18 de febrero 1999 - 00:00

"PERDITA DURANGO"

D espués de convertir un film tan extraño como «El día de la bestia» en uno de los grandes éxitos de taquilla del cine español, Alex de la Iglesia consiguió 10 millones de dólares y un elenco lleno de figuras internacionales de culto para hacer una de las películas más salvajes de todos los tiempos.
Perdita Durango (Rosie Pérez) es una chica dispuesta a todo, un personaje capaz de pronunciar diálogos que harían sonrojar a una actriz porno y de cometer fechorías que la mismí-sima Bonnie Parker condenaría.
Romeo Dolorosa (Javier Bardem) es un sacerdote vudú trucho al que le da lo mismo robar un banco que perpetrar un show necrofílico para turistas. Luego de un encuentro casual, la pareja potencia su mutua depravación en un viaje pesadillesco desde la frontera con México hasta Las Vegas.
Basada en una novela de Barry Gifford (escritor al que los fans de
David Lynch relacionarán con «Corazón salvaje» y «Carretera perdida»), la película de Alex de la Iglesia tiene algo para ofender, shockear y sorprender a cualquier tipo de espectador, incluyendo a aquellos que pensaban que ya no podían ser afectados por ningún tipo de cine.

 Fallas

En este sentido, «Perdita Durango» indudablemente consigue su entrada al panteón del cine de culto, y es probable que con el paso de los años sus defectos y excesos importen menos que sus audacias. Pero sus fallas están a la vista y no se pueden pasar por alto desde problemas narrativos como la falta de claridad en las apariciones de los numerosos persona-jes secundarios, hasta las repeticiones y problemas de ritmo y por sobre todo la inevitable sensación de que la película no logra mantener los impactantes 15 minutos iniciales. También se nota una tendencia a la sobreproducción, como si los millones de dólares del presupuesto atentaran contra el estilo de algunas escenas en vez de enriquecerla.
«Perdita Durango» quizá no esté siempre a la altura de sus propias pretensiones, pero más allá de todos los reparos ya expuestos, tiene una cantidad de escenas memorables que justifican el precio de la entrada, siempre y cuando el espectador se sienta preparado para una de las mayores sobredosis de sexo y violencia surgidas del cine español.

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