“¿Cómo lo haría Lubitsch?”, decía un cartel en la oficina de Billy Wilder, el autor de “Una Eva y dos Adanes” y otros regocijos memorables. Es que Lubitsch había sido su maestro, el artista que impulsó en el mundo la comedia sofisticada, los enredos de alcoba contados con toda elegancia y agudeza, los personajes femeninos tomando la iniciativa en materia amorosa, los modos sutiles de dar a entender algo sin mostrarlo y también, llegado el momento, el drama capaz de emocionar limpiamente: “Remordimiento” (Broken Lullaby), una obra excepcional. Y así como Wilder, también Leo McCarey, Edgar Neville y Woody Allen lo reconocen como maestro.
Novedoso ciclo de cine sobre el maestro Ernst Lubitsch
El ciclo reúne 14 películas restauradas de Lubitsch, el director que marcó a generaciones de cineastas con su elegancia, humor sofisticado y mirada moderna sobre el amor.
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Ernst Lubitsch, el maestro de la comedia sofisticada que inspiró a Billy Wilder, Woody Allen y otros grandes cineastas.
Judío berlinés, entre 1914 y 1922 hizo en Alemania decenas de comedias picarescas matizadas con dramas históricos, como “La muñeca”, “La princesa de las ostras”, “Madame du Barry”, delicias que aquí conocimos gracias al Instituto Goethe. Después, empujado por los vientos, aceptó un contrato de la Paramount y se mudó a Hollywood. Ahora, desde este martes, Sala Lugones presenta una parte – solo una parte- de lo que hizo en EEUU, en un ciclo donde figuran “Ninotchka”, con Greta Garbo, “Angel”, con Marlene Dietrich, “El bazar de las sorpresas”, con James Stewart y Margaret Sullavan, “La octava mujer de Barbazul”, con Gary Cooper, y tres protagonizadas por el sonriente chansonnier Maurice Chevalier: “El teniente seductor”, con Claudette Colbert, “Una hora contigo” y “La viuda alegre”, ambas en pareja con Jeanette MacDonald.
En total son 14 películas recientemente restauradas, desde las mudas “Mujer, guarda tu corazón” (Three Women, 1924, madre e hija enamoradas del mismo hombre) y “La locura del charleston” (So this is Paris, 1926) hasta “El pecado de Cluny Brown” (su última película, 1946), pasando por “Un ladrón en la alcoba” (Trouble in Paradise, triángulo amoroso en ambientes de lujo, o no tanto), “Rumbos de vida” (otro triángulo, esta vez en ambientes bohemios de Paris), “Ser o no ser” (enredo que deja en ridículo a nazis y maridos) y “El diablo dijo no”, mejor conocida como “El cielo puede esperar” (Heaven can wait, 1943).
Junto a él, y esos artistas, cabe agregar a Miriam Hopkins, Melvyn Douglas, un jovencito David Niven, Jennifer Jones, Carole Lombard, Jack Benny, Robert Stack, Gene Tierney, Don Ameche y Peter Lawford (mucho antes de entrar en el selecto Rat Pack de Frank Sinatra) y especialmente el coguionista Samson Raphaelson, que participó en “El bazar de las sorpresas” y otras ocho, el director de fotografía Víctor Milner, el director de arte Hans Dreier, a quien Lubitsch hizo salir de Alemania y que terminó como supervisor artístico de la Paramount, y el propio Billy Wilder, nacido Samuel Wilder, que también alcanzó a ser su asistente y coguionista.
La hija
Hasta aquí, Lubitsch como artista. ¿Y como persona? A continuación, algunos recuerdos de su hija Nicola, confiados a la reportera Clarissa Lempp años atrás. Pequeña biografía: Nicola nació en 1938 en Los Angeles, hija de Lubitsch y Vivian Gaye. Fue actriz en Broadway, produjo programas radiales de música clásica, siempre mantuvo perfil bajo y hoy tiene 88 años y una linda sonrisa.
“Mi madre decía que tengo la misma cabeza de mi padre. Mis hijos tienen algún aire. Yo tenía 9 años cuando él murió. Lo recuerdo como un padre estricto pero no temible. Al contrario, era muy amoroso y siempre tenía tiempo para mí. Me hacía sentir muy querida, muy especial. Nunca me decía “no”, salvo si me acercaba demasiado a un caballo o un perro. Pero yo tenía un gato, y eso que él odiaba a los gatos.
“Era muy estricto con las cosas que tenía que hacer, y el modo de hacerlas. También era muy amable con la gente, y si venía gente a casa le decía a mi niñera que me ponga un vestido y me sentaba a charlar con las visitas. Lo que no me gustaba tanto era que me hiciera tocar el piano. Para él, tocar el piano era una extensión de sí mismo, por eso no podía comprender que yo no sintiera lo mismo. Nunca vio que me daba vergüenza.
“En cuanto a los tópicos de amor y pasión de sus películas, pienso cómo él amaba a las mujeres, y cómo siempre tenía mujeres fuertes en sus películas. Y hay algo que no ha pasado de moda. Hoy vemos los mismos sentimientos, los mismos problemas de relación, los mismos asuntos sobre los derechos de la mujer que él mostraba en su época.
"El era judío, pero celebrábamos la cena de Navidad, y lo hacíamos con las típicas comidas alemanas de Navidad. Eso fue lo más alemán que vi en casa. Nunca escuché a mis padres hablando en alemán. Y tampoco recuerdo que otros conocidos lo hablaran. El tuvo suerte que ninguno de sus parientes murió en el Holocausto. La única que murió en la guerra fue la mujer de mi tío, que era alemana. Pero mi padre nunca hablaba de su pasado, y nunca volvió a su país natal. Yo pude conocer Alemania invitada en cuatro oportunidades al Festival Lubitsch que se hace anualmente. Y conocí la casa de su infancia, en la Schonhauser Allee de Berlín, donde le han puesto una placa".


