27 de septiembre 2004 - 00:00

"Nadie soporta ver sólo cosas amargas"

Ghobadi: «Me siento honrado de haber producido el primer equipo que hizo algo sobre los niños de la guerra y la primera coproducción Irán-Irak, tras tantos años de guerra entre ambos pueblos».
Ghobadi: «Me siento honrado de haber producido el primer equipo que hizo algo sobre los niños de la guerra y la primera coproducción Irán-Irak, tras tantos años de guerra entre ambos pueblos».
San Sebastián - Sonriente, el kurdo Bahman Ghobadi ha conseguido el premio mayor de San Sebastián para «Las tortugas pueden volar», una tragicomedia que provee varias risas al comienzo (en la aldea quieren poner una antena parabólica, pero temen ver los canales prohibidos por el islam), risas que van llevando al grotesco (un muchacho sin brazos vence al rival a cabezazo limpio, una chica se hace buches de gasolina para el dolor de muelas, etc.), hasta que la gente empieza a reírse de espanto (por ejemplo, las autoridades entregan una máscara de gas por familia, no por persona), y al final no se ríe nada, pero llora y aplaude. La acción, en vísperas de la invasión norteamericana a Irak. Charlamos con el realizador.

Periodista: ¿Cómo se le ocurrió esta película?

Bahman Ghobadi: A la semana de caer Saddam Hussein fui a Bagdag a presentar «Canciones de mi madre». Supuestamente había terminado la guerra, pero más bien parecía que recién empezaba. Todo era espantoso, en especial la cantidad de niños tullidos por la calle, o por los montes, organizándose solos. Se me hacía un nudo en la garganta. De regreso a Teherán, donde vivo, me impuse hacer un film sobre esto. Me siento honrado, de haber conducido el primer equipo que hizo algo sobre los niños de la guerra, y la primera coproducción Irán-Irak, tras tantos años de guerra entre ambos pueblos, y tantos millones de muertos.


P.:
¿Ahora estaban de acuerdo?

B.G.: Sólo mi asistente, el director de fotografía, y yo somos de Irán. Todos los demás son irakíes. Y la financiación es de dos bancos kurdos, a un interés del 13 por ciento, más el préstamo sin intereses de un tío mío, y la venta anticipada a tres países occidentales.


P.:
¿Entre ellos Estados Unidos, donde tanto éxito tuvo su comedia «Tiempo de caballos borrachos»?

B.G.: Todavía no tengo apoyo de Hollywood. Para autorizar el rodaje, los americanos trajeron unos farsis que me preguntaron sobre mis intenciones. Charlamos, me hice el tonto, y el jefe les dijo entonces que mi película no iría contra ellos.


P.:
De hecho, los niños de su película viven de desactivar y comercializar minas americanas.

B.G.: Aparentemente son niños, pero por dentro han crecido muy rápido. Mire, yo he combinado historias trágicas con historias divertidas, un poco para que el espectador pueda soportar la película, pero otro poco porque ellos son así. El chiquito casi ciego, de tres años de edad, que aparece, tiene muy buen humor. Siempre se entretenía en alumbrarse con una linterna.Ahora, por suerte, conseguimos que fuera operado, y recuperó la vista de un ojo.


P.:
¿Y ése que apunta con la pierna torcida como si fuera una ametralladora, o aquel que le faltan los brazos?

B.G.: Hay miles como ésos. Acá no hay trucos ni efectos especiales.Y resultaron muy buenos actores, aunque jamás habían visto una película. Al protagonista, que es un pícaro, quise traerlo a San Sebastián, pero la burocracia irakí le cajoneó el visado. ¡Puede recibir bombas, pero no puede salir! Es muy despierto, y ahora está de asistente de un actor kurdo.


P.:
Por suerte también pone detalles humorísticos.

B.G.: Es que también forman parte de la realidad. Además, quiero hacer películas para el público, y nadie aguantaría ver solamente cosas amargas, como tampoco tiene por qué aguantar cosas aburridas.


P.:
A propósito, ¿por qué le puso ese t¡tulo?

B.G.: Le digo la verdad: para llamar la atención. Pero también tiene un sentido simbólico, porque esos chicos se hicieron una caparazón para seguir viviendo. Y merecen alzarse por encima del barro en que viven. Le cuento una sola cosa: la escena donde los chicos alquilan armas en un mercado negro... no hicimos ninguna construcción. Simplemente fuimos a un mercado negro de armas, que está al aire libre, a la vista de todos, y les pedimos a los vendedores que se representen a sí mismos. ¿Suena gracioso? Esto que muestro seguirá, nadie ha venido a crearnos un edén.


P.S.

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