Musical que agrada, aunque tenga poco de "1001 noches"

Espectáculos

«Las Mil y una Noches». Libro, letra y dir.: P. Cibrián Campoy. Mús. orig. y dir. de orq.: A. Mahler. Int.: C. Lapacó, J. Rodó, G. Frere y elenco. Esc.: Caldentey. Vest.: F. Luca. Luna Park.

El nuevo musical de Pepe Cibrián Campoy y Angel Mahler tiene poco que ver con el clásico original. Quien espere encontrar en él la magia y la sensualidad algo salvaje de los cuentos de «Las mil y una noches» seguramente se sentirá defraudado, ya que la trama sólo rescata la anécdota de base, es decir: la llegada de Scherezade al harén y su posterior seducción del sultán gracias a sus exquisitas habilidades narrativas.

En esta versión, que apuesta decidida y limpiamente al melodrama, Scherezade no relata sus cuentos en escena. Es ante todo una princesa griega que, capturada como esclava, llega a la corte del sultán por obra de un servidor de la sultana madre. Ella es la encargada de proveer de amantes a su hijo, habitualmente muy ocupado en los menesteres de la guerra.

Mientras el hijo conquista territorios la madre ejerce el gobierno, en armoniosa complementariedad. Hasta que un día llega Elena, la esclava de deslumbrante belleza, que con sus historias cautiva al sultán y desata la furia de la sultana.

Este triángulo amoroso, de ribetes edípicos, se instala en la escena con la fuerza de un huracán, gracias a la fuerza dramática que Claudia Lapacó logra imprimirle a su papel. La actriz domina la desmesura de su personaje con destreza.

Es cierto que su sultana no es más que una madre absorbente y una suegra competitiva y ambiciosa, pero detrás de eso hay una mujer apasionada que ve en la llegada de Elena, rebautizada Scherezade por el sultán, la repetición de su propia historia. Cualquiera sea el argumento o el contexto histórico elegido por
Cibrián, sus espectáculos se ocupan de un solo tema: el amor. Un amor que estalla en estridencias de todo tipo y que a menudo va acompañado por melodías efectistas y romanticonas.

Esta vez el protagónico de
Juan Rodó no tiene la complejidad dramática que logró con su inspector Javert de «Los miserables». Solimán es un personaje mucho más débil y esquemático.

Es por eso que
Rodó saca su mejor veta de héroe romántico cuando canta temas como «Daría mi reino» y «Un día imaginé». Su aterciopelada voz transmite emoción y sensualidad. Georgina Frere es una buena cantante que defiende su papel de Elena-Scherezade con corrección. Claudia Lapacó se muestra como una cantante de temperamento, pero en la primera función con público desentonó en un par de ocasiones.

Cibrián
apostó más que nunca a la dramaturgia de la obra y logró que ésta mantuviera su fluidez y claridad argumental de principio a fin. El buen timing de su puesta le permitió disimular algunos puntos flojos, como la ausencia de diseño coreográfico.

El público disfruta los constantes cambios escenográficos (obra de
Caldentey) y del colorido vestuario «orientalista» de Fabián Luca. «Las Mil y una Noches» es un espectáculo para grandes y chicos que se centra en un conflicto tan primario como el de tener que «alejarse de mamá» para poder elegir esposa. En cuanto a los elementos «exóticos» de la pieza, mejor sería irse acostumbrando a una realidad: en los escenarios de hoy en día el único orientalismo, más o menos fiel al original, es el del teatro antropológico de Eugenio Barba.

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