«Posesión» (Possession, EE.UU., 2002, habl. en inglés). Dir.: N. LaBute. Guión: sobre novela de A.S. Byatt. Int.: G. Paltrow, A. Eckart, J. Northan, L. Headey, H. Ehle.
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U na novela de la escritora A. S. Byatt le dio al director «indie» Neil LaBute («Tus amigos y vecinos», «En compañía de los hombres») la oportunidad de mostrar que los clichés de cualquier teleteatro se pueden trasladar perfectamente a un ambiente «académico».
Un joven norteamericano estudiante de literatura, con una beca en Inglaterra y un bloqueo amoroso indefinido, siente que está ante el descubrimiento de su vida cuando encuentra una carta entre las hojas de un libro del Museo Británico. La carta es de un poeta victoriano ficticio llamado Randolph Henry Ash y está dirigida a otra poeta ficticia llamada Christabel LaMotte, en un tono inadecuado para un hombre casado, sobre todo en esa época.
Tremendamente excitado por el apasionante descubrimiento (cosa que se sabe por lo que dice y no por lo que «actúa» el galán inexpresivo Aaron Eckart), el joven roba la carta y recurre a una experta en ese período de las letras británicas que, por azar, es descendiente lejana de LaMotte. La mujer (Gwyneth Paltrow) también tiene sus intríngulis afectivos, así que empieza por desconfiar y maltratar al extranjero cuyas audacias decididamente no-british, ella no aprueba, naturalmente. Pero, investigadora al fin, no tarda en hospedarlo en su casa y acompañarlo a profundizar el seguimiento de la relación de los poetas en los lugares que éstos supieron frecuentar.
Mientras se va despertando el amor entre la pareja de ahora, paralelamente se ven las dificultades del escandaloso vínculo del pasado, agravado por el hecho de que la poeta victoriana compartía un amor lésbico con otra mujer, posesiva y controladora, capaz de literalmente todo con tal de no perder a su amante. Vale decir que, por el precio de una entrada de cine, se pueden ver dos teleteatros: uno de época, muy de calidad, como diría Alfredo Casero, y otro actual muy fuera de época. Por el título, cabe presumir que esto último se debe a que los protagonistas están poseídos por el espíritu de sus objetos de investigación.
Sin embargo, el problema mayor es que, así como se cuenta, ni la investigación ni el romance de los investigadores logran interesar jamás, por más que se lo aderece con unos pasitos de suspenso (hay un villano en la actualidad y un oscuro secreto en el pasado) que contribuyen al desconcierto y la sensación de lamentable pérdida de tiempo que acosa al espectador durante toda la película. Una película que, dicho sea de paso, estuvo a punto de abrir el último Festival de Mar del Plata hasta que alguien de la organización reaccionó a tiempo.
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