lo menos sutil está la escena que empieza en un colectivo y termina en la casa de un ciego, porque su intención alegórica -por no decir, el «subtexto»- es demasiado cantada.
Imperfecto y todo, el film está lleno de elogiables detalles de autor. En primer lugar, Lerman narra con todo: su película es tan decididamente coral que el objeto más mínimo cobra protagonismo, igual que el humor feroz que tenía ya «Tan de repente» y que acá por momentos se pone bastante más amargo, aunque nunca derrotista. Y la buena literatura argentina discurriendo debajo de lo que se ve y se dice. Antes fue un cuento de César Aira. Ahora, un poema de Roberto Juarroz que dan ganas de transcribir entero, amén de que es imposible resumirlo, desde luego, pero que después de ver «Mientras tanto» se puede leer (incluso en internet). Empieza diciendo «Nos moriremos todos», pero lo que importa es cómo sigue. De eso se ocupa esta película.
Dejá tu comentario