Con obra monumental de Aráoz reabre hoy el Museo Moderno

Espectáculos

La muestra "Sueño sólido" tenía fecha para marzo de este año, cuando debió ser suspendida por la pandemia de coronavirus. El artista, de gestos teatrales, la presentó de manera virtual el sábado.

Los museos porteños, entre ellos el Moderno, abren sus puertas a partir de hoy con cita previa y protocolo estricto. Como anticipo de una programación intensa, el museo de la avenida San Juan presentó el sábado, de manera virtual, “Sueño sólido”, una muestra de Nicanor Aráoz (1981) que, suspendida en marzo, esperaba desde entonces su encuentro con el público. Aráoz, vestido como un samurai, con pantalones amplios y faldones sobre un quimono de riguroso color negro, recorrió la muestra junto a la curadora Lucrecia Palacios. La exhibición es teatral. La influencia del comic y el surrealismo, presentes desde los inicios de la carrera del artista, acentúan sus rasgos con el tiempo. Hace unos años, cuando abordó el tema del cuerpo, el crimen y la sexualidad, Aráoz leía a Lautréamont, luego a Bataille y también a Freud; admiró el cine de Hitchcock y el de Cronenberg, las canciones de Blondie, la música tecno. Desde entonces, su referente artístico es Bruce Nauman, con quien comparte la elección del uso del neón y la representación del propio cuerpo.

Hay en la sala una instalación y tres esculturas de grandes dimensiones. Allí está una inmensa flor cuyos pétalos son 36 cuerpos de tamaño real, junto a dos formas enormes, gomosas y biomórficas que, si bien son abstractas, llevan a evocar la carne, por sus tonalidades rojas y azules. En abierto contraste con el universo orgánico de la flor y la carne, unas cadenas de neón unen las dos esculturas. La fragilidad de los finos eslabones blancos y luminosos ostenta cualidades opuestas a la solidez de una cadena tradicional. Los eslabones de neón se quiebran con extrema facilidad. ¿Una metáfora acerca de la vulnerabilidad de las conexiones y los vínculos que el hombre sueña firmes, con capacidad para encadenar un destino?

Desde el techo descienden varias cadenas enmarcando una pasarela sobre la cual se exhibe “un collage”, como define el propio artista al conjunto, una moto y las pertenencias del samurai, su casco y su espada. La figura del samurai está ausente. Quienes conocen la trayectoria de Aráoz advierten que en gran medida es autobiográfica. Pero el artista ha madurado desde que, hace poco menos de una década, presentaba el calco de sus manos con una cerveza, junto a sus propios dedos mutilados. Lo acompañaban los textos del artista Martín Legón y el músico Noé Valdéz, que describió la generación “posapocalíptica de internet” a la cual pertenecían, con una consideración fatal: “es tan contemporánea que no somos nada”. Hoy, la obra de Aráoz es menos narrativa, elude la interpretación fácil y los desbordes también. Y aunque los neones continúan vigentes, ya no representan ese gato callejero maullando en la soledad de la noche que tiene tatuado en su cuerpo y que lo acompañó durante años, desde que hacía taxidermia.

Las mutilaciones, la tortura y la muerte, tienen, como señala Palacios, referentes ineludibles del tiempo de la dictadura militar como Norberto Gómez, Alberto Heredia y Juan Carlos Distéfano. Pero Aráoz se distancia de lo macabro de esos maestros con su alucinada psicodelia, las imágenes de los videojuegos y la presencia de objetos inesperados como una rockola. Este pequeño museo de música tecno trae el recuerdo delirante de las raves. Y el paseo por la muestra culmina con la selección de los discos, un genuino objeto de deseo. El artista recuerda su adolescencia y cuenta que su madre le daba dinero para comprarse un CD por mes.

Lucrecia Palacios observa que Araóz describe su método de trabajo como de “atención flotante”. Y entonces agrega: “Este concepto freudiano da cuenta de qué forma los analistas escuchan a sus pacientes: sin establecer jerarquías sobre lo escuchado y ejerciendo la asociación libre. Así, logra el artista reelaborar las más diversas fuentes, desplazándolas, mixturándolas, haciéndolas irreconocibles”. De este modo lo innominado, lo oculto, el dolor y, el drama atravesado en ocasiones por la violencia, flotan literalmente en las obras, en un paisaje que lleva el sello de su identidad inconfundible. Finalmente, los viajes por los museos del mundo, las residencias de estudio y las becas, aplacaron y depuraron el estilo tan particular de un artista que, sin embargo, moviliza al espectador porque continúa hablando con sinceridad de su propia vida.

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