Misterios del Colón ahora salen a la luz

Espectáculos

R ecuperar del olvido anécdotas del Teatro Colón fue la idea que estimuló a la investigadora Margarita Pollini a escribir «Palco, cazuela y paraíso» (Sudamericana). Dialogamos con ella.

Periodista: ¿Cómo llegó a la instancia de publicar un anécdotario del Colón?

Margarita Pollini:
Hubo varios punto de partida que confluyeron en el libro. Uno fue escuchar historias ocurridas en el Teatro Colón que cuenta la soprano Mabel Veleris, y no sólo de las de obras de Puccini, Verdi o Boito que protagonizó, sino muchas que le fueron contando. Veleris fue la primera cantante del Colón con la que tuve contacto. Cuenta, por ejemplo, la vez que un tenor amigo de ella salió a hacer «Aida» vestido a las apuradas y se le veía la camiseta blanca cuando se ponía de espaldas. Pensé que si una cantante tiene esas historias, sumando las que atesora la gente que pasó por el Colón, tiene que resultar divertido, interesante, y algo que no está en los libros, porque hasta ahora, fuera de la tradición oral, que se pierde irremediablemente, no hay un anecdotario.

P.: ¿Influyó el que, mas allá de su 26 años, usted estuviera relacionada con ese sector artístico?


M.P.:
Si. Participé en una producción de ópera en el Teatro Margarita Xirgu. Conozco a críticos y musicólogos. Hice cursos con Juan Carlos Montero. Además, hice críticas y comentarios en algunos medios y una pasantía en Radio Clásica.

P.: Hay anécdotas que se han vuelto mitológicas, y si bien se le adjudican al Colón, en otras versiones el teatro es otro.


M.P.:
Eso ocurre mucho. Está la famosa historia de la Tosca gorda que rebota en la colchoneta en el acto final, cuando simula arrojarse al vacío. A mí me la contaron como que ocurrió en el Colón y también como que sucedió en otro teatro. Creo que hay historias tan divertidas, insólitas o sorprendentes que parecen necesitar mudar de ámbito para seguir siendo contadas.

P.: ¿Cómo se interesó la editorial en su obra?

M.P.: Empecé a trabajar allí como lectora y gustó el estilo en que redactaba los informes. Me plantearon si tenía pensado algún libro que les pudiera interesar. Y yo no dejaba de pensar que en algún momento tenía que hacer ese anecdotario del Colón. Les conté mi proyecto y se entusiasmaron, en 3 meses se decidieron a publicarlo. La realización me llevó 4 meses a todo vapor.

P.: ¿Tuvo obstáculos buscando anécdotas?

M.P.: Hubo gente del Colón, del presente y del pasado, a la que no le cayó muy bien la idea de un anecdotario. Se mostraron muy incómodos aunque dije que yo no tenía intención de sacar trapitos al sol sino, con modestia, sumar al Colón un libro que no tenía.

P.: Sí, su libro es amable, y se ocupa de la parte más graciosa, o histórica, de la memoria del Teatro. Me imagino que aquellas personas pudieron haber creído que usted tocaría temas como, por ejemplo, cuál fue el destino de gran parte del archivo sonoro del teatro, que ya no está, pero que vemos aparecer cada tanto en grabaciones piratas europeas...


M.P.:
Puede ser. Pero no era esa la intención del libro.

P.: ¿Cuál de las historias que cuenta le gustó más?


M.P.:
Más que una historia es el capítulo «Tres policiales». Allí cuento el asesinato del arquitecto que construyó el Congreso y la mayor parte del Colón, Vittorio Meano, asesinado por el amante de su mujer el 1° de junio de 1904. Había leído ese hecho en biografías de Meano como una nota accesoria. Fui a los archivos, investigué la época, y me enteré, según me dijeron en Tribunales, que el expediente lo han quemado. El segundo caso, es la bomba arrojada por anarquistas en una función en 1910 cuando se ofrecía «Manon». Y el tercero, el atentado homicida preparado contra Perón y Evita, con un gran arsenal para que estallara en el Colón el 12 de octubre de 1948, organizado por un grupo encabezado por Cipriano Reyes.

P.: También incluyó anécdotas casi de misterio...


M.P.:
A este último género acaso pertenece la historia del bailarín que volvió de la muerte, que me contó el maestro Antonio Truyol. Adolfo Stahl era un bailarín polaco solista. Cuando vino a la Argentina, padeció un ataque de sífilis que le afectó el cerebro y lo dejó inhabilitado para bailar. Se volvió un mendigo que deambulaba por el Colón, donde pedía ayuda a los artistas o reclamaba si había alguna carta para él. Dormía en la calle. Un día, en 1947, cuando se ensayaba «El hijo pródigo» de Prokofiev, alguien llegó con la noticia de que un tranvía había atropellado a Stahl. La ceremonia fúnebre se hizo en la Iglesia Ortodoxa y reunió a periodistas y muchísima gente. Tiempo después, en un descanso del ensayo de «El ocaso de los dioses», los figurantes vieron a un mendigo que le preguntó al portero del Colón, que estuvo a punto de desmayarse, «¿no hay una carta para mí?». Era Stahl que no comprendía porque su visita provocaba tal conmoción. Durante un par de semanas fue el niño mimado del Teatro, y de un día para otro volvió a desaparecer, pero esta vez para siempre. Nunca se supo si la segunda vez lo había pisado realmente un tranvía, si había hecho dinero como para volver a su patria o, como dijo alguien, el segundo que apareció era un fantasma. Yo sólo agrego al final de esa historia: «sólo queda preguntarnos quién yace bajo la lápida que lleva el nombre de Adolfo Stahl».

P.: Su libro lleva a ser leído a los saltos, buscando temas o historias...


M.P.:
Por eso utilicé distintos estilos: periodístico, documental, narrativo, irónico, etc. Todos lo que fui viendo como necesarios para un libro de estas características.

P.: ¿Tiene pensada una segunda parte?

M.P.:
Hay muchísimo material, más ahora que al leer «Palco, cazuela y paraíso» mucha gente me empieza a contar más historias. Hay un yacimiento de anécdotas y me gustaría seguir anotándolas. Gente como Renato Sassola o Ricardo Catena son archivos vivientes. También está esa gente a la que llamé y puso reparos de ser entrevistada, y ahora espero que, viendo este libro, haya dejado atrás sus reservas.

P.: ¿Presentará su libro en el Teatro Colón?

M.P.:
Primero dijeron que podía hacerlo en el Salón Dorado, luego que no porque es un emprendimiento comercial y por tanto hay que pagar. Bueno, estoy acostumbrada, tuve otros problemas burocráticos cuando estaba escribiendo y necesitaba ver ciertos lugares del teatro. Espero que ahora que conoce el libro la dirección del Teatro me dé un lugar.

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