24 de octubre 2003 - 00:00

Nicotina latina, con aroma a Tarantino

«Nicotina» (México-España-Argentina, 2003, habl. en español). Dir.: H. Rodríguez. Int.: D. Luna, D. Giménez Cacho, J. Ochoa, M. Belaustegui, C. Madrid, R. Inclán.

Pocas películas de los '90 fueron tan influyentes en el cine mundial como «Tiempos violentos», al punto que el policial al estilo Tarantino, más que un estilo, ya es todo un género. La comedia negra tarantinesca parece seguir vigente, al menos lo suficiente como para hacer entretenida esta coproducción hispano-mexicano-argentina.

«Nicotina»
es un policial de enredos delirantes y personajes «freaks» que hace confluir de un modo algo forzado distintas historias paralelas, un poco a la manera del final de «Boogie Nights» y «Magnolia», o del Guy Ritchie de «Snatch, cerdos y diamantes». Precisamente, las piedras preciosas son las que hacen girar a una amplia variedad de personajes -que comparten la variedad de nacionalidades de los productores, más un ruso y un norteamericano.

Un error tonto en un peligrosointercambio gangsteril de diamantes por datos bancarios confidenciales se complica aun más por la interacción con una pareja de farmacéuticos, otra de peluqueros, un par de policías, un par de cucarachas y un perro que le ladra exclusivamente a un solo delincuente. Y, como sugiere el título, la disputa entre fumadores y no fumadores hace su parte en el infortunio general.

La película tarda más de la cuenta en arrancar, demorándose demasiado en la descripción de las actividades voyeurísticas del hacker-locatario Diego Luna, que no sólo fuma demasiado, sino que tiene la mala costumbre de espiar a sus inquilinos al punto de descuidar sus robos informáticos y las hornallas de gas.

Cuando la falta de interés y las constantes referencias al cigarrillo empiezan a provocar una seria ansiedad por salir a fumar al hall del cine, por suerte la película acelera el ritmo y el interés, con mucha más acción que diálogos, suspenso y un par de sorpresas violentas que equilibran bien un producto razonablemente bien actuado y filmado, con algunas divertidas sutilezas formales no siempre justificadas, pero que no hacen daño (como los juegos con el split screen y una obsesión por enfocar y desenfocar cosas en el cuadro). Como sólo dura 93 minutos, luego del comienzo vacilante, todo pasa a toda velocidad, sin hacer esperar demasiado el próximo cigarrillo que, como explica la película, no es la principal causa de muerte en el mundo moderno.

D.C.

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