Murió el gran Ray Charles

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Ray Charles, fallecido ayer a los 73 años, es uno de los pocos nombres en la historia de la música que tienen merecido el calificativo de genio. «No hay mucho que explicar», recordó alguna vez el fundador de Atlantic Records, Ahmet Ertegun. «Sencillamente todos en el estudio estaban convencidos de que era un genio a todo nivel. Tenía un estilo único de componer, cantar, tocar el piano, mezclar géneros musicales y elegir su repertorio. Era único, y aunque este negocio esta lleno de gente muy talentosa, Ray Charles hay uno solo».

Muchos años más tarde de revolucionarlo todo grabando los primeros temas soul de la historia («I got a woman» de 1954 es el punto de partida del género) Charles explicó sintéticamente cómo se alcanza ese status: «Cuando haces algo audaz, recibes mucha crítica. Yo no podía dejar de volver a mis raíces del gospel, pero le cambiaba las letra hablando de cosas cotidianas, no religiosas. Esto ofendió terriblemente a las iglesias, e incluso a muchos músicos, pero, qué diablos, yo estaba empecinado en hacer eso, y en un momento el público empezó a aceptarlo. Como había recibido mucha crítica, me pasó lo que le pasa el director técnico de un partido que hace una estrategia que no le gusta a nadie, y que es muy resistida y criticada, pero con la que termina ganando el partido. Si perdía o empataba, hubiera sido un imbécil. Como ganó, le dicen genio».

Un buen autorretrato de alguien que además de ser un revolucionario de la música popular, fue cosas más sencillas: un profesional incansable siempre dispuesto a entretener al público del modo más directo, o un amante de la música country, género al que se dedicó especialmente durante las décadas menos revolucionarias de su brillante carrera.

Nacido en Albany, Georgia en 1930,
Ray Charles Robinson se quedó ciego a los 7 años y estudió música en una escuela para ciegos de Florida hasta que, a los 15, se quedó huérfano y no pudo mantenerse de otro modo que tocando en bares y clubes. Su repertorio básico eran versiones de standards de jazz y ryhtmn & blues al estilo de sus dos grandes influencias del momento, Harry Belafonte y Charles Brown, y con este acto empezó a grabar para un pequeño sello, Downbeat, que se rebautizó Swingtime en forma simultánea a la elección del músico de su nombre definitivo, Ray Charles sin el Robinson (no quería que nadie lo confunda con el famoso boxeador que en ese momento amagaba con cantar). En 1952, el contrato de Charles con Swingtime fue comprado por Atlantic Records por 2.500 dólares. Ahí empezó la verdadera historia de un gigante en cualquier rubro, que en la famosa sesión de noviembre de 1954 le dio su primer gran tema a un nuevo género llamado «soul».

Seguirían hits millonarios como
«Swaney River Rock», «That's Enough», «My Bonnie» y «What I Say» (el nombre que Charles eligió para su autobiografía). Hubo covers de todo el mundo, desde Elvis Presley hasta el mismo Belafonte homenajeando al gran artista que lo inspiró. Y discos de jazz tan perfectos como «Soul Meeting» (junto al vibrafonista Milt Jackson de The Modern Jazz Quartet) o el imperdible «Genius + soul = jazz» con arreglos de Qiuncy Jones. El contrato posterior con ABC no le impidió compartir un formidable disco en vivo de 1971 con Aretha Franklin. Luego, ya en su sello propio Tangerine Charles se limitó a hacer lo que quería, incluyendo volver a demostrar lo grande que era en su disco de 1992, «My World», donde se atrevió también con el hip hop. Ese mismo año, en su tercera visita a la Argentina, sufrió serios problemas de sonido en el Luna Park (sólo se escuchaba su voz y su piano, y no a su banda). El se lo tomó con filosofía; sus fans no. Afectado desde hace mucho por un problema de cadera, Charles siguió actuando hasta hace muy poco. Ayer, una enfermedad hepática privó al mundo de su talento.

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