«Novecento» de Alessandro Baricco. Dir.: Francisco Javier. Int.: Jorge Suárez (Teatro Patio de Actores).
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C ada vez que una obra excepcional vuelve a entronizar la belleza y la inteligencia en la escena, su impacto produce un efecto vivificador que barre instantáneamente la mediocridad que suele abatirse sobre el espectador inocente. Esto es lo que sucede con «Novecento», de Alessandro Baricco, espectáculo dirigido al corazón y a la mente.
De una absoluta originalidad y una sorprendente vigencia, la historia del artista que nació y pasó toda su existencia a bordo de un barco, sin bajar jamás a tierra, es de esas destinadas a perdurar. Tratada como un monólogo, la pieza de este periodista y novelista italiano tiene una fuerza casi hipnótica y una profundidad que abreva en el suspenso.
Es de destacar la apasionada atención que le da el director Francisco Javier a la palabra, que recupera toda su energía y se transforma en acción pura. Una acción que tiene lugar en el alma del protagonista y de la que uno no quiere perderse detalle, a punto tal que el movimiento externo es casi un estorbo, una distracción. Porque, para el autor, lo mismo que para el personaje, cada ser humano es el mapa de una aventura fascinante, un continente por descubrir.
La vida de Novecento es un viaje hacia la total libertad y al mismo tiempo hacia un amor desinteresado a todas las cosas que valen la pena en este mundo. Especialmente a la belleza del arte y la búsqueda de una verdad que rehúye cualquier facilismo. Aunque Baricco no pretenda ser moralizante, su pieza es como una sacudida que busca despertar al hombre contemporáneo de la modorra de la convencionalidad y de las recetas adocenadas. Novecento es capaz de dar porque se tiene a sí mismo y es dueño de su arte porque elige la soledad. Jorge Suárez ha entendido la pieza y de la mano de Francisco Javier construye impecablemente un relato atrapante del que surgen imágenes potentes y llenas de poesía que conmueven profundamente. El suyo es un trabajo excepcional.
En suma, un espectáculo de primer nivel, con aliento de clásico que devuelve al teatro su poder catártico y perturbador.
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