18 de abril 2005 - 00:00

Ovacionó el Colón un Verdi poco usual

«I lombardi alla prima crociata». Opera en cuatro actos. Música: G. Verdi. Libreto: T. Solera. Dir. Mus.: R. Bonynge. Régie: S. Vizioli. Dir. Coro: S. Caputo. Esc. Y video: L. Cutuli. Vest.: I. Möller. Ilum.: F. Marri. Int.: A. Navarro. M. Pisapia, E. Todisco y elenco. (Teatro Colón). Nuevas funciones: 19, 20, 21 y 24 de abril.

El Teatro Colón inauguró su temporada lírica 2005 con la primera representación en su sala de la ópera en cuatro actos (aquí presentada en tres partes), de Giuseppe Verdi, «I lombardi alla prima crociata». La obra, con libreto de Temistocle Solera, se basa en un poema homónimo del poeta Tommaso Grossi, y es la cuarta contribución verdiana al género lírico. Si bien hermana de «Nabucco», la creación anterior, «I lombardi» tuvo menor fortuna y escasamente se pone en escena en el panorama internacional.

Encuadrada dentro de la primera manera del compositor, en ella, a pesar del complicado argumento que sostiene la música, se equilibra la presencia coral, lo que le otorga un amplio aliento épico con un delineado más rotundo de los personajes centrales de la acción.

Música bella y canto de riesgo sobre todo para el cuarteto principal (soprano, dos tenores y bajo) en «I lombardi» también coinciden las demandas espirituales de un Verdi consustanciado con la luchas políticas de su tiempo (el « Risorgimento»), la fe católica y los primeros intentos de instaurar una estética romántica en la ópera italiana, algo que lograría pocos años después de 1843 que vio nacer «I lombardi».

La presencia categórica del coro y la orquesta hacen de esta ópera un enorme fresco sinfónico coral. La autoridad y el rigor del director australiano Richard Bonynge fueron definitivos para el logro de este gran espectáculo. Al frente de una Orquesta Estable brillante y de un Coro Estable (preparado con excelencia por Salvatore Caputo), el director ausente por varias temporadas en el Colón ofreció una muestra acabada de su dominio en el estilo verdiano de la primera época.

La régie de Stefano Vizioli contempló tres momentos históricos: la de las luchas de los lombardos contra los sarracenos para liberar Jerusalén, la contemplación de los milaneses en los años de las propuestas patrióticas verdianas, y cómo el siglo XXI (el público de hoy) ve esta obra.

Escenografía, proyecciones, vestuario y luces (Cutuli, Möller y Marri, en ese orden) sumaron cromatismo y dinámica para una dirección escénica eficaz. Un competente cuarteto vocal encabezado por los tenores Maximiliano Pisapia y Gustavo López Manzitti (estupendos ambos), el bajo Elia Todisco (buen canto y algo primitivo en escena) y la soprano Amparo Navarro, condiciones aptas para el difícil papel de Giselda, se sumó a comprimarios del elenco estable del teatro y el violinista Oleg Pishenin, excelente en su solo de violín, para redondear un espectáculo sumamente atractivo que el público del Gran Abono, muchas veces reticente al aplauso espontáneo, ovacionó por espacio de varios minutos.

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