El cine de James Ivory se va como se entra en un museo. Por más turbulentas que sean las pasiones que viven sus personajes, siempre mediará su estilo para atemperarlas. No es el refinamiento de ambientes, ropajes y diálogos, sino, sobre todo, esa mirada fría y distante para relatar esas pasiones la que establece una infranqueable ajenidad (a diferencia del siempre sanguíneo Luchino Visconti en mundos similares). Pero el museo, si no alberga vida, es capaz de mimetizarla desde la belleza de sus restos. Y en eso Ivory, como arqueólogo de una memoria perdida, es incomparable.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
El director americano con alma de inglés logra de sus actores, perfectamente elegidos, el gesto exacto en el momento apropiado, la palabra o el silencio precisos, la mirada y hasta la postura del cuerpo en la dirección correcta. Su cine, antes que una novela, suele ser un ensayo sobre la pasión y, en este caso, la codicia.
El universo de Henry James, como lo demostró varias veces, es uno de los más afines a su sensibilidad. En ese sentido, Ivory era el artista más indicado para adaptar la más compleja de sus novelas, «La copa dorada» (favorita del autor). En este libro, reaparece uno de los temas más característicos de su obra, el choque cultural entre el viejo y el nuevo mundo simbolizado en los norteamericanos enriquecidos en la Europa de principios del siglo XX.
Nick Nolte es Adam Verver, el primer billonario americano que se estable en Inglaterra. Verver hizo su fortuna con el carbón y, ahora, quiere lavar manos y alma comprando una colección de arte de tal magnitud como para fundar un museo en los Estados Unidos. Lo acompaña su hija Maggie (Kate Beckinsale, a salvo de Pearl Harbor), quien puede ser la salvación para cualquier pretendiente de la nobleza en decadencia.
Y el candidato no tarda en aparecer: el príncipe italiano Amerigo (Jeremy Northam), con tantos blasones como pocas liras en el bolsillo. Para Verver, es el yerno ideal, el pasaporte a la alcurnia en la familia; para Amerigo, el acuerdo no es menos brillante. Quedan por resolver, por supuesto, los sentimientos de Maggie (que se enamora de verdad) y los de Charlotte (espléndida Uma Thurman), la amante de Amerigo que muy resignadamente tolera el pacto.
La señora Fanny, una de esas típicas americanas en el exilio (Anjelica Huston) encuentra una solución política: casar a Charlotte con el billonario y mantener las apariencias. Y así se hace, hasta que los antiguos fuegos ponen en peligro las componendas que cualquier estrategia diplomática intente preservar. La copa dorada, esa bellísima pieza de cristal y oro que será el regalo de bodas de Amerigo y Maggie, tiene una rajadura. Indisimulable y de consecuencias dramáticas, y Ivory sabe dar cuenta de ella.
Dejá tu comentario