13 de septiembre 2001 - 00:00
Philip Glass une ópera y cine en un mismo lenguaje
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Philip Glass.
P.G.: A medida que fui viendo la película fui encontrando más y más cosas. Es un cine muy distinto del que vemos actualmente, con una puesta casi teatral, con pocas cámaras. Es otra manera de actuar, también más teatral, menos naturalista. Además, tenía la particularidad de no tener al director vivo a mi lado para que me fuera dando indicaciones. De modo que quedó exclusivamente para mí la responsabilidad de reinterpretar musicalmente el film. No sé si lo logré. Pero mi intención fue hacer un comentario sonoro de las imágenes -antes sólo tenía unos pocos efectos especiales y ninguna música-; por supuesto, desde una perspectiva absolutamente subjetiva.
P.: ¿Qué opinión le merece el concepto de minimalismo con que se ha caracterizado muchas veces a su música?
P.G.: Creo que esa denominación es apropiada para la música que hice hasta 1976. Seguramente, puede encontrarse en mi trabajo de esa época una investigación del lenguaje minimalista. Después cambié muchísimo, trabajé para teatro, para cine, para ballet. A medida que fui trabajando más en el terreno de la música incidental, creo que fui abandonando eso que genéricamente llaman minimalismo. Durante mucho tiempo me peleé con ese concepto; sobre todo porque creo que tenía una cierta intencionalidad despectiva. Pero finalmente terminé aceptándolo; aunque, como le digo, siempre que se aplique a mis composiciones de unas décadas atrás. Lo que ocurre es que a veces se confunde simpleza y economía de recursos con minimalismo.
P.: Como compositor de música para cine usted ha trabajado en films muy diferentes, industriales o no. ¿En cuáles se ha sentido más cómodo?
P.G.: El cine es fundamental-mente un negocio de entretenimiento. Y, en algún sentido, soy un afortunado por haber podido trabajar en películas tan distintas. Yo no diría que «Kundun», la película que hicimos con Martin Scorsese, es un film comercial, o «Drácula», de la que hablábamos antes. Sin embargo, los compositores no tenemos total libertad porque debemos adaptarnos a los requerimientos del director, inclusive con alguien que ha dado muchísima libertad como Scorsese. En otros casos, como en «Koyaanisqatsi» o «Powaqqatsi», la libertad creativa es mucho mayor y, en consecuencia, mi trabajo se hace mucho más agradable.
P.: ¿Cuál es la diferencia concreta entre componer para películas como las que mencionó recién y hacerlo para otras como «The Truman Show o «Kundun»?
P.G.: Todas son, finalmente, películas de industria. La diferencia, como le decía, es cuando uno puede trabajar o no, a la par del director, como compañeros, o cuando debe someterse a sus dictados. Pero, por cierto, siempre será el director el que tenga la última palabra. En cualquier caso, siempre será muy distinto componer para cine que hacer una música independiente.
P.: ¿Siempre trabaja sobre las imágenes?
P.G.: No siempre. En «Kundun», por ejemplo, hice la música sobre la base del guión. En otros casos, puedo ver las imágenes, pero sólo parcialmente. Otras veces, como obviamente sucedió con «Drácula», vi detenidamente toda la película antes de componer.
P.: Unos días atrás hablamos con Goran Bregovic, el compositor de varios films de Emir Kusturica, y mencionó a Igor Stravinsky y a usted como los más grandes compositores de música para cine. ¿Conocía esa opinión?
P.G.: Mi Dios. No sé qué decir frente a semejante elogio.
P.: En algunas de sus óperas incluyó films. ¿Qué lo ha llevado a mezclar los lenguajes?
P.G.: Siempre me interesé por encontrar la manera de introducir el cine en otro tipo de expresiones. Eso amplía muchísimo las posibilidades de interpretación. Así se enriquece también el cine, porque las mismas imágenes se ven distintas con cada nueva puesta.
P.: Usted ha trabajado en muy diversos estilos y lenguajes: la ópera, el ballet, la música sinfónica, el cine, la música de cámara, los elementos de la música africana e india. ¿Con cuál de todos ellos se siente mejor representado?
P.G.: Creo que con la ópera. Un poco por lo que le decía antes. En la ópera pueden combinarse muchas cosas. Es una experiencia humana fantástica. Es una de las maneras en que puede expresarse más profundamente el espíritu de los hombres. Componer ópera me ha cambiado, me ha hecho crecer como persona.
P.: ¿En qué está trabajando actualmente?
P.G.: Estoy haciendo una música sinfónica que está referida a la ecología, como una respuesta a la instalación de reactores que degradan y llenan de polución el planeta.
P.: ¿Cómo será su concierto en la Argentina?
P.G.: Vamos a tocar con el ensamble la música de «Drácula». No creo que incluyamos alguna otra cosa.
P.: Aquí también dará una «master class» en el Teatro San Martín. ¿Le interesa la enseñanza?
P.G.: No es precisamente enseñar; no creo ser un buen maestro. Lo que voy a hacer es hablar sobre mi trabajo, sobre la mane-ra de compartirlo con otros creadores. Es una experiencia muy buena porque la gente -que puede provenir de las actividades más diversas-plantea sus inquietudes y eso me obliga a repensar mi propia manera de trabajar.
P.: ¿Conoce el Teatro Colón?
P.G.: Sí, estuve allí hace 10 años. Es un lugar fantástico. Le diría que, en mi humilde opinión, es el mejor teatro de ópera de Occidente.




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