29 de marzo 2006 - 00:00
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Miguel Vitagliano: «Uno de mis desafíos fue hacer que estos
gordos se vuelvan entrañables para el lector. Me interesaba
ofrecer una novela que presentara algo contra la corriente
».
Periodista: ¿Qué buscaba al describir el amor de gente obesa?
Miguel Vitagliano: En realidad, la historia parte de una pareja de peso normal, que está junta desde su época de estudiantes universitarios en la Facultad de Filosofía y Letras, y casada desde hace más de 20 años. El es egresado en Filosofía, ella en Historia del Arte. Algo ocurre en sus vidas, y 17 años atrás resuelven que van ocupar el mundo con su amor. Son profesores y, como están preocupados por llenar el mundo con su presencia, deciden realizar una «educación de los sentidos» para reivindicar la grandeza y, sin perder los hábitos típicos de una pareja, engordar cada vez más, y que no haya diferencias entre uno y otro, que sean parejos en su peso. Comienza la historia cuando pesa cada uno 130 kilos, lo que los hace obesos pero no mastodontes que no pueden moverse. Hay una especie de voluntad imperial en el amor gordo de ellos dos, se aman profundamente, como ellos dicen «hasta la furia».
P.: ¿Los discriminan por su su peso?
M.V.: Ella trabaja en una escuela internacional japonesa y siente cierta molesta por la miradas que hay hacia los gordos; los miran como deformados, y ellos están convencidos de que quieren llenar el mundo con lo mejor, por eso tratan de cuidar su salud. En este amor gordo y desenfrenado aparece una vecina, una chica muy jovencita, que está embarazada, que tiene como pareja a un muchacho que está siempre tras la computadora y que la muele a golpes. Preocupados por ella, la integran a su vida familiar, y terminan siendo un trío sexual.
P.: También dedica parte de su novela a la relación con los japoneses.
M.V.: Un chiste nacionalista habla de que hay cinco clases de países: desarrollados, subdesarrollados, en vía de desarrollo, Japón y la Argentina, y marca una distinción que vuelve únicos al Japón y la Argentina. Hay quienes se han puesto a comparar nuestras tradiciones, nuestras relaciones. A mí me permite observar la visión que se tiene de «los otros». Si en mi novela «Cielo suelto» me interesó trabajar con viejos que se escapan de un geriátrico para conformar una tripulación de jubilados, en ésta quise mostrar un amor desaforado entre gordos.
P.: Y para contarlo escribió una novela gorda.
M.V.: No podía ser flaca, tiene 420 páginas. Debía poseer muchos pliegues, como la gordura. Uno de mis desafios estéticos fue hacer que estos gordos se vuelvan entrañables para el lector, pese a todo lo que hacen. Me interesaba ofrecer una novela que presentara algo contra la corriente. Para mí, las novelas son un campo de exploración que no puede encontrarse en ninguna disciplina científica; son una crítica -un examen- de la vida, y aportan otra mirada sobre lo que nos rodea.
P.: ¿A qué género literario pertenece su novela?
M.V.: Es un poco degenerada, que es otro género de la literatura, el género de los sin género. Juego con los géneros: lo erótico, lo histórico y la ciencia ficción. Pero siendo una novela degenerada, estos géneros no encierran la novela. Dedicándome en mi labor profesional al estudio del género novela, y por mi pasión por la narrativa del siglo XIX, soy muy dado a investigar sobre los temas que trabajo. Por ejemplo, en esta novela, sobre el Japón desde principios de siglo pasado al presente, y sobre una secta poco conocida que mataba a los enemigos de su imperio y que sostuvo, hasta fines de 1948, que el Japón no había perdido la guerra sino que era todo un complot internacional para confundir las cosas.
M.V.: Como género se ha convertido en una simplificación de los otros discursos. Puede hablar sobre la actualidad en clave, simplificando lo que ocurre en torno de nosotros. No es lo que a mí me interesa. Para mí es una forma especial del arte que juega con lo que no es arte para que pueda serlo. En ese trabajo artístico mira las cosas como ningún otro discurso las puede mirar. Por eso me gusta enfrentarme a una novela sin tener las preguntas y las respuestas, tratando de ir viendo las cosas a medida que las escribo. Escribo para preguntarme cosas. Es algo que hacen muchos de los escritores que me gustan.
P.: ¿Cuáles?
M.V.: Me gusta mucho la literatura clásica. Cuando pienso en parientes, pienso en Flaubert, en Balzac y, cada vez más, en Tolstoi, en el siglo XIX. Del XX me gusta mucho Georges Perec, Italo Calvino, además de un monumento como Kafka. Y entre los actuales Claudio Magris y Paul Auster, que tiene cuestiones muy interesantes.
P.: ¿Qué le interesa de Auster?
M.V.: Uno lo va leyendo y se dice: no puede caer en esto, porque es tan obvio que después no va a poder salir. Y sale. Creo que Auster no ha liberado a los escritores de las casualidades, las hace por nosotros, y por tanto no tenemos que vernos forzados a las casualidades. En ese sentido, entre nosotros, Cesar Aira tieneun sentido sacrificial de la literatura en ese desprenderse de todas las historias. Aira tiene un lugar en nuestra literatura semejante al de Charly García en el rock; en un punto, ambos hacen colapsar lo que se está produciendo. En el caso de Aira es como si usara el delirio por todos. Como sus novelas comienzan de un modo y se dirigen hacia el delirio, eso nos libera a todos los demás de poder contar una historia sin hacer lo mismo. Uno y otro, desde distintas literaturas, se sacrifican por nosotros.
P.: ¿Qué pasó con su novela «Cielo suelto» que iba a ser llevada al cine?
M.V.: Tuve una propuesta antes de la hecatombe, pero después no se habló más. No me gustaría trabajar en el guión, no hay nada más diferente que la escritura de una novela y su libro cinematográfico. La apariencia de su parecido marca que no puede haber nada más diferente. Creo que es una historia filmable y podría ser seductora.
Entrevista de Máximo Soto


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