17 de mayo 2002 - 00:00
Relegado Tchaicowsky renace en Washington
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Galina Gorchekova y Plácido Domingo
Modest Tchaikowsky -hermano del compositor-juzgó fértil este terreno para un tratamiento operístico de la historia, del que Peter Tchaikowsky se nutre para brindar una partitura a la vez sombría y lírica.
Plácido Domingo, en la plenitud de su arte, retrató con acierto al poco querible personaje obsesivo-compulsivo de Hermann, con excelente voz y convincente dicción rusa. En Galina Gorchakova, a cargo de la interpretación de la desafortunada Lisa, se apreciaron dulzura expresiva y admirable constancia de claridad de timbre. En el papel de Condesa, la legendaria mezzosoprano Elena Obratzova hizo alarde de su extradoardinaria aptitud teatral, con su voz capaz todavía de agudos sonoros, y de pianissimi escalofriantes. Su escena de protagonismo más elocuente (reminiscencias de sus días en París, Acto II) fue consagratoria por su melancolía y por su consustanciación con el personaje. Rodney Gilfry, con su untuosa voz de barítono; físico de gran estatura, y una fisionomía curiosamente «rusa», estuvo a la altura de sus pares del elenco, ofreciendo una noble y excelente actuación como Príncipe Yelitski.
La primera incursión del director escénico Peter McClintock con la Washington Opera resultó magnífica. Con escenarios y vestuarios de fasto imperial, el espectador se siente transportado a la Rusia de Catalina la Grande. Hans Fricke dirigió con aplomo a la Orquesta y Coros de la Washington Opera, que en esta temporada ha ascendido, con una reciente «Salomé» y con esta «Dama de Pique», a apreciables niveles de excelencia.
Más de dos horas de fatalismo eslavo no desanimaron a un público entusiasta, que en su primera velada contó con los aplausos de la melómana jefa del Consejo de Seguridad de los Estados Unidos, Condoleeza Rice (también reconocida pianista, cosa que pocos saben) y el secretario de Estado Colin Powell, entre otros notables de esta capital.




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