18 de junio 2001 - 00:00

"Pese a ser del 900, la obra tiene una gran modernidad"

Luciano Suardi.
Luciano Suardi.
(15/06/2001) "Durante muchos años "Los derechos de la salud' fue considerada por los críticos como un traspié en la obra de Florencio Sánchez. Para mí, por el contrario, es de una gran modernidad", asegura el director Luciano Suardi, responsable de la puesta que subirá a escena hoy en el teatro Regio (Córdoba 6056).

«La imagen que suele tenerse del teatro de Sánchez ('La gringa', 'M'hijo el dotor', 'Barranca abajo') está ligada a algo más costumbrista, y esta obra no tiene nada de eso. Intenta mostrar los estragos que puede causar la enfermedad en una familia y cómo todo el espacio y todos los personajes empiezan a trastrocarse a partir de eso.»

Suardi trabajó sobre una adaptación de Carlos Pais y con un elenco integrado por Elena Tasisto, Raúl Rizzo, Beatriz Spelzini, Ricardo Merkin, Stella Galazzi, Angela Ragno y Morena Pais. La escenografía y vestuario son de Jorge Ferrari, la música de Edgardo Rudnitzky y la iluminación de Gonzalo Córdova.

Periodista: Recuérdenos el argumento de «Los derechos de la salud».

Luciano Suardi: Luisa acaba de llegar con el marido de las sierras de Córdoba, de donde fueron corridos por temor al contagio, y no reconoce su casa, porque las cosas han cambiado bastante. Nadie le quiere decir que está tuberculosa, pero, a la vez, no la dejan acercarse a sus hijos ni ocupar su rol de esposa como quisiera. Empieza a ser una exiliada dentro de su propia casa.

Epoca

P.: La obra original transcurre en 1907 ¿Respetó la ambientación de época?

L.S.: Aunque no se trata de un espacio realista, quise que tanto el mobiliario como el vestuario y los peinados reflejaran rigurosamente la época.

P.: ¿Por qué?

L.S.:
Porque cuanto más cerca esté esta historia de su contexto histórico, más efectiva va a ser. Es una historia sobre la tuberculosis y sobre lo que provocaba en ese momento una enfermedad incurable. Por eso, creo que para que tenga alguna resonancia en el hoy, lo mejor es entender la historia allá lejos. Investigamos bastante sobre la tuberculosis, e incluso, Elena Tasisto habló con varios médicos para trabajar los síntomas de su personaje, que son muy sutiles, pero había que conocerlos bien. Nos sirvió de mucho meternos en la historia de la enfermedad y leer el magnífico ensayo de Susan Sontag, «La enfermedad y sus metáforas».

Ahí está expuesta la idea de que el mundo se divide en sanos y enfermos y de lo desolador que es emigrar al país de los enfermos. Pero lo que más me conmovió cuando leí la obra de
Florencio Sánchez fue saber que, sólo dos años después de escribir esta pieza, a él le iba a pasar lo mismo que a la protagonista: lo van a echar de los hoteles por temor al contagio.

Comparación

P.: ¿Diría que la tuberculosis tenía en ese entonces el mismo status que hoy tiene el sida?

L.S.: En ese momento, era una enfermedad que estaba más ligada a la marginalidad y a la pobreza. Esa es otra de las razones de su ocultamiento. Desde el punto de vista social, convenía no abrir el juego, ya que si alguien hablaba del tema, toda la familia corría el riesgo de ser discriminada. Esto es algo que ya no sucede con el sida. Ahora sabemos que una madre con HIV puede besar a sus hijos y llevar una vida normal.

P.: ¿De qué manera reper-cute la enfermedad en el entorno de la protagonista, además de la ambigüedad en las conductas de su marido y su hermana?

L.S.: Parte de los problemas empiezan porque ellos le están ocultando la verdad, creyendo que con eso le están haciendo un bien a Luisa. Respecto de la ambigüedad de la que habla, es algo que quise respetar. La misma enfermedad que separa a una pareja está propiciando un amor, pero Sánchez no lo culpa a Roberto de haberse enamorado de su cuñada, sino de haberle revelado ese amor a su mujer, amargándole así sus últimos días. Los sanos tienen derecho a seguir viviendo y proyectar su futuro. La crueldad mayor de Roberto y Renata -involuntaria, seguramente-es que le han armado delante de sus ojos cómo va a ser la vida cuando ella esté muerta. Pero es cierto también que alguien tiene que hacerse cargo de los chicos. Es, entonces, una situación muy angustiadora y sin salida.

P.: O sea que, como el autor, usted tampoco toma partido.

L.S.: Es que también sucede que algo que está basado sobre la mentira hace que todo lo que pase después esté apestado. No es posible ninguna conversación ni franca ni honesta. Yo no quise tomar partido por ningún personaje, quiero que el público de escena a escena vaya comprendiendo y justificando la conducta de los protagonistas. En realidad, esto es algo que trasciende el tema de la enfermedad y nos sucede a todos. Todos creemos obrar de buena fe y estar haciendo lo mejor para el otro, pero nos equivocamos y, en muchas ocasiones, sólo aumentamos su sufrimiento.

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