24 de diciembre 2019 - 00:00

Muestra sobre Norah Borges subraya su vanguardismo

La artista pintó y expuso hasta casi su muerte, en 1998, pero la crítica prefiere su primera etapa.

Montevideo. La perspectiva elevada del horizonte coincide con la estrategia de la pintura metafísica y configura una arquitectura de ensueño.

Montevideo. La perspectiva elevada del horizonte coincide con la estrategia de la pintura metafísica y configura una arquitectura de ensueño.

La muestra que inauguró el Museo Nacional de Bellas Artes posiciona a Norah Borges (1901-1988) como una estrella de la vanguardia. Norah era una desconocida para el gran público y su nombre resonaba más en España que en la Argentina hasta 1996, cuando el flamante Centro Cultural Borges exhibió “Casi un siglo de pintura” con más de 150 obras. En 2002 el Museo Nacional de Bellas Artes expuso sus obras en “Borges y el Arte”, junto a las de Figari, Xul Solar y Pettoruti, sumadas a una colección de fotografías de su hermano y primeras ediciones; en 2006 se realizaron dos muestras individuales, en el Fondo Nacional de la Artes y en el MNBA de Neuquén, y en 2016 el Centro Cultural Kirchner la presentó en “Pinturas y Palabras”, nuevamente con Figari, Xul Solar y Pettoruti y una nutrida documentación. Hoy, Norah brilla con luz propia.

La nueva muestra “Norah Borges, una mujer en la vanguardia”, curada por el diplomático Sergio Baur, le otorga el mayor protagonismo a la obra gráfica. La familia Borges abandona Ginebra luego de la Primera Guerra Mundial y en Lugano, Norah aprende la técnica del grabado y conoce el expresionismo. Lapidarias, sus imágenes ostentan el mismo espíritu de los versos de su hermano que, en esos años traduce poemas de los expresionistas alemanes. En Sevilla y en Madrid, los hermanos comparten la urgencia de los vanguardistas españoles. Norah no había cumplido veinte años cuando deslumbra a los ultraístas con el dinamismo de sus imágenes y su belleza.

En 1921 los Borges regresan a Buenos Aires y con ellos llega la vanguardia. En la revista mural “Prisma”, el rotundo grabado de Norah muestra la ciudad con una definida impronta cubista. En la entrevista grabada en 1996 por Fernanda Rotondaro para Canal á, la propia artista relata que ella miraba por la ventana cuando Borges y sus amigos salían a pegar la revista en los muros. No obstante, la velocidad y el vértigo se detienen en Buenos Aires. La arquitectura, motivo de interés de los hermanos en Europa, se renueva cuando Norah descubre el mágico sosiego de los suburbios porteños. Con este espíritu ilustra “Fervor de Buenos Aires”, el primer libro de poemas de Borges, quien años más tarde escribiría: “Guardé esa imagen, esa imagen deliberadamente simplificada y que mi hermana acentuó en la portada del libro, donde pinta una suerte de Buenos Aires platónico, todo con casas bajas, todas con azoteas, todas con zaguanes, todas con patios. Yo me aferré voluntariamente a esa primera imagen”. Los Borges buscan un lenguaje propio, rioplatense. Y desde entonces sueltan definitivamente las amarras de los ismos. El mundo de Norah se vuelve quieto y estable. Aparece la naturaleza metafísica, presente hasta el final de su trayectoria, cuando sus pinturas se pueblan de ángeles que oscilan entre el cielo y la tierra. En la encantadora calma de “Montevideo”, la perspectiva elevada del horizonte coincide con la estrategia de la pintura metafísica y configura una arquitectura de ensueño.

Paul Valéry decía que uno debe excusarse por hablar de pintura, pero agrega: “Todas las artes viven de palabras: quite a los cuadros la posibilidad de un discurso interior u otro, en seguida los más bellos lienzos del mundo pierden su significado y su finalidad”. La necesidad de formular “palabras” se vuelve imprescindible cuando los críticos, luego de calificar a Norah como pintora “ingenua”, aseguran que pierde su talento cuando abandona la vanguardia y se convierte en una mujer dócil, opacada por su marido y su hermano. Lo cierto es que la vanguardia, como un valor en sí misma, dejó de tener sentido para Norah y para Borges también. Ella conoció y estudió todos los ismos, se casó con el mentor del ultraísmo, el crítico Guillermo de Torre; expuso sus pinturas junto a las de Picasso y Miró, escribió reseñas críticas con seudónimo para no “opacar” a nadie y publicó sus preferencias estéticas en el periódico “Martín Fierro”, donde fue una figura frecuente. Vacunada contra el frenesí vanguardista logró un estilo personal.

Desde luego, el hecho de ser mujer dificultó su inserción en el mundillo del arte. Y, si bien su hermano y su marido acaparaban la atención donde quiera que estuvieran, de ningún modo se dedicaron a domesticar a Norah, ni la recluyeron en una prisión. Sí estuvo en prisión en 1948, un mes entero y en un lugar sórdido, por cantar el Himno Nacional en la calle Florida para protestar contra la reforma de la Constitución Argentina. Al año siguiente Oscar Ivanissevich denunciaba: “El arte abstracto, el arte morboso, el arte perverso, la infamia del arte”. Si se analiza cómo puede haber influido en la sensible Norah el contexto político, es posible conjeturar otras hipótesis. Miguel de Torre, su hijo, asegura que ella se refugió en las iglesias. En el convento Santo Domingo, incendiado luego del cruento bombardeo de 1955 a la Plaza de Mayo, pintó un fresco con la imagen de San Martín de Porres, como si quisiera restañar las heridas.

Entre los dibujos y pinturas, casi todos en manos privadas, aparecieron muchos poco conocidos y estupendos. Entretanto, el capítulo dedicado a los mapas es sencillamente maravilloso, y el de las ilustraciones, casi completo, es excepcional. Norah ha llevado a tal grado su afinidad e intimidad respecto de lo leído que acaba por subvertir y a la vez jerarquizar ese ejercicio de dependencia en que, usualmente, deviene el oficio del ilustrador. Lejos de carecer de “autonomía estética”, sus ilustraciones poseen luz propia y prestan su brillo a textos heterogéneos y significativos de grandes y pequeños autores.

En 1940 las biografías de Norah que surcan el océano de España a Buenos Aires ida y vuelta, finalizan, como si hubiera muerto. Aunque la crítica de aquí y de allá, con mayor y menor reputación, desconoce su obra posterior, la muestra del Bellas Artes la exhibe. Pero no avala su calidad. ¿Serán inapelables las palabras del curador cuando afirma que la obra a partir de los años 40 es “una recreación del pasado que se vuelve permanente”? Norah siguió pintando, experimentando nuevos estilos y exponiendo con serena tenacidad casi hasta su muerte, en 1998. “Nosotros hemos soñado el mundo”, dice Borges; Norah pintó ese sueño.

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