Paternosto expande los "límites" del cuadro

Espectáculos

En la galería Jorge Mara-La Rouche hayuna excelente muestra para visitar: «Obras Recientes», de César Paternosto, artista argentino que en la década del 60 se radicó en Nueva York, y poco después del 11 de septiembre de 2001 eligió vivir bajo el sol de Segovia.

Con su bellísima marca grabada -literalmenteen el orillo, Paternosto presenta una nueva serie de cuadros donde reitera con algunas variaciones la fórmula de su exclusiva invención: deja el frente de la obra en blanco, generando un vacío, y pinta con bandas de colores los cantos de los gruesos bastidores de sus cuadros.

Mientras en la generalidad de las pinturas todo transcurre adentro de la tela, en las de Paternosto hay que buscar la ejecución de la obra en el exterior del cuadro, en los colores del canto que cobra vida según se lo ilumine. El espectador debe desplazarse para mirar los anchos bordes que, cuando la luz incide sobre ellos, irradian un colorido y tenue resplandor que se desborda hasta la pared donde cuelgan las obras.

Así, sin romper con el concepto del cuadro, en 1969 Paternosto creó un escultórico objeto que si se mira al sesgo es una pintura, y visto de frente se percibe como una tela en blanco. En la muestra actual hay algunos cambios. El artista agrega con geométrica precisión unas mínimas bandas de color en la superficie delantera de los cuadros, bandas que generan ritmos que rompen la severa quietud de sus obras anteriores.

Según señala Paternosto en un excelente catálogo, el espectador recibe ahora algo más que los colores de los bordes, y es algo que completa la imagen. Con este agregado, si se observa el conjunto de las obras en la blanca sala de la galería, las construcciones cromáticas «suenan» como acordes, y los pequeños cuadrados de color aparecen como notas sostenidas con insistencia en unas pinturas con carácter musical, carácter que se acentúa en la serie llamada «Band-o-neón».

Paternosto es un hombre culto y un teórico inteligente, que cambió su visión del arte a partir de un viaje por el Norte argentino, Bolivia y Perú, viaje que según cuenta: «Reavivó aquel temprano e instintivo interés por las artes amerindias, a tal punto que no sólo reorientó mi obra artística hacia el simbolismo de las estructura líticas o textiles, sino que también fue el comienzo de la investigación y la escritura. Empecé un extenso proceso de reeducación que involucraba, en primer lugar, entender el arte antiguo como la herencia cultural común a todo el continente americano, no ya como el patrimonio nacional de México o Perú (.) Y por otra parte, significaba una percepción de cómo un arte abstracto podía encontrar nuevas energías en la periferia de la cultura dominante.»

El largo camino recorrido por el artista que comenzó en La Plata, su ciudad natal, cuando en el Museo de Ciencias Naturales descubrió unas cerámicas precolombinas, tiene como corolario su sabio aporte a la interpretación del arte de toda América. Su enfoque rompe con los discursos dominantes que acentúan la bifurcación entre el arte de EE.UU. (que buscó insertarse en la historia del arte de Europa), y el de Latinoamérica (que siempre, hasta hoy, quedó relegado en la sombra). Descubre que el arte de los textiles precolombinos y el de Torres García y la Escuela del Sur, tiene con el de Barnett Newman, Anni y Joseph Alberts, Adolph Gottlieb e incluso Mark Rothko, una filiación imposible de repudiar.

Si los imperdibles y numerosos escritos de Paternosto revelan que supo ver las señales ancestrales de América, mensajes que durante milenios estuvieron ocultos y cuyo destinatario es la humanidad, su obra, atemporal y serena, nos trae al presente una cultura luminosa que estuvo perdida en la noche de los tiempos.

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