23 de enero 2001 - 00:00

Mildred Burton, en el Museo de Bellas Artes

Obra de Mildred Burton.
Obra de Mildred Burton.
La originalidad de Mildred Burton consiste en tejer las combinaciones más insólitas y a la vez poéticas, pero a partir de un examen crítico y no de un mero juego de azar.

Admiradora de Max Ernst y de René Magritte, elude, como ambos, el «automatismo psíquico» favorecido por la escuela surrealista de París, para impugnar lo establecido desde (y con) lo imaginario.

En su lucha contra esquemas y hábitos aceptados, Burton (que pertenece al dominio de lo que hemos denominado Cultura de lo Surreal para evitar las limitaciones de la citada escuela surrealista) despliega un oficio minucioso y un corrosivo humor negro, entendido éste no en su vulgarizada acepción de inclemencia fácil o de chiste tétrico sino en su carácter verdadero de «enemigo mortal por excelencia del sentimentalismo desbordado y de la fantasía de corto plazo», según la tesis de André Breton, su máximo estudioso, teórico y difusor.

Así, en sus obras, Burton traza un inventario de su asalto a (y sobresalto por) la falsa moralidad, la represión del deseo, los pudores mentidos, la sujeción social, el encantamiento de la niñez, el individualismo egoísta y los proyectos fáusticos de una modernización avasalladora.

Nacida en Paraná (Entre Ríos), en 1942, Burton realizó su primera exposición en 1972. Siete años más tarde, en 1979, el Museo Nacional de Bellas Artes presentó su obra y la de Jorge Alvaro, Diana Dowek, Alberto Heredia, Norberto Gómez y Elsa Soibelman, dentro de la corriente que definimos como «La Postfiguración», que sucedía al Conceptualismo de los '70.

El estilo de
Burton oscila entre un realismo fotográfico de certera minucia y una imaginería artificial, típica de las antiguas muñecas de porcelana, de las tarjetas postales de comienzos de siglo y de los afiches y carteles publicitarios de esa misma época.

Una serie paradigmática,
Motocicletas y autos, fue constituida por sus pinturas de automóviles y motocicletas, que la artista representaba con caracteres antropomórficos (intestinos, bocas, lenguas, dientes, brazos). Por cierto, Burton satirizaba así a la uniformidad social tanto como al auge creciente del uso de estos vehículos, que parecía llegar a la simbiosis entre hombre y máquina. Pero, a la vez, aludía a motos y autos en su capacidad de símbolos sociológicos de clase social.

La obra de
Burton, -que inaugurará su muestra el 6 de febrero, en el Museo Nacional de Bellas Artes-, se distingue por su oficio indiscutible, el desdén por toda lógica y el humor. En la mayoría de sus trabajos se manifiesta una constante oposición entre su imaginación y el sentido común.

Esa oposición es fundamental en
Proyectos y Proyectoides, dos series complementarias. En los primeros, su imaginación la lleva a la elaboración del Puente elevador para turistas de Mont Juic, que se eleva desde el mar catalán hasta las colinas del Mont Juic, donde el gran arquitecto Josep Lluis Sert, diseñara la sede de la Fundación Miró; Arata Isozaki, un estadio cubierto rodeado por las esculturas de su mujer, Aiko; y una escuela diseñada por Ricardo Bofill.

El puente se mantiene con resinas humanas, animales y vegetales. Posee cámaras compactadoras, piletas, lugares de esparcimiento y usinas que transforman los restos orgánicos de los «turistas gordos» en alimentos para los peces del mar.

Su Ciudácula Futboloide es una ciudad imaginaria a levantarse en la Isla Martín García para el desarrollo de eventos especiales: posee 300 habitantes estables (la hinchada) y 30 jugadores en línea. Se alquilan disfraces, fieras y armas. La gente es educada para corear cantos de apoyo. Existe una Central Mafia y una Central Doping, además de viviendas especiales para cada profesión.

Una vez por mes se ejecuta allí, en una gran fiesta, a un árbitro de fútbol, un director técnico o un presidente de club. Hay bandas de música y se lleva al público con barcos y helicópteros.

Burton
desarrolla su imaginería fantástica por medio de una gráfica precisa, en imágenes tales como una piscina polícroma, en el medio del mar, rodeada de peces, objetos, altoparlantes y una portezuela que da al mar. La compleja trama que tejen aparatos electrónicos, señales viales y robots, junto a gigantescas zanahorias, ojos, orejas, cactus, reptiles, constituyen el denominador común de sus trabajos, que desarrollan una zoología particular integrada irónicamente a las construcciones y a un antropomorfismo lúdico.

A pesar de la aparente diversidad de elementos y colores,
Burton logra la esencia íntima de una figuración singular. No presenta edificios, propuestas u objetos aislados, sino proyectos para la arquitectura de una ciudad. Se trata de una conjunción inesperada de elementos disímiles, estructuras, que no por heteróclitas son menos armónicas: un mundo fantasmal en el que los elementos se contextualizan.

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