11 de marzo 2005 - 00:00

Prelorán, entre Ramos Mejía y Los Angeles

Jorge Prelorán, el mayor documentalista del país, será homenajeado y participará en el Festival de Mar del Plata.
Jorge Prelorán, el mayor documentalista del país, será homenajeado y participará en el Festival de Mar del Plata.
Mar del Plata (Enviado especial) - Ancho de espaldas, jocundo, a los 72 años el documentalista Jorge Prelorán llega a Mar del Plata contento de recibir un homenaje (casi el primero que le dan en estas tierras), pero más contento aun por la serie de libros que está haciendo y su próximo contacto con estudiantes de cine en el festival. Dialogamos con el hombre que mejor registró el interior argentino... y que pasó la mitad de su vida fuera del país.

Periodista:
¿Cuál es la mejor manera para lanzarse a filmar?

Jorge Prelorán: En París, los estudiantes aprenden muchísima teoría, y recién le dan una cámara cuando ya están aplastados por lo intelectual. En cambio en Los Angeles, donde yo estudié, el alumno entra y enseguida se encuentra en un grupo de seis, donde se van rotando las tareas. En tres meses ya hizo un trabajo propio. Recién después viene la teoría, que se entiende porque primero te enroñaste las manos. «Tírese al agua y nade, después hablamos». Los norteamericanos son pragmáticos.


P.:
¿Usted cómo se tiró?

J.P.: Yo empecé arquitectura, pero más me gustaba jugar con una camarita. Al tercer año entré en Berkeley. Hice un cuatrimestre, largué, y a la semana de conseguir un trabajo me compré una Bolex a cuerda y me metí en la Universidad de Los Angeles.


P.:
¿Y después?

J.P.: Me gradué, por casualidad me hablaron de un millonario tejano de 83 años que quería ilustrar sus charlas sobre caballos, levanté el teléfono, y arreglamos. Le hice tres documentales, sobre el jinete pampeano, el salteño, y el correntino. El se compraba una montura mexicana de 20.000 dólares y a mí me daba 200 dólares por compaginar todo, me negaba una copia de mi propio trabajo, y encima quería que le agradeciera. Bueno, así hice mi primer trabajo profesional, y conocí mi país, porque hasta entonces solo conocía EE.UU., Alemania, y San Isidro. Cincuenta años después, conozco algo más, y ya llevo como 60 películas.


P.:
¿Cómo empezó?

J.P.: Con cortos didácticos sobre dinosaurios para la Universidad Nacional de Tucumán, gracias al decano Eugenio Virla, un visionario. Y un día el folklorólogo Augusto Raúl Cortazar vio mi trabajo sobre el jinete salteño. Estaba tan exitado, lo recuerdo, no se podía quedar quieto. Enseguida arreglamos con la UNT y el FNA para hacer una serie de relevamiento de gentes y costumbres del interior argentino. Cortazar era una maravilla de tipo, muy atildado, simpático. Me alentaba, me daba rienda, algo rarísimo en Argentina, donde si a uno lo ven crecer le quieren cortar la cabeza o las alas.


P.:
O le suben los impuestos.

J.P.: Una vez mostré « Araucanos de Ruca Choroy» en los EE.UU. y apareció el cónsul argentino a los gritos. «¡Usted está mintiendo! ¡Esas cosas pasan en Chile! Además, ¿quién es el actor que hace de cacique indio?». «Ningún actor», le dije, «es el propio cacique». El tipo me mira con desprecio y replica «¡Si esa gente no sabe hablar!». Bueno, allá él. Antes la antropología iba a lugares rarísimos y documentaba lo exótico, para demostrar, por ejemplo, que los negros de Gabón eran una subespecie. Y yo trato de ver la humanidad.


P.:
Siempre le interesó el individuo en su cine.

J.P.: Yo muestro personas, no estereotipos. El estereotipo es la forma más cruda de decir «los otros». Es como quien dice «los alemanes son todos así», hasta que conoce a uno y dice «pero Hans es un encanto». Bueno, yo muestro a uno. Y que usted salga pensando, por ejemplo, «este coya Hermógenes resultó un tipo fenómeno».


P.:
También tuvo choques.

J.P.: Me irrita mucho que las instituciones culturales argentinas hayan sido tan estatistas y tan manejadas por políticos y burócratas. Me cansó eso de ir con el sombreroen la mano para que un burócrata me dijera, como pasó una vez, «Prelorán, en su película 'Ocurrido en Hualfin' una viejita menciona a Eva Perón, encima con agradecimiento. ¿Usted quiere que lo sigamos atendiendo?». Es muy triste. Me cortaron esa parte. Me guardé el pedazo, lo puse de vuelta. Si era la verdad de esa viejita, ¿cómo no la iba a poner? No soy «ista» de ninguna clase. Pero cuando en el '76 diez monos se llevaron a la sobrina de mi esposa, nos fuimos. Caí de nuevo en la UCLA, y caí parado. Justo necesitaban un profesor, ¡y por 18 años no tomaron otro! Creo que soy buen profesor, porque me gusta ver crecer a los alumnos. Sin envidias ni celos. Y también tuve otros placeres, como ser candidato al Oscar por mejor corto documental (sobre Luther Metke, un hachero de 94 años), o levantar el teléfono y escuchar «Hello, I'm Henry Fonda». ¡Era Henry Fonda, que quería grabar el prólogo en inglés de «Los hijos de Zerda» justo el día que cumplía 73 años! Cuando escucho cómo quedó ese prólogo se me ponen los pelos de punta.


P.:
Y ahora usted ha vuelto.

J.P.: Ahora estoy jubilado. ¿Y sabe en qué me entretengo? Estoy haciendo una serie de libros para regalar, uno por mes, a las bibliotecas escolares de toda Latinoamérica. Por lo demás, tengo 72 años. Sigo yendo y viniendo entre Los Angeles y Ramos Mejía.


Entrevista de Paraná Sendrós

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