14 de octubre 2005 - 00:00

Nobel a Pinter premia una obra de enorme influencia

Harold Pinter ayer, tras conocer la decisión de la FundaciónNobel: el nombre del autor de «El sirviente» y «El cuidador»ni siquiera figuraba en las listas.
Harold Pinter ayer, tras conocer la decisión de la Fundación Nobel: el nombre del autor de «El sirviente» y «El cuidador» ni siquiera figuraba en las listas.
El anuncio de la Academia sueca pareció, casi, una de las situaciones típicas de su teatro, en las que un tercero inesperado irrumpe en escena y modifica todo: el fecundo dramaturgo inglés Harold Pinter, que ni siquiera figuraba en los últimos lugares de las listas de candidatos, se quedó ayer con el Premio Nobel de Literatura 2005. Fue un fallo que se recibió con júbilo, sobre todo en los círculos teatrales y cinematográficos del mundo.

La Fundación Nobel, con esta decisión, volvió a desmentir pronósticos e hipótesis. Se insistía que, este año, el ganador provendría de las filas del periodismo literario y el ensayo; que la Academia, herida por el portazo de uno de sus miembros y desgastada por pujas internas acerca de los criterios de premiación (fue más de uno el que resistió a la ganadora del año pasado, la austríaca Elfriede Jelinek), se inclinaría por un autor más conservador o volvería su mirada sobre prosistas no ficcionales. Sin embargo, la elección de Pinter reforzó más aun la imprevisibilidad de la institución sueca.

Poco después de anunciar al ganador, el secretario permanente de la Academia, Horace Engdahl, señaló que el dramaturgo se mostró estupefacto al enterarse de que le habían otorgado el premio: «No dijo muchas palabras, estaba muy feliz», dijo Engdahl. En su argumentación, la Academia destacó que Pinter fue elegido porque «destapa con sus obras el precipicio existente bajo la conversación diaria y fuerza la entrada en los espacios cerrados de la opresión».

Autor de varias de las obras más traducidas y representadas de la segunda mitad del siglo XX; guionista cinematográfico de renombre; actor; obstinado vocero antibelicista (sus últimas condenas fueron contra Tony Blair y George Bush por la invasión a Irak), Pinter vuelve a simbolizar, en principio, una elección heterodoxa para la Academia, aunque esa heterodoxia -como bromearon algunos medios suecos- se vaya convirtiendo, año tras año, más en norma que en excepción.

El autor de «El cuidador» y «El sirviente», aunque formó parte del movimiento inglés de los '60 conocido como el de los «iracundos», acusa una biografía que reconoce una elegante mezcla entre sus ruidosas protestas políticas contra los líderes de Occidente con muchos de los placeres de la buena vida, propios de los «asimilados». Pinter es un cultor de un teatro sostenido por las relaciones de poder, acaso el tema que más lo atrajo. En especial, cuando esas relaciones se subvierten tras la aparición de actores inesperados (un vagabundo que se establece en una casa, un mucamo que se va transformando poco a poco en amo). Pinter no sólo exploró esas figuras en las estrategias de poder político, siempre en espacios cerrados, claustrofóbicos, sino también en la política sexual. Su figura geométrica preferida fue siempre, en consecuencia, el triángulo.

Hijo de un sastre judío, Harold Pinter nació el 8 de octubre de 1930 en Londres: el sábado último cumplió 75 años, y hace tres que lucha denodadamente contra un cáncer de laringe. Su infancia estuvo marcada por el sentimiento antisemita que estalló con la Segunda Guerra Mundial. Esta circunstancia, según declaró varias veces, lo impulsó a escribir, para encontrar una forma de desahogo. Evacuado a los 9 años de Londres -ciudad a la que sólo regresaría después de la caída de Berlín-, Pinter reconoció que la experiencia de la guerra y de los bombardeos sobre su ciudad natal lo marcaron en su biografía personal y artística.

De vuelta a Londres, estudió en el Hackney Grammar School, y se propuso ser actor. Interpretó clásicos de
William Shakespeare como «Macbeth» y «Romeo y Julieta», en 1948 fue admitido en la Real Academia británica de Arte Dramático. Dos años más tarde ingresó en la compañía de teatro irlandesa Anew Mc-Master, donde trabajó desde 1954 a 1957 utilizando el sobrenombre de David Baron. Aunque su futura carrera como dramaturgo sería el centro de su vida, Pinter nunca dejó de actuar, aunque más no fuera como travesura.

Ultimamente, se lo vio en un papel de reparto en la película
«El sastre de Panamá», que protagonizó Pierce Brosnan.

Durante 24 años estuvo casado con la actriz
Vivien Merchant, hasta que en 1980 se casó con la escritora e historiadora Lady Antonia Fraser. Su divorcio también le inspiró una obra teatral antológica, «Betrayal», («Traición»), que tuvo la particularidad, muy imitada posteriormente, de narrar una historia de atrás hacia adelante; en su caso, desde la disolución al comienzo de un matrimonio.

Como dramaturgo,
Pinter debutó en 1957 con la pieza «The Room» El cuarto»), representada por primera vez en Bristol. Otras fueron «The Birthday Party» («Fiesta de cumpleaños», de 1957), que también representó su primer fiasco a pesar de que después se convirtiera en una de sus obras más festejadas. Su consagración como autor se produjo con «The Caretaker» («El cuidador») y «The Homecoming» («Vuelta a casa»). Muchas de sus obras teatrales más famosas se transformaron en películas, adaptadas para la pantalla por él mismo.

Tal el caso de
«The Servant» («El sirviente»), con Dirk Bogarde, con dirección de Joseph Losey, cineasta que realizaría junto con Pinter otros tantos films referenciales, como «The Go-Beetween» («El mensajero del amor», con Alan Bates y Julie Christie) y «Accident» («Accidente», también con Bogarde).

Su muchos críticos le reprocharon cierta oscuridad conceptual en sus tempranas obras de teatro,
Pinter convirtió esa presunta dificultad en tramas más transparentes cuando las adaptó para el cine. Sus versiones, con el paso del tiempo, no se limitaron a piezas suyas, sino que también logró adaptaciones notables de obras ajenas, como la estupenda «La amante del teniente francés» de Karel Reisz, sobre la novela de John Fowles, o «El último magnate» de Elia Kazan, sobre el libro de Scott Fitzgerald.

En marzo,
Pinter sorprendió con el anuncio de que estaba decidido a abandonar el teatro y dedicarse a la poesía y el activismo político. «Creo que ya he dejado de escribir obras de teatro. Me parece que he escrito unas 29 piezas de teatro. ¿No le parecen suficientes? He descubierto otras formas de expresarme», dijo entonces a la BBC. Su posición se radicalizó a partir de la invasión a Irak, y llegó a calificar a Tony Blair de «idiota iluso» y a equiparar con el régimen nazi al gobierno de George Bush, al que calificó de «asesino de masas», además de definir a Estados Unidos como «un país dirigido por una pandilla de delincuentes».

Desde luego, hubo muchos críticos de la Academia sueca que ayer recordaron estas declaraciones y volvieron a embestir contra los criterios de los votantes. Por el contrario, autores, directores teatrales y activistas contra la guerra saludaron la atribución del premio Nobel a Pinter. Tom Stoppard, de 64 años, quien forma parte con Pinter la «generación iracunda», dijo que este Nobel era «totalmente merecido». El vocero de la coalición «Stop the War Coalition» señaló la contribución de Pinter al movimiento contra la guerra en Irak. «Este Nobel destaca cuáles son las voces que el mundo quiere oír, y no las voces de los belicistas Bush y Blair», dijo.

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