17 de mayo 2002 - 00:00

Ovacionó el Colón el talento de Lavandera

Recital de Horacio Lavandera (piano). Obras de Chopin, Debussy, Berg, Prokofiev, Ginastera, Bartok y Ravel. (14/5, Teatro Colón, org.: Festivales Musicales).

L a noche del martes fue tormentosa como pocas, los truenos se mezclaban con la música y la espesa lluvia desdibujaba los contornos de la Plaza Lavalle. Sin embargo, no quedaba ni una localidad sin ocupar en la inmensa sala; tal la convocatoria del pianista adolescente Horacio Lavandera que dejó a todos satisfechos con su recital.

Los vaticinios que arriesgamos en estas páginas en ocasión de su primera presentación se fueron cumpliendo gradualmente, además de sumar algunos aciertos superadores. Entre ellos su exitosa presentación en un Festival en Francia avalado por Martha Argerich, el Premio y Actuación en La Scala de Milán, y sus aplaudidas presentaciones en Alemania hace un par de semanas.

De manera que estábamos ante un músico consagrado que recién en diciembre cumplirá 18 años, pero cuyo crecimiento artístico está mucho más adelante que el calendario. Así quedó demostrado desde el principio de la Sonata N° 2 en Si Bemol Mayor Op. 35 de Federico Chopin, abordado con sobria severidad y sin efectismos; sorprende el pulso y la nitidez del Finale-Presto. Con esto nos despedimos del Romanticismo, ya que Lavandera es un músico del Tercer Milenio, especialmente sensible para las creaciones del pasado Siglo XX, con cuyos representantes nutrió el resto de la velada.
 
El Impresionismo, con su poética diafanidad, llegó con las
«Imágenes» de Claude Debussy, siendo «Poissons d'or» la de más acertada exposición. La Sonata Op. 1 que Alban Berg compuso en 1907-1908 esta vez fue perceptible, armada como una arquitectura sonora, y es por la inteligencia del intérprete que las expresionistas disonancias sonaron lógicas e inevitables. Y es la pujanza juvenil de este artista la que imprime en la Sonata N° 7 en Si Bemol Mayor Op. 83 de Serguei Prokofiev una energía que no llega a ser agresiva (como sucede con otros pianistas) sino vital y optimizante.

Nadie se movió de su lugar terminado el recital, la ovación era sostenida, y agradecida por Lavandera con potentes «encores»; la Danza de la moza donosa del argentino Alberto Ginastera (tal vez la más aplaudida de la noche); el virtuosístico y temperamental «Allegro bárbaro» de Bela Bartok, y transparentes «Juegos del agua» de Ravel.

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