10 de agosto 2000 - 00:00

"REGLAS DE COMBATE"

Un guión hábil y una dirección ágil y e ntretenida pueden llegar a convencer de cualquier cosa. En el cine fantástico eso se denomina «suspensión de la incredulidad» (durante dos horas uno acepta, por ejemplo, la existencia de gnomos y fantasmas); en algunas formas de cine político o judicial ocurre lo mismo. «Reglas de combate» es una película atrapante, bien actuada y dirigida, con todas las características del drama tribunalicio militar al estilo «Cuestión de honor» (aunque en versión neo-republicana); sin embargo, su argumento, desde el punto de vista de la verosimilitud, no resistiría un examen demasiado profundo. En los EE.UU., algunas asociaciones antidiscriminatorias condenaron al film por su poca amistosa pintura de los árabes: Hollywood, cada tanto, se permite algunas escapadas a los mandatos de la corrección política.
El coronel Childers (
Samuel L. Jackson, aquí como un John Wayne negro) es el marine platónico. En Vietnam, le salvó la vida a su camarada Hodges (Tomy Lee Jones) a través de una muerte seguramente reprobable según los códigos militares, aunque el hecho nunca fue juzgado, y sólo lo será (de una manera sorprendente) cuando el ya olvidado episodio se actualice, en los años de la Guerra del Golfo, por un traumático conflicto internacional.
Childers, que en esos años aún continúa activo, debe proteger la vida del embajador americano en Yemen durante una manifestación árabe frente a la embajada. Allí no sólo hay francotiradores en azoteas vecinas sino que todos, todos los manifestantes (incluyendo criaturas) disparan con armas de fuego. La orden de represión de Childers deja como saldo 83 muertos y varios mutilados, aunque después, en los testimonios fotográficos (árabes) desaparece cualquier indicio de que los manifestantes hubieran recurrido a la violencia.
Con los EE.UU. crucificados por la comunidad internacional, el asesor de defensa no encuentra mejor recurso que, a su vez, crucificar a Childers, y para eso quema el único video que prueba que el militar actuó como respuesta al fuego (!). El único que lo defiende, como en los buenos viejos films del Hollywood de barricada, es su ex camarada Hodges, ahora arruinado por el alcohol y consumiendo sus días con una caña de pescar en la mano. Para salvarle el pellejo a Childers, Hodges no sólo enfrenta a su familia, que lo llama a la sensatez ante un caso que parece perdido de antemano, sino que además tiene «flashbacks» puramente imaginarios de lo que ocurrió ese día ante la embajada, aunque pasen como reales.
William Friedkin, director de películas ya clásicas como «El exorcista» o «Contacto en Francia», orquesta esta película con la habilidad y astucia que le son propias, y sin las cuales todo se derrumbaría. El cine es pura ilusión, y Friedkin no repara en nada: ni siquiera en agregar leyendas al final de la película sobre el destino de cada uno de sus personajes, como si todo hubiese ocurrido de verdad.

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