«El camino de los sueños» («Mulholland Dr.», EEUU-Francia-2001, habl. en inglés). Dir.: D. Lynch Int.: J. Theroux, N. Watts, L. Harring, D. Hedaya, A. Badalamenti y otros.
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B ienvenido a la tierra de los sueños: Hollywood despierta más pesadillas que sueños idílicos en este formidable tour de force autoral de David Lynch, casi tan incomprensible y surrealista como su opera-prima, «Cabeza Borradora», y bastante parecida en tono a los momentos más deliciosamente delirantes de su célebre serie televisiva «Twin Peaks». Marcello Mastroianni contó más de una vez su sorpresa al ver que lo que Fellini le daba como supuesto guión de «La Dolce Vita» eran unas páginas con dibujitos de ballenas provistas de enormes falos. La película favorita de Lynch es «Los inútiles» de Fellini, y en su camino de «auteur» farsante, mitad genio, mitad chanta, el director de « Terciopelo azul» convirtió a «El camino de los sueños» en un «Ocho y medio» hecho a su medida. Cuando «Ocho y medio» se estrenó en la Argentina, era común que buena parte del público se levantara y se fuera del cine en mitad de la película. Esto no va a pasar con «El camino de los sueños» ya que es muy entretenida a lo largo de sus dos horas y media de proyección, pero seguramente la mitad de los espectadores saldrá del cine preguntándose que demonios pasó en esta historia que hace que otro film «borgiano» de Lynch, la complicada «Carretera perdida», parezca una comedia con Hugh Grant.
Igual que en «Twin Peaks», la trama parte de un misterio convencional -el encuentro de una aspirante a actriz con una extraña mujer amnésica que acaba de sobrirvir a un hecho turbulento- para poco a poco convertirse en una trampa kafkiana que explora la pesadilla hollywoodense con una asombrosa mezcla de ingenuidad y perversión. El espectador desprevenido quizá se indigne cuando llegue al punto de la película en el que los personajes miran una caja azul y se transportan a una especie de dimensión paralela, donde son otros personajes diferentes interactuando en medio de conflictos no tan distintos.
Es un recurso típico del cine de Lynch, muy similar al pequeño universo paralelo escondido detrás de la estufa de «Cabeza borradora», sólo que aplicado a una historia de comienzo más convencional; el arranque surrealista explota de una manera completamente nueva. Igual que sucedió con la polémica segunda temporada de «Twin Peaks», el público no familiarizado con el mundo de Lynch puede terminar pensando que no entendió nada, y justamente no hay nada que entender, no al menos desde un punto de vista racional.
Simplemente, hay que sentirse bienvenido en la tierra de los sueños, y dejarse llevar por las alucinantes situaciones actuadas por intérpretes más televisivos que cinematográficos, ya que Lynch seleccionó a varios de sus intérpretes entre novelas y series de TV, acentuando la irrupción de la oscuridad y las pesadillas que llevan a que la inocente aspirante a estrellita termine sosteniendo dos de las más audaces escenas de lesbianismo del Hollywood moderno.
Como en toda la obra de Lynch, no sólo el erotismo es fuerte, sino también hay un énfasis especial en la música, llevado a niveles extremos con la aparición del mismo Angelo Badalamententi en una performance inolvidable, tan desquiciada como el resto de esta película singular de uno de los máximos genios/ farsantes del cine actual.
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