Nunca fue un famoso, pero el cine le debe muchísimo. Productor independiente, coleccionista, editor, escritor, programador y sobre todo, restaurador fueron algunas de las actividades de Octavio Fabiano, que murió anteayer a los 56 años por un aneurisma cerebral. El público que hoy asiste al Malba podría pensar que es algo común y corriente ver una copia nueva de 35mm de un negativo restaurado. En realidad ese es el milagroso resultado de 20 años de trabajo incansable y solitario de Fabiano.
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Su trayectoria comprende, entre muchos otros espacios, la Cinemateca Argentina, la Sala Lugones, el cine Arte y la revista «Cine en la Cultura Latinoamericana» como editor. A fines de los años '80, apareció en un sótano de la calle Bartolomé Mitre proyectando una decena de clásicos inconseguibles. Asociado con Fernando Martín Peña desde 1993 en la Filmoteca Buenos Aires, su trabajo se intensificó y culminó en el milagro que se empezó a apreciar en el Malba desde mediados del año pasado. Fabiano no sólo dejó miles de copias restauradas, sino también un equipo de gente -incluyendo sus alumnos del ENERC, donde trabajó siempre ad honorem-que aprendió sus conocimientos de restauración, así como también la delicada tarea de proyectar films sin que se deterioren.
Más allá de la tristeza por la pérdida de este irremplazable Santa Claus del cine clásico, el consuelo es que se fue después de culminar ese trabajo utópico de décadas, que se aprecia en placeres tan grandes como ver una copia impecable de un Ford, un Hitchcock o un Kurosawa.
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