27 de junio 2001 - 00:00

Quejas antiguas que aún divierten

María  Valenzuela.
María Valenzuela.
"El matrimonio es una institución maravillosa. Pero, ¿quién quiere vivir toda la vida dentro de una institución?", apunta en off la sarcástica voz de la abuela, mientras la nieta despotrica contra su cónyuge, un exitoso publicista con quien está a punto de cumplir veinticinco años de casada. El balance de su matrimonio la llena de enojo y frustración, sobre todo cuando descubre que una «ninfa» de veinte años acaba de arrebatarle el marido.

Ese es el punto de partida de «No seré feliz pero tengo marido», de Viviana Gómez Thorpe, quien, según dice, tomó como base su propia experiencia conyugal para dar forma a esta especie de manual sobre los mitos, costumbres y estereotipos que el imaginario popular sigue atribuyendo al matrimonio.

Para contar sus desventuras de esposa y madre, la autora utilizó un tono confesional que bordea la autoparodia y ese mismo espíritu es el que recupera ahora esta adaptación teatral de Manuel González Gil, protagonizada por María Valenzuela. La actriz logra que las ocurrencias y enojos de su personaje ( Vivi) encuentren muy buen eco en la platea, sobre todo cuando las burlas apuntan hacia el argentino promedio: obsesionado por el fútbol, enamorado de su auto y siempre renuente a conversar con su mujer.

El apoyo de varias voces en off (además de la abuela, el marido, el hijo adolescente y las amigas) ayuda a enriquecer el juego teatral de la protagonista, pero aun así la escena más sólida y atrayente de la obra es aquella en la que la protagonista narra y a la vez participa de una fiesta entre publicitarios. En el resto del espectáculo, Valenzuela se ve obligada a desplegar una permanente actividad física, muchas veces innecesaria. La excusa es una enorme escultura (la figura del ex marido) que la protagonista se dedica a esculpir, quizá como una manera de exorcisar al ingrato que ocupó un lugar tan dominante en su vida.

Atípica

Hay que reconocer que Vivi es, en cierta medida, una especie en extinción, ya que durante décadas no ha hecho otra cosa que ocuparse de su marido y su hijo, algo cada vez más atípico en la sociedad de hoy.

Su matrimonio se prolongó en el tiempo en base al sometimiento, la dependencia económica y la renuncia a un crecimiento personal y esto no es algo que pueda movilizar a los jóvenes, pero los testimonios de esta casada en conflicto vienen aderezados con las observaciones de una abuela ocurrente que es capaz de decir:
«La única manera de llegar al corazón de un hombre es con un cuchillo y por la espalda».

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